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Regulación jurídica de las biotecnologías

Curso dictado por la Dra. Teodora Zamudio

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Cultivos genéticamente modificados


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Por Elsa L Camadro


Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y Facultad de Ciencias Agrarias, UNMdP

 

Fuente: CIENCIA HOY Volumen 14 - Nº 83 Octubre - Noviembre 2004

El cultivo de plantas genéticamente modificadas o de plantas transgénicas puede generar grandes beneficios, pero también dar lugar a riesgos para los ecosistemas agrícolas y naturales. Esos riesgos –acerca de los que aún se sabe poco– dependen, entre otras cosas, de que tales plantas se crucen espontáneamente con especies silvestres emparentadas y produzcan híbridos que se diseminen en el ambiente.

Factores de riesgo

Percepción social del riesgo

Patógenos transmitidos por los alimentos

subestimado

Contaminación ambiental

subestimado

Toxinas naturales

subestimado

Aditivos de alimentos

sobreestimado

Residuos de pesticidas

sobreestimado

Fuente: Pariza MW, 1992, ‘A new approach to evaluating carcinogenetic risk’, Proceedings of the National Academy of Sciences, 89, 860.

En los últimos tiempos se ha debatido mucho acerca de las posibles consecuencias de una agricultura que recurra a organismos genéticamente modificados (OGM); en particular, la discusión ha versado sobre los efectos que estos organismos podrían producir en la salud humana y el ambiente natural. La cuestión sigue abierta, entre otras razones, porque la información sobre el asunto no llegó a la sociedad en el momento en que hubiese debido llegar, ni ilustró suficientemente al público. Por ejemplo, los consumidores argentinos se enteraron de que consumían soja genéticamente modificada cuando la mayor parte de la superficie dedicada a ese cultivo ya se sembraba con tal tipo de planta. Y en el momento en que se enteraron no les llegó razonable ilustración sobre las cuestiones en juego[1]. El resultado fue que, exacerbadas por temores ante lo desconocido, afloraron mezcladas diversas preocupaciones de la sociedad, como la seguridad alimentaria, la salud animal, la agricultura industrializada y la influencia de las grandes empresas multinacionales. Además, se difundieron visiones radicales, tanto a favor como en contra de los OGM, basadas en posiciones subjetivas y en ideologías, antes que en un análisis racional de ventajas y desventajas. No es de extrañar, pues, que las encuestas de opinión hayan puesto de manifiesto que la percepción pública de los riesgos de los OGM suele estar distorsionada con relación a la realidad de esos riesgos. Como se puede apreciar en el cuadro, algunos de esos riesgos son exagerados por el público y otros no son suficientemente valorados.

Figura 1

Flores de la papa silvestre Solanum ruiz-lealli: normales, con anteras bien desarrolladas y gametos masculinos fértiles.

Figura 2

Flores de la papa silvestre Solanum ruiz-lealli: deformadas, con anteras poco desarrolladas y gametos masculinos estériles.

Figura 3

Plantas híbridas resultantes de cruzar la papa cultivada y la especie silvestre emparentada Solanum gourlayi.

Figura 4

Las hojas verdes al pie de la foto pertenecen a plantas de papa silvestre Solanum ruiz-lealli, creciendo en San Rafael, Mendoza

Figura 5

Plantas de zanahoria silvestre Daucus carota, en Rauch, Buenos Aires

Las plantas que hoy se cultivan y el ganado que se cría son el resultado de una prolongada acción del hombre sobre la naturaleza, en un proceso que se inició hace miles años, en lo que la historia denominó la revolución neolítica, por la que las bandas de cazadores recolectores pasaron gradualmente a vivir como agricultores y pastores. Al principio dicha acción tuvo lugar de forma más o menos intuitiva, pero luego pasó a hacerse de manera programada, por ciclos sucesivos de selección de plantas o animales con características deseables y de cruzamiento de los individuos elegidos para producir una progenie con los rasgos deseados. A ese mejoramiento genético tradicional se ha adicionado ahora uno moderno, que se vale de distintas herramientas para facilitar o acelerar los procesos. Tales herramientas incluyen manipulaciones de células, órganos y tejidos in vitro. Según algunos investigadores, todos los organismos vegetales u animales que son producto de la intervención humana y se obtienen mediante la reproducción sexual son OGM en un sentido amplio.

