Las plantas que hoy se
cultivan y el ganado que se cría son el resultado de una prolongada acción del
hombre sobre la naturaleza, en un proceso que se inició hace miles años, en lo
que la historia denominó la revolución neolítica, por la que las bandas de
cazadores recolectores pasaron gradualmente a vivir como agricultores y
pastores. Al principio dicha acción tuvo lugar de forma más o menos intuitiva,
pero luego pasó a hacerse de manera programada, por ciclos sucesivos de
selección de plantas o animales con características deseables y de cruzamiento
de los individuos elegidos para producir una progenie con los rasgos deseados.
A ese mejoramiento genético tradicional se ha adicionado ahora uno moderno,
que se vale de distintas herramientas para facilitar o acelerar los procesos.
Tales herramientas incluyen manipulaciones de células, órganos y tejidos in
vitro. Según algunos investigadores, todos los organismos vegetales u animales
que son producto de la intervención humana y se obtienen mediante la
reproducción sexual son OGM en un sentido amplio.
Pero en su acepción más
difundida, el término OGM se refiere específicamente a organismos originados
en procesos en los que no interviene la reproducción sexual. En otras
palabras, en esta acepción ampliamente difundida, OGM es aquel organismo cuyo
genoma (es decir, el conjunto de todos los genes que posee, que se repiten
–con alguna excepción– en cada una de sus células) fue alterado por
procedimientos de laboratorio con el propósito de conferirle alguna
característica deseable, como por ejemplo, la resistencia a plagas o heladas.
Las técnicas de laboratorio que permiten realizar esta manipulación genética
se denominan, genéricamente, ingeniería genética, y el resultado de su
aplicación es alterar el material hereditario, que es el ADN (ácido
desoxirribonucleico) u otros ácidos nucleicos de las células, para que un
organismo o una población adquieran los rasgos que se busca conferirles. El
genoma de un OGM incluye genes de otra especie, que puede incluso pertenecer a
otro reino de la naturaleza, por eso se lo denomina también organismo
transgénico. Por ejemplo, se ha obtenido una variedad de papa que sobrevive a
las heladas porque tiene incorporado un gen de un pez que habita en aguas muy
frías y que lleva la información para producir una proteína anticongelante. De
esta manera se habla de cultivos transgénicos con incrementada resistencia al
ataque de virus, hongos o insectos, o con la capacidad de tolerar ciertos
herbicidas.
Si bien es cierto que la
utilización de OGM, como la de cualquier otro producto de la ciencia o la
tecnología, no está libre de riesgos, así como no lo está, por ejemplo, la
utilización de medicamentos, también es verdad que esa utilización puede
generar importantes beneficios. La estimación de los riesgos implícitos en una situación particular
incluye cuatro pasos: (i) identificación del peligro, (ii) definición de la
intensidad o severidad relativa del peligro, (iii) determinación del grado de
exposición al peligro en el caso particular, y (iv) cálculo del riesgo en
dicho caso particular. Pero aunque tales estimaciones se hacen de manera
rigurosa, no son generalizables debido a que no todos los individuos o
ambientes reaccionan de la misma forma, y a que el conocimiento que se tiene
en muchos casos es incompleto.
La modificación genética
de plantas puede tener efectos variables sobre los ecosistemas. En ciertos
casos la modificación puede dispersarse en las poblaciones silvestres
emparentadas pero no afectar su adaptación al ambiente, por tratarse de
cambios genéticos que no alteran características relevantes de esas
poblaciones. En otros casos, la modificación genética puede conferir a las
plantas silvestres rasgos negativos para esa adaptación, por lo que termina
siendo eliminada de las poblaciones por el proceso de selección natural; de
este tipo son, por ejemplo, las modificaciones que determinan esterilidad del
polen o modifican la biosíntesis de la lignina. Las consecuencias de
modificaciones genéticas que confieren tolerancia a herbicidas o resistencia a
plagas y enfermedades dependen de factores más complejos. Si las poblaciones
silvestres emparentadas de una especie están controladas por determinada
plaga, la incorporación de resistencia a esa plaga aumentará las ventajas
adaptativas de esas poblaciones y alterará el equilibrio ecológico. Los genes
de tolerancia a herbicidas resultarían neutros en los ambientes naturales,
pero si se incorporasen a poblaciones silvestres con características de
malezas, podrían dificultar el control de estas en los ecosistemas agrícolas.
