John Sulston
Biólogo
investigador y fundador del Instituto Sanger, Cambridge (Reino Unido).
El siguiente texto está adaptado de «The Common Thread. A
Store of Science, Politics, Ethics, and the Human Genome». Bantam Press,
Londres, 2002. Escrito en colaboración con Georgina Ferry.
Fuente: http://www.monde-diplomatique.es/2003/01/sulston.html
Los genes son el punto de
partida de cada ser humano y deberíamos considerarlos un potencial y no una
limitación. Muchos temen que la información genética acerca de los individuos
se emplee de forma discriminatoria y conviene tomarse en serio este peligro.
Las aseguradoras están tratando de conseguir autorización para utilizar los
resultados de las pruebas genéticas a las que pudieran someter a sus clientes
para decidir si librar o no las pólizas; en el futuro tanto las aseguradoras
como los empresarios, si la ley llega a permitírselo, podrían establecer las
pruebas genéticas como condición para suscribir una póliza o aceptar una
oferta de trabajo. (...) Es necesario oponerse a ello. Los grandes titulares
del tipo «El Desciframiento Del Código Genético Permitirá Eliminar Todas Las
Enfermedades» no sirven más que para causar desazón entre la gente que, año
tras año, continúa padeciendo cáncer, enfermedades cardiacas o demencia senil.
Los nuevos conocimientos
en el campo de la genética proporcionan una base valiosísima para la
investigación en biología y medicina. Por eso es tan importante terminar la
secuenciación [del genoma humano], y obtener de ello tantos beneficios como
sea posible. [Será un] archivo permanente al que los científicos habrán de
recurrir una y otra vez. El genoma influirá sin duda en la elección del estilo
de vida y la dieta por parte de la gente. En las sociedades consumistas
occidentales se abre así un sinfín de oportunidades desde el punto de vista
comercial. Mi peor pesadilla es que la gente terminara eligiendo en qué
restaurante comer de acuerdo con su genotipo.
(...) Más realista
[parece] suponer que, en el próximo decenio, se descubran nuevas dianas para
los medicamentos empleados en el tratamiento de enfermedades que ahora nos
parecen muy difíciles de curar. Por ejemplo, el grupo de investigación
oncológica de Mike Stratton en el Centro Sanger está investigando los tumores
para averiguar en qué se diferencian genéticamente de los tejidos normales. En
muchos casos podría ser más sencillo matar una célula que curarla. La
información del genoma nos ayudaría a descubrir dianas en las células
tumorales, de modo que los medicamentos pudieran buscarlas y destruir las
células del tumor de manera selectiva, lo que conllevaría menos efectos
secundarios y unas tasas de curación más elevadas que con la quimioterapia y
la radioterapia convencionales (...)
La secuenciación del
genoma es un avance fundamental hacia el conocimiento de la anatomía molecular
del cuerpo humano. Pero estamos sólo al principio: no sabemos cómo son la
mayoría de los genes, o cuándo y dónde se expresan [para producir proteínas].
La secuenciación del genoma por sí sola no nos dice ninguna de estas cosas.
Sin embargo, la información está ahí como un recurso y una herramienta a las
que tendremos que acudir una y otra vez a medida que vayamos aumentando el
conocimiento de la estructura completa del cuerpo desde sus cimientos. El paso
siguiente es descubrir todos los genes; comprender qué es lo que codifica el
genoma, dónde están los genes y, en particular, dónde se ubican las señales de
control.
[En noviembre de 1995] un
equipo del Instituto de Investigación del Cáncer (ICR de Sutton, Surrey, Reino
Unido) encontró una mutación de una de las familias de cáncer de mama que
parecía estar localizada en el gen BRCA2. A las pocas semanas de estar
disponible la secuencia [de la región del genoma que contiene dicho gen] no
sólo confirmaron dicha mutación sino que encontraron otras cinco más. No había
la menor duda: habían encontrado el gen. Mike Stratton se apresuró a publicar
el descubrimiento de su grupo en Nature sin comunicárselo siquiera a sus más
íntimos colaboradores hasta el último momento. A pesar de sus precauciones, la
suficiente información acerca del descubrimiento llegó a los oídos de Mark
Skolnick [de Myriad, en Utah] como para permitirle localizar el gen y
solicitar la patente justo un día antes de que el artículo del ICR saliera
publicado en Nature.
A pesar de sus reservas a
propósito de las patentes, Mike se había dado cuenta de que, en un área tan
competitiva, la única manera de proteger el descubrimiento de su equipo de la
explotación comercial por terceros era patentarlo él mismo. El Instituto
obtuvo una patente de la siguiente mutación nada más descubrirla y,
posteriormente, otra que cubría más mutaciones. Entretanto, Myriad reclamaba
los derechos del gen entero. Los científicos de Utah habían sido los primeros
en clonar el BRCA1, que también habían patentado. Organizaron un centro
comercial de diagnóstico en Utah y, una vez obtenidas las patentes, amenazaron
con demandas legales a todos los laboratorios de los Estados Unidos que
utilizaran esos genes para llevar a cabo pruebas diagnósticas para el cáncer
de mama. Todas las pruebas debían realizarse en su propio centro a un coste de
2500 dólares por paciente. Los otros laboratorios podían solicitar licencias
para realizar ensayos más sencillos en busca de mutaciones concretas, previo
pago de una tasa de unos doscientos dólares por cada prueba. Una de dichas
pruebas sirve para localizar una mutación en el BRCA2, descubierta por el
equipo de Mike, que es particularmente frecuente entre la población de judíos
asquenazí (procedentes de Europa central y oriental) «La mutación A asquenazí
era uno de los ejes centrales de nuestro artículo», cuenta Mike, «de modo que
Myriad cobra una tasa a las mujeres de los Estados Unidos que se someten a
pruebas para detectar una mutación que descubrimos nosotros». Algo difícil de
digerir para Mike que es él mismo de origen asquenazí.
(...) Al reclamar los
derechos de las pruebas de diagnóstico de los dos genes BRCA y cobrar por
ellas, Myriad aumenta el gasto total de sanidad. (...) Pero mucho peor es el
impacto que eso tendrá en la ciencia y en el futuro de los tratamientos. En
cuanto los científicos comprendan realmente cómo las mutaciones en el BRCA1 y
el BRCA2 desencadenan el crecimiento de los tumores, podrán diseñar nuevas
terapias. Pero, gracias a sus patentes, sólo Myriad tendrá derecho a
comercializarlas. Mucha gente con los conocimientos adecuados tendrá menos
incentivos para unirse a ese esfuerzo y de producirse nuevos descubrimientos
éstos conllevarían muchos problemas legales derivados de los acuerdos entre
licencias que sería necesario conseguir. El resultado es que habrá mucha menos
materia gris dedicada a estudiar el problema. En mi opinión, las compañías
como Myriad se centran en el beneficio a corto plazo a expensas de las
ventajas a largo plazo para la salud humana, ventajas que son la justificación
última de la secuenciación del genoma.
Aunque en 1995 las
consecuencias de la política agresiva seguida por Myriad no se habían puesto
aún de manifiesto, sí estaba bastante claro adónde nos llevaría un
acercamiento centrado sólo en el beneficio comercial. (...) Era necesario
llegar a algún tipo de compromiso por parte la comunidad científica
internacional para que la información genómica pasara al dominio público y no
quedase en manos de los especuladores y a merced de los acuerdos individuales
entre las compañías y los investigadores. Se [nos] ocurrió la idea de que era
necesario un encuentro internacional para dar con una estrategia común y
decidir quién debía ocuparse de cada cosa y cómo debían manejarse los datos.
(...) La reunión, celebrada en las Bermudas], resultó muy constructiva. Fue la
primera oportunidad que tuvo la gente de contrastar sus puntos de vista de
forma general. (...) Allí empezamos a elaborar lo que llamé la «cortesía de
compartir ». Era necesario que trabajásemos juntos porque en esa fase no había
nadie capaz de acometer tamaña empresa por su cuenta. Todo el mundo escribió
en pequeños trozos de papel la región concreta que pretendía secuenciar y
durante el desarrollo del encuentro se fueron puliendo todas las diferencias.
Al terminar la reunión
tuvimos una sesión para discutir el modo en que podían darse a conocer los
datos [ : ] en aquel momento no había ningún mecanismo para incluir los datos
incompletos en bases de datos públicas; por entonces sólo se empleaban para
las secuencias completas. Pero, igual que habíamos hecho con el gusano,
colgábamos los datos de las secuencias humanas incompletas en nuestros sitios
web, de modo que cualquiera podía descargar la información y hacer con ella lo
que quisiera. Lo único que pedíamos es que se especificara que se trataba de
secuencias incompletas y que se indicara la procedencia de los datos en
cualquier tipo de publicación. Todo el mundo en el Centro Sanger y cualquiera
que trabajara con nosotros tenía que aceptar previamente esa manera de actuar.
Era algo que hacíamos constantemente, a menudo en contra de quienes querían
encontrar genes útiles (y posiblemente rentables) antes de que lo hicieran
otros.
Yo estaba firmemente
convencido de que era necesario aceptar el principio de la publicación
gratuita de los datos o de lo contrario nadie confiaría en nadie. Bob [Waterson]
y yo dirigíamos la sesión de Las Bermudas y me encontré vendiendo mi idea ante
una serie de sillas dispuestas en herradura. Me parecía muy improbable que
todos llegaran a ponerse de acuerdo; muchos de los presentes, Craig Venter de
TIGR incluido, tenían ya relaciones con organizaciones comerciales y
probablemente se opondrían a la idea de dar todo a cambio de nada. Pero en el
rato que estuve allí de pie ante la pizarra blanca, borrando palabras y
volviéndolas a escribir, conseguimos esbozar una declaración. El Wellcome
Trust [principal patrocinador del Instituto Sanger] conserva aún una
fotografía de la declaración manuscrita, sus tres puntos dicen lo siguiente:
• Publicación automática
de las secuencias mayores de 1 kb (preferentemente en un plazo de veinticuatro
horas).
• Presentación inmediata
de las secuencias completas y anotadas.
• Objetivo de que todas
las secuencias estén disponibles de forma gratuita y pasen al dominio público
para la investigación y el desarrollo con el fin de aumentar al máximo los
beneficios para la sociedad.
Mientras Bob y yo
estábamos trabajando con nuestros colegas científicos, Michael Morgan hacía lo
mismo con los representantes de las empresas patrocinadoras. (...) Lo que
escribí en la pizarra, con ciertas modificaciones de poca importancia, empezó
a conocerse como los «Principios de Las Bermudas», y ha servido desde entonces
como punto de referencia para la secuenciación a gran escala financiada con
fondos públicos.
Me sorprendió que al final
todo el mundo los aceptara; nunca pensé que las cosas fueran a llegar tan
lejos. Algunos de los delegados se mostraron de acuerdo con los principios
pero veían dificultades en su aplicación práctica porque sus gobiernos
nacionales se oponían tenazmente al requisito de publicación inmediata que
implicaba que la secuencia no podía patentarse. «Muchos de los países más
pequeños desconfiaban de los Estados Unidos», dice Michael. «Pensaban que sólo
fingían estar de acuerdo con la obligación de la publicación gratuita mientras
seguían patentando por otro lado» Pero no podía haber excepciones, de lo
contrario todo se vendría abajo. El acceso libre y la publicación inmediata
implican que cualquier biólogo del mundo puede utilizar esos datos para
deducir conocimientos biológicos de ellos y en último extremo desarrollar
nuevos inventos que pueden ser patentados. Pero la secuencia en sí misma, tal
y como se hace pública, se convierte en no patentable. Y en las Bermudas, por
primera vez, conseguimos la aceptación por parte de la mayoría (aunque no de
todos) de quienes se dedican a la secuenciación del genoma de que eso sería lo
deseable. Era un buen presagio que tanta gente hubiera llegado a compartir la
misma visión de la secuencia del genoma como «patrimonio de la humanidad», la
frase adoptada en el primer artículo de la Declaración Universal sobre los
Derechos del Hombre y del Genoma Humano y la Conferencia General de la UNESCO
de 1997.
La secuenciación del
genoma es un descubrimiento, no una invención. Lo mismo que una montaña o un
torrente, es un objeto natural que estaba ahí, si no antes que nosotros, al
menos antes de que fuéramos conscientes de su existencia. Soy de los que
opinan que la tierra es un bien comunitario y que es mejor que no pertenezca a
nadie, aunque todos nosotros cortemos pequeñas partes de ella para nuestros
usos particulares. (…) Si una zona resulta interesante porque el paisaje es
particularmente bello o porque en ella habita una especie en peligro de
extinción, puede ser protegida como un bien público.
Por supuesto, siempre
podremos discutir el equilibrio entre tierras de titularidad pública y privada
y los usos a los que ambas pueden destinarse. El genoma humano es un caso
mucho más extremo del mismo asunto. Todos llevamos nuestras copias personales
con nosotros y cada parte de él es única. Nadie puede decir que es dueño de un
gen, porque eso le haría dueño de uno de mis genes Y tampoco se pueden
compartir, porque todos necesitamos todos nuestros genes. Por descontado que
una patente no te hace literalmente dueño de un gen, pero sí te da
específicamente el derecho de impedir que otros utilicen ese gen con fines
comerciales.
Opino que la titularidad
de un gen debería reservarse tan sólo a aquellas aplicaciones en las que uno
esté trabajando con el objetivo de desarrollar algún invento. Cualquiera puede
querer trabajar en una aplicación alternativa y para ello necesitará tener
también acceso al gen. Nadie puede inventar un gen humano. Así que todas las
partes descubiertas de los genes –la secuencia, las funciones, y todo lo
demás– necesita estar libre de derechos de propiedad y mantenerse en un estado
precompetitivo. Después de todo, parte del sentido del sistema de patentes es
estimular la competitividad. (…) las aplicaciones más valiosas que se le
pueden dar a un gen a menudo van mucho más allá de las primeras, más sencillas
y evidentes, así que no se trata sólo de una cuestión de principio sino que
tiene consecuencias enormemente importantes.
En marzo de 2002 Human
Genome Sciences, la compañía fundada junto a TIGR en 1992 (TIGR se escindió
cinco años después) anunció que había obtenido la patente de un gen llamado
CCR5, que codifica un receptor en la superficie celular. Cuando la compañía
solicitó la patente por primera vez, no sabía qué función tenía el receptor.
Mientras estaba pendiente de la concesión de la patente, un grupo de
investigadores financiados con fondos públicos de los Institutos Nacionales de
Salud descubrieron que algunas personas con defectos en ese gen eran
resistentes a la infección por el virus del SIDA, VIH. En otras palabras, el
CCR5 parece ser una de las puertas empleadas por el virus para penetrar en las
células. Tan pronto como tuvo noticia del descubrimiento, Human Genome
Sciences pudo confirmar de forma experimental el papel desempeñado por el CCR5
y consiguió la patente. De ese modo reclamó la propiedad de los derechos de
utilización del gen para cualquier uso. Ahora la compañía ha vendido licencias
a varias compañías farmacéuticas para el desarrollo de medicamentos y vacunas
basados en estos datos. Pero quién dio el paso decisivo: ¿la compañía que tuvo
la fortuna de acertar en la selección aleatoria de un EST o los investigadores
que, financiados con dinero público, descubrieron que en las personas
resistentes al VIH el gen era defectuoso? (…)
William Haseltine, de
Human Genome Sciences, argumenta que las patentes estimulan el progreso en la
investigación médica y que la patente del CCR5 podría llevar al desarrollo de
un nuevo medicamento o vacuna contra el VIH. Pero una encuesta entre
investigadores de los laboratorios de los Estados Unidos demostró que muchos
habían desistido de trabajar en ciertas dianas génicas por miedo a tener que
pagar tasas muy abultadas a las compañías o arriesgarse a ser demandados. Las
directrices para patentar genes en los Estados Unidos se modificaron
recientemente para proporcionar una definición más ajustada de utilidad –el
uso debe ser «sustancial, específico y creíble»– y descartar las aplicaciones
más especulativas, pero todavía permiten que se patenten secuencias con la
excusa de que van a emplearse, por ejemplo, como sondas para un gen defectuoso
conocido. La Directiva Europea de Patentes, aprobada por el Parlamento Europeo
en 1998, señala que una secuencia o parte de la secuencia de un gen no puede
ser objeto de una patente como «composición la de materia» hasta que no haya
sido replicado fuera del cuerpo humano, es decir, copiado en una bacteria como
se hace para secuenciarlo. Semejante argumento siempre me ha parecido absurdo.
La esencia de un gen es la información –la secuencia– y copiarla en otro
formato no supone ninguna diferencia. Es como si cogiéramos un libro escrito
por otra persona, publicado en tapa dura, lo publicáramos en rústica y
dijéramos que nos pertenece porque la encuadernación es diferente.
(…) El número de
peticiones de patentes de genes en los humanos y otros organismos sobrepasa el
medio millón y ya se han concedido varios miles. Pero la cuestión de las
patentes de los genes sigue siendo compleja y confusa. La Oficina de Registros
y Patentes de los Estados Unidos afirma que el descubrimiento de un gen puede
patentarse y, hasta que se hicieron los últimos cambios, concedía patentes
incluso sobre fragmentos parciales de gen cuya única utilidad fuera servir
como «sonda génica». La Oficina de Patentes Europea se mostró más dubitativa
acerca del patentado de genes hasta que la Unión Europea promulgó la directiva
de patentes de 1998 que permitía explícitamente patentar secuencias génicas.
Sea como fuere, muchos estados miembros de la UE, Francia en particular, se
oponen al patentado de genes y han puesto objeciones a la directiva.
Entretanto, otros países europeos –el Reino Unido es uno de ellos– creen que
debe fomentarse una línea más liberal en todo lo relativo a las patentes para
que sus industrias biotecnológicas sigan siendo competitivas frente a las de
los Estados Unidos.
Tratar de lograr una
solución justa basándose en argumentos morales e incluso legales supone
condenarla al fracaso. El mejor método de evitar que la secuencias terminen
siendo pasto de los intereses comerciales sería que pasaran al dominio público
para que, en la jerga de la oficina de patentes, formen parte del «estado de
la técnica» lo que impediría que otros las patentasen. Y creo que en el
consorcio internacional de secuenciación logramos hacerlo, al menos en lo que
se refiere a la secuencia en bruto. Ahora, al publicar la secuencia anotada,
llevamos el límite aún más allá al poner la información acerca de la función
de los genes al alcance del público.
(…) Algunos proponen
trazar una línea divisoria entre las patentes de los seres vivos y los objetos
inanimados. Aunque comparto su preocupación y estoy de acuerdo en la urgente
necesidad de que se le dé a los seres vivos otro valor que el puramente
comercial, creo que dicha línea es innecesaria porque el abismo que existía
entre lo químico y lo biológico esta siendo rellenado y pronto tal distinción
carecerá de sentido. ¿Es tan evidente que no deberíamos patentar formas de
vida como los ratones transgénicos o las plantas de algodón? Desde luego, pero
no sólo porque sean formas de vida. El hecho de que nosotros no hayamos
inventado los organismos, sino tan sólo el cambio específico que los hace
propensos a padecer cáncer (en el caso de los ratones) o resistente a las
plagas (en el caso del algodón), parece una razón mucho más sólida. (…)
El futuro de la biología
está muy ligado a la bioinformática, es decir, al campo de investigación que
recoge datos biológicos de todo tipo y trata de darles sentido como a un todo
y de hacer predicciones. Esta actividad es esencial para proporcionar acceso
generalizado a los datos y para conectar y complementar el trabajo de los
biólogos experimentales (...) Para seguir adelante con esta labor, que no sólo
es una parte fascinante de la ciencia sino que se traducirá también en
importantes avances médicos, los datos básicos deben estar disponibles de
forma gratuita para que cualquiera pueda interpretarlos, modificarlos e
intercambiarlos, igual que en el modelo libre de software. La situación es
demasiado compleja para que esto se lleve a cabo desordenadamente, mediante la
publicación de unos pocos datos cada vez, y con una única compañía que retenga
el control de todos ellos.