Pero en su acepción más difundida, el término OGM se refiere específicamente a organismos originados en procesos en los que no interviene la reproducción sexual. En otras palabras, en esta acepción ampliamente difundida, OGM es aquel organismo cuyo genoma (es decir, el conjunto de todos los genes que posee, que se repiten –con alguna excepción– en cada una de sus células) fue alterado por procedimientos de laboratorio con el propósito de conferirle alguna característica deseable, como por ejemplo, la resistencia a plagas o heladas. Las técnicas de laboratorio que permiten realizar esta manipulación genética se denominan, genéricamente, ingeniería genética, y el resultado de su aplicación es alterar el material hereditario, que es el ADN (ácido desoxirribonucleico) u otros ácidos nucleicos de las células, para que un organismo o una población adquieran los rasgos que se busca conferirles. El genoma de un OGM incluye genes de otra especie, que puede incluso pertenecer a otro reino de la naturaleza, por eso se lo denomina también organismo transgénico. Por ejemplo, se ha obtenido una variedad de papa que sobrevive a las heladas porque tiene incorporado un gen de un pez que habita en aguas muy frías y que lleva la información para producir una proteína anticongelante. De esta manera se habla de cultivos transgénicos con incrementada resistencia al ataque de virus, hongos o insectos, o con la capacidad de tolerar ciertos herbicidas.

Si bien es cierto que la utilización de OGM, como la de cualquier otro producto de la ciencia o la tecnología, no está libre de riesgos, así como no lo está, por ejemplo, la utilización de medicamentos, también es verdad que esa utilización puede generar importantes beneficios[2]. La estimación de los riesgos implícitos en una situación particular incluye cuatro pasos: (i) identificación del peligro, (ii) definición de la intensidad o severidad relativa del peligro, (iii) determinación del grado de exposición al peligro en el caso particular, y (iv) cálculo del riesgo en dicho caso particular. Pero aunque tales estimaciones se hacen de manera rigurosa, no son generalizables debido a que no todos los individuos o ambientes reaccionan de la misma forma, y a que el conocimiento que se tiene en muchos casos es incompleto.

La modificación genética de plantas puede tener efectos variables sobre los ecosistemas. En ciertos casos la modificación puede dispersarse en las poblaciones silvestres emparentadas pero no afectar su adaptación al ambiente, por tratarse de cambios genéticos que no alteran características relevantes de esas poblaciones. En otros casos, la modificación genética puede conferir a las plantas silvestres rasgos negativos para esa adaptación, por lo que termina siendo eliminada de las poblaciones por el proceso de selección natural; de este tipo son, por ejemplo, las modificaciones que determinan esterilidad del polen o modifican la biosíntesis de la lignina. Las consecuencias de modificaciones genéticas que confieren tolerancia a herbicidas o resistencia a plagas y enfermedades dependen de factores más complejos. Si las poblaciones silvestres emparentadas de una especie están controladas por determinada plaga, la incorporación de resistencia a esa plaga aumentará las ventajas adaptativas de esas poblaciones y alterará el equilibrio ecológico. Los genes de tolerancia a herbicidas resultarían neutros en los ambientes naturales, pero si se incorporasen a poblaciones silvestres con características de malezas, podrían dificultar el control de estas en los ecosistemas agrícolas. Los genes que confieren tolerancia a factores adversos como estrés hídrico o salino, o que alteran los patrones de crecimiento, pueden producir cambios importantes en la adaptación de las plantas al medio, que amplíen los hábitat de las especies y, en consecuencia, que afecten los ecosistemas.