Los genes que confieren tolerancia a factores adversos como estrés hídrico o
salino, o que alteran los patrones de crecimiento, pueden producir cambios
importantes en la adaptación de las plantas al medio, que amplíen los hábitat
de las especies y, en consecuencia, que afecten los ecosistemas.
De algunas especies
vegetales cultivadas en la Argentina, como colza, alfalfa, papa, girasol, maíz
o algodón, además de la mencionada soja, se han desarrollado variedades
comerciales transgénicas que, entre otras características, presentan
tolerancia a herbicidas, resistencia a virus, hongos o insectos, o tienen
contenido modificado de almidón o aminoácidos. Los riesgos ambientales que se
han señalado en los últimos años acerca de los OGM son varios. Por su
tolerancia o resistencia a herbicidas, se teme que puedan convertirse en
malezas de otros cultivos o que den lugar a poblaciones asilvestradas, y que,
en ambos casos, sean incontrolables. También que se crucen con alguna especie
emparentada y originen híbridos que se transformen en malezas igualmente
incontrolables. Por su resistencia a enfermedades o a plagas, se teme que si
los OGM se cruzaran espontáneamente con especies emparentadas carentes de esa
resistencia, se la podrían conferir a la progenie, la que por tal razón podría
desplazar del ecosistema a la especie menos resistente e incluso ocasionar su
extinción. Procesos como este indican un riesgo de alteración del equilibrio
ecológico natural, algo que no termina con la posible pérdida de la diversidad
genética (o erosión genética) de la especie o especies en cuestión o,
eventualmente, su desaparición, sino que pueden ser afectadas otras especies
vinculadas con ellas, por ejemplo, las que dependen de ellas para su
alimentación.
Esta posibilidad de que,
por cruzamiento, se produzcan híbridos cuyos genes provengan tanto del OGM
como de la especie con la que se cruce, es decir, de que tenga lugar un flujo
génico, podría eventualmente desencadenar catástrofes ecológicas. Sin embargo,
el flujo génico no es un proceso desconocido en la naturaleza. Ocurre
constantemente en forma natural en plantas y animales que se reproducen
sexualmente, y da lugar al movimiento o dispersión de genes en una población o
entre poblaciones, lo que trae aparejado el aumento de la diversidad genética,
que es la base de la evolución. En las plantas, por ejemplo, el flujo génico
se produce cuando el polen, que contiene las células espermáticas o gametos
masculinos de una especie, es transportado por agentes físicos o biológicos,
incluso a grandes distancias, y depositado en el pistilo, donde puede germinar
y entrar en contacto con los gametos femeninos de otra especie. Los agentes
polinizadores físicos son el viento y el agua, y los biológicos más comunes
suelen ser abejas, mariposas, aves o pequeños mamíferos, en acción de
alimentarse.
El proceso descripto puede
ocurrir, por ejemplo, entre especies emparentadas cuya distribución geográfica
tenga áreas de superposición. Tales especies podrían, en principio, cruzarse y
producir descendencia híbrida. Sin embargo, las especies mantienen
habitualmente su integridad por períodos muy prolongados, de hasta miles o
millones de años. Esto se debe a que, a lo largo de la evolución, la
naturaleza ha creado obstáculos a la fecundación entre especies, barreras que
aseguran el aislamiento reproductivo y, en mayor o menor medida, impiden o
restringen la hibridación. Dichas barreras suelen dividirse en externas e
internas. Las primeras pueden ser: (i) espaciales (las especies emparentadas
habitan distintos ambientes geográficos: son alopátricas), (ii) temporales
(las especies son simpátricas –crecen en las mismas áreas– pero tienen
distintos períodos de floración), (iii) ecológicas (las especies están
adaptadas a nichos ecológicos diferentes y, aunque se puedan cruzar,
producirán una descendencia híbrida con menor capacidad de sobrevivir en los
ambientes de sus progenitores, la que terminará desapareciendo de la población
después de algunas generaciones), o (iv) mecánicas (los órganos sexuales de
la planta y el organismo polinizador evolucionaron en forma paralela, de modo
que este solo visita y poliniza las flores de aquella). Las barreras internas
residen en los tejidos de las plantas y son independientes de las anteriores,
a las que refuerzan. Pueden actuar antes de la fecundación o formación del
cigoto (barreras precigóticas) o después de ella (barreras poscigóticas), y
ser completas o incompletas en uno o en ambos sentidos de un cruzamiento
determinado.