Las sociedades
occidentales atravesamos un período de creciente confianza en la propiedad
privada en detrimento del bien público. [Pero] es imposible adoptar decisiones
colectivas sensatas cuando las únicas reglas que intervienen en la negociación
son las de la avaricia competitiva. (…) La misma avaricia casi consiguió la
privatización del genoma humano, nuestro propio código, y sigue siendo una
amenaza. La lucha por el genoma humano era algo necesario y las cosas no
serían hoy lo mismo si el proyecto público no se hubiera mantenido firme. La
secuencia es ahora un elemento crucial en un sistema libre y abierto de
información biológica que permitirá que el conocimiento y los beneficios
derivados de él se acumulen más rápido que de cualquier otro modo.
Rick conocía las
limitaciones de la máquina (de secuenciación) y todo lo necesario para hacerla
funcionar. Era capaz de analizar un máximo de veinticuatro muestras al mismo
tiempo y al principio la hacíamos funcionar una vez al día durante catorce o
dieciséis horas. Cuando se nos ocurrió un sistema para utilizarla dos veces
diarias nos sentimos orgullosísimos. (A modo de comparación: los modernos
secuenciadores ABI pueden analizar noventa y seis muestras al mismo tiempo y
pueden funcionar ocho veces al día; algunos de los mayores laboratorios
genómicos disponen de cien o más funcionando todos al mismo tiempo). Cuando
aparecieron los primeros secuenciadores por fluorescencia, se hizo evidente
que debíamos adquirir el control sobre el software. Los aparatos funcionaban
bien, pero ABI pretendía asegurarse el control de la parte final del análisis
de los datos obligando a los clientes a utilizar su propio software
registrado. Para finalizar una secuencia adecuadamente (...) debe tenerse
fácil acceso a los datos sin procesar para evaluar su calidad punto por punto.
El software de ABI proporcionaba una visualización de los resultados [que] no
resultaba la más conveniente y ralentizaba nuestro trabajo. Me parecía
inadmisible que tuviéramos que depender de una compañía comercial para la
manipulación y el ensamblaje de los datos que produjéramos. La compañía
ambicionaba incluso llegar a controlar el análisis de la secuencia (...). Yo
estaba totalmente obsesionado con la obtención de los datos. (...) La mejor
manera de favorecer el avance de la ciencia era que las máquinas funcionaran
del modo más rápido y barato posible para que todos los estudiosos del mundo
pudieran trabajar en la interpretación de los datos.
Así que una calurosa tarde
estival de domingo me senté en el jardín de mi casa rodeado de un montón de
hojas impresas descifré el archivo de ABI que almacenaba el registro de datos.
No creo que estuviera encriptado deliberadamente; simplemente estaba
organizado de forma parecida a un árbol de Navidad de modo que tuve que ir
rastreándolo de un lugar a otro. (...) En cuestión de pocos días, [mis
colegas] habían desarrollado un software que mostraba el registro [y]
continuaron descifrando otros archivos de ABI, de modo que tuvimos libertad
para diseñar nuestros sistemas de análisis y visualización. Aquello transformó
nuestro nivel de productividad.
A ABI no le hizo ninguna
gracia lo que hicimos. Llevábamos tiempo negociando para que nos vendieran una
clave para desbloquear los archivos, pero estaba muy claro que incluso en ese
caso seguirían conservando el control y podrían volver a retirárnosla. Aún
persistía el riesgo de que volvieran a encriptar el archivo de forma que esta
vez no pudiéramos descifrarlo; así que nos aseguramos de que el resto de sus
clientes se enterara de lo que ocurría y pronto aceptaron mantener públicos
sus formatos.
Seguimos siendo uno de sus
principales clientes. Creo que fui el primero en descifrar los archivos pero
no estoy seguro de que no hubiera otros intentándolo al mismo tiempo. No tengo
ninguna duda de que entre todos obligamos a ABI a ceder y le impedimos ejercer
el control sobre el software. Fue la primera escaramuza de esta guerra por el
control de la información que he venido librando desde entonces con las
compañías comerciales y un avance de las batallas mucho mayores que habrán de
librarse aún en torno al genoma humano.