De algunas especies vegetales cultivadas en la Argentina, como colza, alfalfa, papa, girasol, maíz o algodón, además de la mencionada soja, se han desarrollado variedades comerciales transgénicas que, entre otras características, presentan tolerancia a herbicidas, resistencia a virus, hongos o insectos, o tienen contenido modificado de almidón o aminoácidos. Los riesgos ambientales que se han señalado en los últimos años acerca de los OGM son varios. Por su tolerancia o resistencia a herbicidas, se teme que puedan convertirse en malezas de otros cultivos o que den lugar a poblaciones asilvestradas, y que, en ambos casos, sean incontrolables. También que se crucen con alguna especie emparentada y originen híbridos que se transformen en malezas igualmente incontrolables. Por su resistencia a enfermedades o a plagas, se teme que si los OGM se cruzaran espontáneamente con especies emparentadas carentes de esa resistencia, se la podrían conferir a la progenie, la que por tal razón podría desplazar del ecosistema a la especie menos resistente e incluso ocasionar su extinción. Procesos como este indican un riesgo de alteración del equilibrio ecológico natural, algo que no termina con la posible pérdida de la diversidad genética (o erosión genética) de la especie o especies en cuestión o, eventualmente, su desaparición, sino que pueden ser afectadas otras especies vinculadas con ellas, por ejemplo, las que dependen de ellas para su alimentación.

Esta posibilidad de que, por cruzamiento, se produzcan híbridos cuyos genes provengan tanto del OGM como de la especie con la que se cruce, es decir, de que tenga lugar un flujo génico, podría eventualmente desencadenar catástrofes ecológicas. Sin embargo, el flujo génico no es un proceso desconocido en la naturaleza. Ocurre constantemente en forma natural en plantas y animales que se reproducen sexualmente, y da lugar al movimiento o dispersión de genes en una población o entre poblaciones, lo que trae aparejado el aumento de la diversidad genética, que es la base de la evolución. En las plantas, por ejemplo, el flujo génico se produce cuando el polen, que contiene las células espermáticas o gametos masculinos de una especie, es transportado por agentes físicos o biológicos, incluso a grandes distancias, y depositado en el pistilo, donde puede germinar y entrar en contacto con los gametos femeninos de otra especie. Los agentes polinizadores físicos son el viento y el agua, y los biológicos más comunes suelen ser abejas, mariposas, aves o pequeños mamíferos, en acción de alimentarse.

El proceso descripto puede ocurrir, por ejemplo, entre especies emparentadas cuya distribución geográfica tenga áreas de superposición. Tales especies podrían, en principio, cruzarse y producir descendencia híbrida. Sin embargo, las especies mantienen habitualmente su integridad por períodos muy prolongados, de hasta miles o millones de años. Esto se debe a que, a lo largo de la evolución, la naturaleza ha creado obstáculos a la fecundación entre especies, barreras que aseguran el aislamiento reproductivo y, en mayor o menor medida, impiden o restringen la hibridación. Dichas barreras suelen dividirse en externas e internas. Las primeras pueden ser: (i) espaciales (las especies emparentadas habitan distintos ambientes geográficos: son alopátricas), (ii) temporales (las especies son simpátricas –crecen en las mismas áreas– pero tienen distintos períodos de floración), (iii) ecológicas (las especies están adaptadas a nichos ecológicos diferentes y, aunque se puedan cruzar, producirán una descendencia híbrida con menor capacidad de sobrevivir en los ambientes de sus progenitores, la que terminará desapareciendo de la población después de algunas generaciones), o (iv)  mecánicas (los órganos sexuales de la planta y el organismo polinizador evolucionaron en forma paralela, de modo que este solo visita y poliniza las flores de aquella). Las barreras internas residen en los tejidos de las plantas y son independientes de las anteriores, a las que refuerzan. Pueden actuar antes de la fecundación o formación del cigoto (barreras precigóticas) o después de ella (barreras poscigóticas), y ser completas o incompletas en uno o en ambos sentidos de un cruzamiento determinado.