Si entre dos especies no
hubiera barreras reproductivas externas o si estas fueran superadas, se
produciría la fecundación, de la que resultaría una semilla híbrida. Esta, al
germinar, daría origen a una planta que podría florecer normalmente (figura
1). En ese caso, si los cromosomas de las dos especies progenitoras hubiesen
diferido en su estructura y contenido de genes, la planta híbrida podría
producir gametos (producto del proceso de meiosis) anormales, con
duplicaciones y deficiencias de genes. Si tales duplicaciones y deficiencias
abarcaran muchos genes o genes que controlan procesos vitales (o si hubiesen
ocurrido interacciones entre los genes cromosómicos de una especie, que están
en el núcleo de las células, y los genes de los cloroplastos y mitocondrias de
la otra especie, que están en el citoplasma), la esterilidad podría ser total
(figura 2). En cambio, si los cromosomas de las especies progenitoras hubiesen
tenido menores diferencias estructurales, sus gametos podrían tener menos
duplicaciones y deficiencias de genes. En tal caso, las plantas híbridas
podrían ser vigorosas y fértiles (figura 3), pero generar plantas débiles o
estériles en las generaciones siguientes.
Las barreras a la
hibridación natural generalmente son poderosas: es muy común encontrar que dos
especies cercanas estén separadas por barreras de más de un tipo o por
distintos mecanismos. Por ejemplo, si dos especies simpátricas no se pueden
cruzar porque florecen en momentos diferentes y, por alguna contingencia
climática, los períodos de floración se superpusieran ocasionalmente en forma
parcial o total, es probable que esas especies tampoco se crucen, porque otra
barrera se lo impediría, por ejemplo, que el polen de una, depositado en el
pistilo de la otra, no ponga en acción las señales bioquímicas necesarias para
que tenga lugar la fecundación, algo similar a lo que sucedería si se tratase
de especies no emparentadas: si el polen de una planta de papa se deposita en
el pistilo de una de trigo nada sucede porque las señales bioquímicas son
incongruentes.
A la luz de lo expuesto se
podrá comprender que las consecuencias sobre los ecosistemas naturales o
agrícolas de los cultivos de OGM o transgénicos dependerán de hasta qué punto
se produzca flujo génico. Esto, a su vez, estará en gran medida en función de
la existencia de barreras reproductivas y de la magnitud de ellas, lo que
determinará si tiene lugar la hibridación. En la medida en que las barreras
sean débiles o incompletas, podrían generarse híbridos; inversamente, cuanto
más importantes sean esas barreras, menor será la probabilidad de hibridación.
Asimismo, cuanto más alejadas genéticamente estén las especies, menor será la
probabilidad de que se crucen y produzcan híbridos. Pero aun si ello
sucediera, la incorporación permanente de sus genes a especies silvestres
emparentadas (o introgresión) no sucedería de manera instantánea, porque el
proceso es dinámico y requiere muchos pasos que abarcan varias generaciones
híbridas.
De cualquier manera, se
considera que el riesgo de afectar el ambiente es alto con algunas especies de
plantas. Una de ellas es el sorgo. Se dispone de buenas evidencias de
introgresión de esta especie en el sorgo de Alepo, una de las peores malezas
del mundo. Otras plantas, como la alfalfa, la colza y el girasol, se
consideran de riesgo moderado, porque solo producen híbridos con algunas
especies emparentadas.
