Umberto Eco
(Traducción: Mirta
Rosenberg)
Fuente: La Nación MIércoles 30 de Marzo de
2005. Opinión ROMA .-
Recientemente, Giovanni Sartori, en el Corriere della Sera, intervino
en términos filosóficos en el tema de los embriones y el inicio de la vida,
citando copiosamente la postura conocida como "creacionista" de Santo Tomás de
Aquino.
Se trata de una postura ya recordada en los últimos tiempos por algunos
autores laicos (por ejemplo, yo mismo hablé de ella en una columna de
septiembre de 2000), pero -curioso, ¿verdad?- nunca retomada en los ambientes
católicos fundamentalistas.
La posición de Tomás (que en el transcurso de los siglos la Iglesia nunca ha
negado expresamente, condenando en cambio la opuesta a ella, de Tertuliano) es
la siguiente: las plantas tienen un alma vegetativa, que en los animales se
asimila al alma sensitiva, y en los seres humanos estas dos funciones se
asimilan al alma racional, que es la que produce al hombre dotado de
inteligencia y que define a una persona como "sustancia individual de
naturaleza racional".
Tomás tiene una visión
biológica de la formación del feto: Dios introduce el alma solamente cuando el
feto adquiere, gradualmente, primero el alma vegetativa y luego el alma
sensitiva. Sólo en ese punto, en un cuerpo ya formado, se crea el alma
racional (Summa Theologiae, I, 90). El embrión tiene solamente alma
sensitiva (Summa Theologiae, I, 76, 2 y I, 118, 2). En la Summa
contra gentiles (II, 89) se dice que hay una generación gradual, "a causa de
las formas intermedias de las que viene dotado el feto desde el inicio hasta
su forma final".
Y por eso, en el Suplemento a la Summa Theologiae (80, 490) se puede
leer esta afirmación, que hoy suena revolucionaria: después del Juicio
Universal, cuando el cuerpo de los muertos resurgirá para que también nuestra
carne participe de la gloria celeste (cuando según Agustín, revivirán en la
plenitud de su belleza adulta no sólo los nacidos muertos sino, en forma
humanamente perfecta, también las burlas de la naturaleza, los mutilados, los
engendrados sin brazos o sin ojos), en esa "resurrección de la carne" no
participarán los embriones. En ellos aún no se había infundido el alma
racional, y por lo tanto no son seres humanos.
Se podría decir que la Iglesia, casi siempre de manera lenta y subterránea, ha
cambiado tantas de sus posiciones en el transcurso de su historia que también
podría haber cambiado ésta. Pero es singular que nos encontremos ante la
tácita desaprobación, no de una autoridad cualquiera, sino de la Autoridad por
excelencia, el pilar que sostiene la teología católica.
Las reflexiones que nacen a propósito de este tema conducen a curiosas
conclusiones. Sabemos que desde hace mucho tiempo la misma Iglesia Católica se
ha resistido a la teoría de la evolución, no tanto porque parecía desmentir el
relato bíblico de los siete días de la creación (sobre esto ya estaban de
acuerdo los antiguos comentaristas: la Biblia habla metafóricamente, y con
expresiones poéticas, por lo que siete días también podrían significar siete
millones de años), sino porque cancelaba un salto radical, la milagrosa
distinción entre las formas de vida prehumanas y la aparición del hombre,
anulaba la diferencia entre un simio, que es un animal bruto, y un hombre, que
ha recibido un alma racional.
Luego, lentamente, la Iglesia llegó, no digo a sostener, pero sí a admitir el
darwinismo con la condición de que, en la continuidad de la cadena de la vida,
desde el primer ser unicelular hasta Adán, se reconociera la existencia de una
grieta, un hito, el momento en que se le confiere alma inmortal a un ser vivo.
Sólo los fundamentalistas protestantes (y algunos tenaces asesores del
Ministerio de Instrucción Pública italiano) siguen sintiendo horror de la
hipótesis evolucionista.
Ahora, la batalla, por cierto neofundamentalista, sobre la supuesta defensa de
la vida, según la cual el embrión ya es un ser humano porque en el futuro
podría llegar a serlo, parece llevar a los creyentes más rigurosos a la misma
frontera de los viejos evolucionistas materialistas de antaño: no existe
fractura alguna (aquella que definió Santo Tomás) en el curso de la evolución
que va desde los vegetales a los animales y a los hombres; la vida tiene toda
ella igual valor.
Y de hecho, en su polémica, Sartori se olvida de esa fractura, o confunde un
poco la defensa de la vida con la defensa de la vida humana, porque defender a
cualquier costo la vida en todas sus manifestaciones, en cualquier forma en
que se manifieste, podría llevar a definir como homicidio no sólo el hecho de
verter el semen con fines no fecundativos, sino también el de comer pollo o
matar mosquitos, por no hablar del respeto debido a los vegetales.
Conclusión: las actuales posiciones neofundamentalistas católicas no son sólo
de origen protestante (eso sería lo de menos), sino que producen un
estancamiento del cristianismo en posiciones materialistas y panteísticas, y
en esa forma de panpsiquismo oriental que hace que ciertos gurúes viajen con
una gasa sobre la boca para no matar microorganismos con su respiración.
No estoy emitiendo juicios de mérito sobre un tema sin duda muy delicado.
Estoy señalando una curiosidad histórico-cultural, un curioso vuelco de
posiciones. Debe ser la influencia de la new age.
El último libro del autor es La misteriosa llama de la reina Loana .