Si entre dos especies no hubiera barreras reproductivas externas o si estas fueran superadas, se produciría la fecundación, de la que resultaría una semilla híbrida. Esta, al germinar, daría origen a una planta que podría florecer normalmente (figura 1). En ese caso, si los cromosomas de las dos especies progenitoras hubiesen diferido en su estructura y contenido de genes, la planta híbrida podría producir gametos (producto del proceso de meiosis) anormales, con duplicaciones y deficiencias de genes. Si tales duplicaciones y deficiencias abarcaran muchos genes o genes que controlan procesos vitales (o si hubiesen ocurrido interacciones entre los genes cromosómicos de una especie, que están en el núcleo de las células, y los genes de los cloroplastos y mitocondrias de la otra especie, que están en el citoplasma), la esterilidad podría ser total (figura 2). En cambio, si los cromosomas de las especies progenitoras hubiesen tenido menores diferencias estructurales, sus gametos podrían tener menos duplicaciones y deficiencias de genes. En tal caso, las plantas híbridas podrían ser vigorosas y fértiles (figura 3), pero generar plantas débiles o estériles en las generaciones siguientes.

Las barreras a la hibridación natural generalmente son poderosas: es muy común encontrar que dos especies cercanas estén separadas por barreras de más de un tipo o por distintos mecanismos. Por ejemplo, si dos especies simpátricas no se pueden cruzar porque florecen en momentos diferentes y, por alguna contingencia climática, los períodos de floración se superpusieran ocasionalmente en forma parcial o total, es probable que esas especies tampoco se crucen, porque otra barrera se lo impediría, por ejemplo, que el polen de una, depositado en el pistilo de la otra, no ponga en acción las señales bioquímicas necesarias para que tenga lugar la fecundación, algo similar a lo que sucedería si se tratase de especies no emparentadas: si el polen de una planta de papa se deposita en el pistilo de una de trigo nada sucede porque las señales bioquímicas son incongruentes.

A la luz de lo expuesto se podrá comprender que las consecuencias sobre los ecosistemas naturales o agrícolas de los cultivos de OGM o transgénicos dependerán de hasta qué punto se produzca flujo génico. Esto, a su vez, estará en gran medida en función de la existencia de barreras reproductivas y de la magnitud de ellas, lo que determinará si tiene lugar la hibridación. En la medida en que las barreras sean débiles o incompletas, podrían generarse híbridos; inversamente, cuanto más importantes sean esas barreras, menor será la probabilidad de hibridación. Asimismo, cuanto más alejadas genéticamente estén las especies, menor será la probabilidad de que se crucen y produzcan híbridos. Pero aun si ello sucediera, la incorporación permanente de sus genes a especies silvestres emparentadas (o introgresión) no sucedería de manera instantánea, porque el proceso es dinámico y requiere muchos pasos que abarcan varias generaciones híbridas.

De cualquier manera, se considera que el riesgo de afectar el ambiente es alto con algunas especies de plantas. Una de ellas es el sorgo. Se dispone de buenas evidencias de introgresión de esta especie en el sorgo de Alepo, una de las peores malezas del mundo. Otras plantas, como la alfalfa, la colza y el girasol, se consideran de riesgo moderado, porque solo producen híbridos con algunas especies emparentadas.

Como se puede apreciar, la preocupación por los riesgos ambientales de los OGM es legítima. Por eso, las normas sancionadas en distintos países contemplan cuestiones específicas relacionadas con el flujo génico. Tienen en cuenta las especies que crecen en determinadas áreas, su modo de reproducción, los mecanismos de polinización, las distancias de dispersión del polen, etcétera. Los datos sobre flujo génico entre especies cultivadas y otras silvestres genéticamente cercanas a ellas son escasos, principalmente porque las variedades genéticamente modificadas o transgénicas de los principales cultivos fueron creadas en países del hemisferio norte, donde solo crecen espontáneamente unas pocas especies emparentadas con ellos, como girasol en el sudoeste de los EEUU. El riesgo de flujo génico, en consecuencia, no ha constituido una preocupación en esos países, en los que solo hace poco comenzaron a trabajar en el tema algunos grupos de investigación. Tal situación contrasta con la de países de menor desarrollo económico pero ubicados geográficamente en el lugar de domesticación de cultivos de mucha importancia para la alimentación mundial, como trigo en Irak y otras tierras del cercano y medio Oriente (donde fue domesticado hace unos 9000 años, según el registro arqueológico), arroz en la India, papa en América Central y del Sur, incluida la Argentina (figura 4) y maíz en México, entre otros. En tales lugares viven aún especies silvestres y naturalizadas emparentadas con los mismos cultivos, que constituyen una fuente importante de diversidad genética para el mejoramiento genético de estos. Por ejemplo, existen 35 especies silvestres de papa originarias del actual territorio argentino[3] y en varias regiones del país crecen espontáneamente especies adicionales, nativas de otras regiones del mundo, emparentadas con las que se cultivan (figura 5). En tales casos, el cultivo de variedades genéticamente modificadas o transgénicas, creadas en el hemisferio norte, emparentadas con esas especies silvestres podría dar lugar a los efectos ambientales explicados y a poner en peligro dicha diversidad genética.

Como los datos obtenidos en un ambiente no son necesariamente similares a los que se obtendrían en otros, el riesgo del cruzamiento de OGM con especies silvestres o naturalizadas emparentadas y de introducción no deseada de genes de aquellos en la descendencia, debe ser analizado caso por caso. Es necesario proceder con suma prudencia, incluso evitar, por ejemplo, la incorporación de características como la resistencia a herbicidas en dichos OGM, si las especies silvestres o naturalizadas emparentadas, con las cuales se podrían cruzar, tienen comportamiento de maleza. Un ejemplo de tal situación es el mencionado sorgo de Alepo. La discusión sobre las formas de evitar el flujo génico se ha centrado en la creación de barreras físicas, como distancias mínimas de siembra o plantación entre los OGM y sus especies emparentadas. Pero también se puede recurrir a barreras biológicas, como incorporar en los OGM genes que determinen la esterilidad de los gametos masculinos de la descendencia, si no se va a comercializar la semilla. De hecho, en los países más desarrollados se está realizando investigación sobre estos aspectos.

Dado que la utilización de OGM no está libre de riesgos, estos tienen que analizarse y medirse con relación a los beneficios que podrían generar. Para poder hacerlo, es necesario contar con resultados de estudios serios de cada caso particular, llevados a cabo de manera independiente de intereses o propósitos económicos. En ese sentido, las instituciones más adecuadas para realizar tales investigaciones son las académicas, en la medida en que existan mecanismos para proporcionarles financiación, seguramente de origen mayoritariamente público, en términos que aseguren la calidad de la labor científica y la libertad de indagación, de opinión y de difusión de los resultados. También se necesita que el contexto institucional de esas entidades académicas estimule a sus integrantes a producir con responsabilidad los estudios en cuestión. Este es un caso en que la investigación realizada o promovida por empresas con fines de lucro no puede reemplazar a la ciencia académica básica financiada mediante dinero público. No solo se trata de evitar conflictos de intereses sino, también, de no dejar de lado vías que puedan ser de poco interés comercial pero de mucha importancia, por ejemplo, para los pequeños agricultores de países pobres.

Las ideas que se tienen actualmente del riesgo creado por el flujo génico desde los OGM o transgénicos a las especies silvestres o naturalizadas emparentadas van a cambiar a medida que vayamos disponiendo de más información y logremos una mejor comprensión del tema. Hasta entonces, es fundamental proceder con prudencia en la liberación al ambiente de este tipo de cultivos.

 


NOTAS:

[1] ver ‘Sobre organismos transgénicos: asuntos económicos y éticos’, Ciencia Hoy, 67: 56-61, 2002, e ‘Impacto ambiental de los cultivos transgénicos’, Ciencia Hoy, 75: 26-37, 2003

[2] El tema se trató con mayor amplitud en ‘La revolución genética y la agricultura’ y ‘El pan nuestro de cada día’, Ciencia Hoy, 62: 22-43, 2001.

[3] ver ‘Especies silvestres y mejoramiento genético de la papa’, Ciencia Hoy, 35: 46-53, 1996

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Colección: Derecho, Economía y Sociedad

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Última modificación: 09 de Marzo de 2007

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