Como se puede apreciar, la
preocupación por los riesgos ambientales de los OGM es legítima. Por eso, las
normas sancionadas en distintos países contemplan cuestiones específicas
relacionadas con el flujo génico. Tienen en cuenta las especies que crecen en
determinadas áreas, su modo de reproducción, los mecanismos de polinización,
las distancias de dispersión del polen, etcétera. Los datos sobre flujo génico
entre especies cultivadas y otras silvestres genéticamente cercanas a ellas
son escasos, principalmente porque las variedades genéticamente modificadas o
transgénicas de los principales cultivos fueron creadas en países del
hemisferio norte, donde solo crecen espontáneamente unas pocas especies
emparentadas con ellos, como girasol en el sudoeste de los EEUU. El riesgo de
flujo génico, en consecuencia, no ha constituido una preocupación en esos
países, en los que solo hace poco comenzaron a trabajar en el tema algunos
grupos de investigación. Tal situación contrasta con la de países de menor
desarrollo económico pero ubicados geográficamente en el lugar de
domesticación de cultivos de mucha importancia para la alimentación mundial,
como trigo en Irak y otras tierras del cercano y medio Oriente (donde fue
domesticado hace unos 9000 años, según el registro arqueológico), arroz en la
India, papa en América Central y del Sur, incluida la Argentina (figura 4) y
maíz en México, entre otros. En tales lugares viven aún especies silvestres y
naturalizadas emparentadas con los mismos cultivos, que constituyen una fuente
importante de diversidad genética para el mejoramiento genético de estos. Por
ejemplo, existen 35 especies silvestres de papa originarias del actual
territorio argentino y en varias regiones del país crecen espontáneamente especies
adicionales, nativas de otras regiones del mundo, emparentadas con las que se
cultivan (figura 5). En tales casos, el cultivo de variedades genéticamente
modificadas o transgénicas, creadas en el hemisferio norte, emparentadas con
esas especies silvestres podría dar lugar a los efectos ambientales explicados
y a poner en peligro dicha diversidad genética.
Como los datos obtenidos
en un ambiente no son necesariamente similares a los que se obtendrían en
otros, el riesgo del cruzamiento de OGM con especies silvestres o
naturalizadas emparentadas y de introducción no deseada de genes de aquellos
en la descendencia, debe ser analizado caso por caso. Es necesario proceder
con suma prudencia, incluso evitar, por ejemplo, la incorporación de
características como la resistencia a herbicidas en dichos OGM, si las
especies silvestres o naturalizadas emparentadas, con las cuales se podrían
cruzar, tienen comportamiento de maleza. Un ejemplo de tal situación es el
mencionado sorgo de Alepo. La discusión sobre las formas de evitar el flujo
génico se ha centrado en la creación de barreras físicas, como distancias
mínimas de siembra o plantación entre los OGM y sus especies emparentadas.
Pero también se puede recurrir a barreras biológicas, como incorporar en los
OGM genes que determinen la esterilidad de los gametos masculinos de la
descendencia, si no se va a comercializar la semilla. De hecho, en los países
más desarrollados se está realizando investigación sobre estos aspectos.
Dado que la utilización de
OGM no está libre de riesgos, estos tienen que analizarse y medirse con
relación a los beneficios que podrían generar. Para poder hacerlo, es
necesario contar con resultados de estudios serios de cada caso particular,
llevados a cabo de manera independiente de intereses o propósitos económicos.
En ese sentido, las instituciones más adecuadas para realizar tales
investigaciones son las académicas, en la medida en que existan mecanismos
para proporcionarles financiación, seguramente de origen mayoritariamente
público, en términos que aseguren la calidad de la labor científica y la
libertad de indagación, de opinión y de difusión de los resultados. También se
necesita que el contexto institucional de esas entidades académicas estimule a
sus integrantes a producir con responsabilidad los estudios en cuestión. Este
es un caso en que la investigación realizada o promovida por empresas con
fines de lucro no puede reemplazar a la ciencia académica básica financiada
mediante dinero público. No solo se trata de evitar conflictos de intereses
sino, también, de no dejar de lado vías que puedan ser de poco interés
comercial pero de mucha importancia, por ejemplo, para los pequeños
agricultores de países pobres.
Las ideas que se tienen
actualmente del riesgo creado por el flujo génico desde los OGM o transgénicos
a las especies silvestres o naturalizadas emparentadas van a cambiar a medida
que vayamos disponiendo de más información y logremos una mejor comprensión
del tema. Hasta entonces, es fundamental proceder con prudencia en la
liberación al ambiente de este tipo de cultivos.
NOTAS:
