Catálogo de la Colección "Derecho, Economía y Sociedad" Sitio Oficial de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires

Regulación jurídica de las biotecnologías

Curso dictado por la Dra. Teodora Zamudio

Equipo de docencia e investigación UBA~Derecho

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 Glosario

Determinismo genético


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Toda discusión sobre las consecuencias morales del Proyecto Genoma Humano tiene que fundarse en el conocimiento de las posibilidades y limitaciones de la ciencia, y eso exige repasar la historia de la ciencia además de los aspectos básicos de la biología.
Tom Wilkie, El conocimiento peligroso

Por Miguel Moreno

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Sondeos genéticos y medicina predictiva

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Diagnóstico prenatal, aborto y eugenesia

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La discriminación genética

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Determinismo y reduccionismo

 

Sondeos genéticos y medicina predictiva

Uno de los principales problemas éticos que plantea el Proyecto Genoma Humano será que su consecución proveerá a los médicos de poderosas herramientas para diagnosticar crueles enfermedades genéticas, antes de que sus síntomas se produzcan. Esto podría parecer un hecho beneficioso; efectivamente, así sería... ¡si existiera una cura o, por lo menos un tratamiento contra esas enfermedades! Lo cierto es que, una vez descubierto el gen asociado a una enfermedad, el desarrollo de un método de diagnóstico prácticamente seguro al 100% es trivial y casi inmediato. Sin embargo, el desarrollo de terapias contra dichas enfermedades puede llegar a ser muchísimo más largo. Los expertos predicen que, hasta dentro de al menos veinte años, no poseeremos métodos de lucha eficaces contra prácticamente ninguna de las enfermedades genéticas conocidas. Sin embargo, todas las predicciones que se han hecho en el campo de la biología molecular han resultado siempre ser excesivamente pesimistas. La ciencia avanza más rápido de lo que los propios expertos pueden llegar a imaginar, lo que nos permite ser optimistas en este aspecto.

Sin embargo, a pesar de los sorprendentes avances, por el momento, el diagnóstico precoz de las enfermedades genéticas, la mayoría de las veces, sólo supone para el paciente afectado una ominosa carga que debe soportar. El conocer que, en el plazo de una década, posiblemente sufriremos una horrible enfermedad, sin poder hacer nada por evitarlo, para lo único que sirve es para amargarnos la existencia, creándonos una sensación de impotencia y ansiedad que puede llevarnos a no disfrutar de los años de vida feliz y sana que nos hubieran correspondido si hubiéramos dejado a la naturaleza seguir su curso.

Lo que resulta aún peor: en algunas ocasiones, los gobiernos han promovido este tipo de conocimiento ominoso entre la población. En el recuerdo de muchos negros americanos está el caso de la campaña para detectar portadores del gen de la anemia falciforme que fue promovida por algunos gobiernos estatales de los Estados Unidos durante los años setenta. Esta campaña no tiene nada que ver con el Proyecto Genoma Humano y se realizó incluso antes de que se desarrollara la ingeniería genética. Las pruebas de la anemia falciforme estaban basadas en el análisis bioquímico de la proteína hemoglobina. Conviene que echemos un vistazo a la historia de este caso.

La idea había surgido a partir de una campaña para detectar la fenilcetonuria. Esta enfermedad posee ciertas características que la hacen especialmente adecuada para una campaña de predicción. Se puede detectar fácilmente mediante un sencillo análisis de sangre desde el primer día de vida del recién nacido (en la actualidad este análisis es obligatorio en la mayoría de los países desarrollados). Si un niño padece fenilcetonuria, el tratamiento es bien sencillo. Basta con seguir una estricta dieta, baja en el aminoácido fenilalanina, durante los primeros años de vida. Los beneficios son enormes. Si no se trata, se produce retraso mental y muerte prematura. Si se trata, el niño puede llevar una vida perfectamente normal. La fenilcetonuria afecta aproximadamente a uno de cada 12.000 niños, si bien en la actualidad, gracias a estas campañas de prevención obligatorias, es una de las enfermedades genéticas más benignas.

La anemia falciforme es un caso bien distinto, pero los legisladores estadounidenses de los años setenta no supieron ver las diferencias, ni intuir las consecuencias de su falta de previsión. La anemia falciforme es mucho más frecuente que la fenilcetonuria; de hecho, es la enfermedad genética más frecuente entre la población negra, con un caso por cada 400 niños. Es una enfermedad recesiva bastante cruel, los enfermos, que han tenido la mala suerte de heredar los dos alelos recesivos de sus padres, no pueden realizar esfuerzos, ya que corren un grave riesgo de sufrir una insuficiencia respiratoria aguda que les ocasione repentinamente la muerte. Los individuos heterocigóticos, por el contrario, son portadores absolutamente sanos y pueden seguir una vida perfectamente normal. Cuando se desarrolló la técnica de detección basada en el análisis de la hemoglobina, numerosos colectivos de personas de raza negra sufrieron un ataque de falsas esperanzas, pensando quizás que los científicos habían encontrado la solución a la enfermedad. Sin embargo, la cruel diferencia con la fenilcetonuria era que no existía tratamiento alguno. Si alguien era diagnosticado de anemia falciforme no poseía la más mínima esperanza de curación. El diagnóstico no representaba beneficio alguno para el paciente. Además, en aquella época no existía ningún método para examinar al feto en el útero, para que los padres tuvieran la opción de interrumpir el embarazo si es que el feto estaba afectado. En cualquier caso, el aborto fue ilegal en Estados Unidos hasta 1973.

A pesar de todas estas contrariedades que hacían desaconsejable la campaña de detección, el gobierno federal financió un programa a nivel nacional. En varios estados, se declaró ¡obligatorio! realizar la prueba a los recién nacidos y a los escolares, todo ello sin un programa paralelo de orientación genética que pudiera ofrecer consejo a las familias afectadas.

Pero lo peor fue que el público comenzó a confundir a las personas portadoras con las enfermas, debido a la completa falta de una campaña informativa. Muchos padres llegaron a pensar que sus hijos, en realidad portadores sanos, padecían una terrible enfermedad debilitante y debían recibir cuidados especiales para que no agravase. Para complicarlo todo, Linus Pauling, que había descubierto el método de análisis de la hemoglobina, realizó unas desafortunadas declaraciones, sugiriendo que se "marcara" a los portadores para que no se casaran entre sí o, al menos, que no tuvieran hijos. Los medios de comunicación reforzaron la confusión entre portadores y enfermos; en 1972, la revista Ebony, dirigida principalmente a lectores de color, publicó un anuncio con el fin de recaudar fondos para la investigación contra la enfermedad, que caracterizaba erróneamente a los portadores como personas débiles. El anuncio estaba financiado por American Express y su texto íntegro decía lo siguiente:

"Es un asesino. Uno de cada diez negros americanos es portador de un trastorno en la sangre que puede matarlo o incapacitarlo. Se llama anemia falciforme porque deforma los glóbulos rojos, que adoptan forma de hoz. Los que no mueren quedan debilitados. Incluso los que padecen la modalidad más suave de la enfermedad -los "portadores del carácter"- sufren. Por lo general deben evitar las actividades fatigosas y acudir con regularidad al médico."

En 1978, Loretta Kopelman denunciaba que la prueba utilizada en el estado de Nueva York detectaba tanto a los enfermos como a los portadores del gen y que, aunque la ley exigía solamente que quedaran registrados los casos de enfermedad, también se "fichaba" a los portadores del carácter. Dicha información pasaba a formar parte permanente del historial médico del niño. Las compañías de seguros comenzaron a negarse a formalizar el seguro si descubrían que su posible cliente padecía anemia falciforme o era portador del carácter.

También el mercado de trabajo discriminaba a los enfermos y portadores. A las personas de color que portaban el gen se les negaba el trabajo en compañías aéreas e incluso el ingreso en la Academia de las Fuerzas Aéreas, porque se creía, erróneamente, que su sangre reaccionaría mal a las bajas presiones que se experimentan al volar a gran altitud. La Academia no levantó las restricciones hasta 1981.

Los problemas también llegaban hasta el ámbito familiar. Se dieron casos de matrimonios que tenían hijos enfermos, mientras que uno sólo de los cónyuges era portador. Muchas familias se hubieran roto si no hubiera sido porque los médicos les dieron explicaciones inverosímiles para tranquilizarles. El doctor Robert Murray opinaba que "cuando existe un conflicto entre las relaciones humanas o el bienestar humano y la verdad científica, tiendo a sacrificar la verdad". En un informe del Instituto de Investigación de Ética Médica (el Hastings Center), se citaba un caso en el que un niño había fallecido porque su médico -a quien su madre le había dicho que padecía anemia falciforme- pensó que estaba sufriendo una crisis de esta enfermedad. En realidad el niño era portador, pero no padecía la enfermedad, y murió de apendicitis aguda. En 1978, la doctora Kopelman concluía su informe advirtiendo que debían tenerse en cuenta los riesgos de las pruebas genéticas: "Existen los riesgos de marcar a las personas, invadir su intimidad, hacerles perder su autoestima o discriminarlas. Nadie tiene derecho a someter a otros a procedimientos que entrañen un riesgo para ellos".

El programa de detección de la anemia falciforme en Estados Unidos acabó degenerando hasta desaparecer. En 1987, un equipo de expertos designados por los NIH desenterró el viejo fantasma, recomendando de nuevo que se practicara la prueba en recién nacidos. Esta vez, la motivación era diferente. La investigación clínica había demostrado que los niños menores de tres años con anemia falciforme tenían menos capacidad de defensa contra las infecciones bacterianas, existiendo un 15% de probabilidades de morir a causa de una infección durante los primeros años de su vida. También se demostró que esto se podía evitar administrando penicilina a los niños. Los NIH recomendaron que se administrara penicilina a todos los niños con anemia falciforme desde los cuatro meses a los cinco años de edad. Esta vez el análisis tenía su justificación y reportaba un beneficio claro. La campaña se lleva practicando con éxito desde entonces.

Desde el mismo comienzo del Proyecto Genoma Humano, estuvo claro para los científicos, suficientemente escarmentados por las experiencias previas, que no se podían efectuar campañas a gran escala del tipo de la que se realizó con la anemia falciforme, sin haber realizado previamente un minucioso estudio ético y social. Aproximadamente, el 5% de los fondos destinados a la financiación del PGH se utilizan para llevar a cabo estos estudios, que se engloban bajo las siglas ELSI (Ethical, Legal and Social Issues). El PGH constituye el primer programa científico a gran escala que dedica específicamente parte de sus fondos a este tipo de preocupaciones. Se espera que en los próximos años, el porcentaje de fondos dedicados a los estudios ELSI aumente considerablemente. Sólo en 1997, se tiene prevista una inversión de 11 millones de dólares en estos aspectos. En la actualidad, se está llevando a cabo un estudio exhaustivo sobre la posibilidad de llevar a cabo un programa de detección de portadores del gen de la fibrosis quística, la enfermedad genética más común entre la población blanca. No se quiere, de ningún modo, caer en los errores que se cometieron con el caso de la anemia falciforme. Al menos, existen dos ventajas, a priori, que no existían hace veinte años: la posibilidad de detectar la enfermedad en el feto y la aceptación social mayoritaria del aborto con fines terapéuticos.

Si los casos de enfermedades monogénicas plantean estos problemas, se debe, principalmente, a que conocemos perfectamente las leyes deterministas que regulan la herencia de estas enfermedades. En el otro extremo se encuentran los sondeos de genes implicados en enfermedades poligénicas aún no bien comprendidas, que pueden dar lugar a otros tipos de problemas, distintos de los anteriores, pero no menos importantes. En estos casos no se habla de que "el paciente padece la enfermedad" sino de que, por ejemplo, "el paciente posee un 60% de posibilidades de que en un futuro pueda desarrollar la enfermedad", ya que dicho porcentaje de las personas que poseen esa variante del gen, la padecen. La medicina entonces se torna predictiva y, si es posible, preventiva. Entre las posibilidades más relevantes están algunas de las causas fundamentales de muerte en el hombre: el cáncer, las enfermedades cardiovasculares o la diabetes, junto con otras como el enfisema o enfermedades mentales como el Alzheimer o la esquizofrenia.

Cada una de estas enfermedades representa un problema científico complejo, porque la expresión de estos trastornos incluye frecuentemente un componente genético que interactúa con varios factores ambientales, como la dieta o el estrés.

Por ejemplo, unos veinte genes regulan el nivel de colesterol en la sangre. Determinadas combinaciones de variedades de estos genes sitúan al sujeto en un grupo de riesgo mayor de padecer enfermedades tempranas de las arterias coronarias y ataques cardíacos. Si además, el sujeto lleva una dieta rica en grasas animales y una vida sedentaria, es muy posible que muera de infarto antes de los cincuenta años. El problema es que aún no conocemos qué combinaciones de genes son especialmente peligrosas. Quizás, después de todo, no sean una veintena, sino un centenar, los genes implicados. El PGH, posiblemente, nos dará la respuesta.
 

Diagnóstico prenatal, aborto y eugenesia

Los adelantos de la tecnología médica han hecho variar la situación de las personas con riesgo de transmitir enfermedades genéticas, en comparación con la que existía en los años setenta, al comienzo del programa contra la anemia falciforme. Desde mediados de los setenta, los médicos han podido informar a las madres de si el niño que esperaban estaba afectado de algún trastorno genético. El diagnóstico prenatal se basa en distintos métodos de extracción de muestras de células del feto; hoy en día, se puede incluso analizar la sangre del feto.

Tras la fecundación, el óvulo fertilizado, denominado "embrión", se transforma en dos células, luego en cuatro y así sucesivamente. En cada etapa, los genes, de algún modo aún desconocido, reciben la señal de activarse o seguir dormidos, esperando su turno. El embrión crece en tamaño y complejidad. Ocho semanas después de la fertilización, ha adquirido la forma de un ser humano en miniatura, se denomina entonces "feto", que quiere decir "el descendiente". Es un tránsito peligroso pasar de huevo a feto. Antes de que se dispusiera de métodos hormonales altamente sensibles para detectar precozmente el embarazo, se estimaba que un 15% de los huevos fecundados sufrían aborto espontáneo. Hoy día, sabemos que más del 80% de los óvulos fecundados no sobreviven, sucumbiendo silenciosamente sin ser detectados.

Oculto en el vientre, el embrión o feto no pude ser examinado directamente. Pero mientras el feto crece, está rodeado de un estanque protector de líquido amniótico. El feto pierde algunas de sus células, cuyos restos van a parar al fluido amniótico. El análisis del fluido amniótico, o "amniocentesis" fue, durante mucho tiempo, posible sólo a partir de la decimosexta semana de embarazo. Para recoger una muestra se recurría al procedimiento de insertar una larga aguja en el saco lleno de fluido que recubre al feto. Se utilizaba al principio para determinar el factor Rh y para realizar el cariotipo fetal, lo cuál permitía conocer el sexo del futuro descendiente o cualquier anormalidad cromosómica importante. Hoy en día, las técnicas de PCR permiten analizar datos genéticos a partir de una muestra minúscula de tejido, recogido mediante un procedimiento menos intrusivo, denominado biopsia del vello coriónico, a partir de las ocho semanas de gestación.

En 1978, Y. W. Kan y Andrees Dozy, de la UCSF, comunicaron que habían desarrollado una técnica para detectar la presencia del gen mutante de la anemia falciforme mediante el análisis del ADN de las células del fluido amniótico. Fue el primer diagnóstico prenatal por análisis de ADN. Las parejas que podían estar en riesgo de tener hijos afectados de la terrible enfermedad ya podían disponer de un método para conocer la futura salud de su hijo en las primeras semanas de embarazo, para asegurarse que el feto era sano o, en caso contrario, poder optar por la interrupción del embarazo. Se imponía, por vez primera, un "control de calidad" de los fetos, con opción a desechar los que no cumplan las condiciones necesarias para pasarlo.

El PGH hará posible el diagnóstico prenatal de, teóricamente, unas 6.000 enfermedades genéticas. En la práctica, ningún feto podrá ser completa y exhaustivamente analizado. Sin embargo, con seguridad, llegará el día en que algunas decenas de análisis genéticos prenatales se conviertan en técnicas de rutina en las consultas de ginecología. La gran mayoría de mujeres cuyo futuro hijo no sea capaz de pasar el control de calidad, decidirán abortarlo. Muchos grupos, contrarios al aborto, ven en este tipo de diagnóstico algo aborrecible y absolutamente antinatural. Por el contrario, Nancy Wexler afirma, de forma muy acertada en mi opinión, que "la mayoría de las mujeres que recurren al examen genético prenatal no desean un hijo perfecto. Ellas quieren uno que no las haga arrepentirse del día en que nacieron".

Quizás sea así, pero aún pueden plantearse serias dudas sobre la posibilidad de que el poder genético sesgue nuestras ideas. Casi todos estamos de acuerdo en que un feto afectado del síndrome de Tay-Sachs, que tendría una esperanza de vida de algunos meses, puede ser abortado sin muchos problemas morales. Las controversias y dudas surgen a medida que vamos subiendo en la escala de benignidad de las enfermedades genéticas: ¿abortaríamos a un feto con anemia falciforme? ¿y a un feto que padecerá la enfermedad de Huntington a los cuarenta años? ¿y a un feto que posee el 60% de probabilidad de desarrollar Alzheimer a los 75? ¿es "anormal" un niño que posee el 35% de posibilidades de desarrollar cáncer a los 60 o un niño que posiblemente tenga una inteligencia por debajo de la media? ¿qué hay de un niño que padecerá daltonismo, o miopía?

En 1871, Charles Darwin, en "El linaje del hombre", afirmaba que "los miembros débiles de la sociedad civilizada propagan su especie. Nadie que haya ayudado en la crianza de animales domésticos dudará de que esto debe ser altamente injurioso para la raza humana... casi nadie es tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan". El primo de Darwin, Francis Galton, apoyó fervientemente esta filosofía y le dio un nombre que para él y para muchos otros, durante algún tiempo, poseía connotaciones positivas: "eugenesia", que deriva del griego "eugenes" o "dotado por herencia de cualidades buenas". Se puede definir la eugenesia como "los métodos para mejorar la calidad de la raza humana, en especial mediante la reproducción selectiva". Galton había promocionado la "eugenesia positiva", la procreación entre personas con una dotación genética supuestamente buena. Sus sucesores, como el americano de Cold Spring Harbor Charles Davenport promocionaron la "eugenesia negativa", el impedimento del apareamiento de personas con características supuestamente no deseables. Para 1930, 24 estados de los Estados Unidos de América poseían leyes que permitían la esterilización de una amplia variedad de "indeseables": epilépticos, "insanos" o criminales habituales. En abril de 1924, el presidente Calvin Coolidge transformó en ley el Acta de Inmigración, que establecía cuotas a otras nacionalidades. Antes había declarado: "los Estados Unidos deben ser mantenidos americanos... Las leyes biológicas muestran... que los nórdicos se deterioran cuando se mezclan con otras razas".

Cuando Adolf Hitler defendió la esterilización eugenésica en 1923, apoyado por cientos de miles de alemanes, sus enfoques eran acordes con los de muchos respetables genetistas de Estados Unidos. A esto le siguió, en 1933, una "ley para la prevención de las enfermedades hereditarias en las generaciones futuras". En 1934, 56.000 órdenes de esterilización fueron emitidas en Alemania. En 1939, el Tercer Reich fue mucho más allá de la esterilización y la prohibición del matrimonio, hasta el asesinato sistemático de los enfermos mentales y todos los judíos.

¿No resulta razonable, considerando todos estos abusos, que la misma palabra "eugenesia" se haya convertido en algo peyorativo? James Watson admitió que "las sombras de los pasados abusos flota en el fondo de la investigación genética. Podemos impedir que tales atrocidades vuelvan a ocurrir si los científicos, los doctores y la sociedad en general rehúsan a ceder el control de los descubrimientos genéticos a aquellos que podrían usarlos mal".

En enero de 1989, el Parlamento Europeo modificó el texto de su proposición original sobre financiamiento del PGH. en el original, tal como fue propuesto por la Comisión Europea, se hablaba de "identificar a los individuos de alto riesgo" para "protegerlos de las enfermedades a las que son vulnerables genéticamente y, cuando fuera apropiado, impedir la transmisión de las deficiencias genéticas a la generación siguiente". Un editorial en New Scientist apuntilló que "a menos que (el espectro de la eugenesia) sea exorcizado, el fantasma bien podrá asustar a algunos europeos respecto a los quehaceres de la ciencia".

Hoy en día, las pruebas científicas experimentales apuntan a un giro de 180º respecto a las ideas eugenésicas del siglo pasado, basadas en la existencia de una "raza superior" (por supuesto, siempre la raza a la que pertenece quien escribe las ideas eugenésicas). No existen individuos perfectos. Lo atestigua el hecho de que un 4% de los nacimientos de niños vivos poseen algún tipo de defecto genético. Dado que la gran mayoría son defectos recesivos, podemos concluir que todos nosotros acumulamos en nuestra dotación genética alelos defectuosos, que en un 96% de los nacimientos no llegan a manifestarse, pero que permanecen latentes y podemos transmitir a las generaciones futuras. La mejor forma de disminuir la probabilidad de incidencia de una enfermedad recesiva (aparte de los sondeos genéticos de portadores y el consejo genético), es la exogamia y el mestizaje. La experiencia demuestra que todos los grupos étnicos o sociales que practican la endogamia, no importa lo elevadas que fueran sus características originales, finalmente acaban degenerando y llegan a poseer tasas realmente altas de determinadas enfermedades. El estudio de la genética humana, permite la confirmación empírica del viejo refrán: "en la variedad está el gusto" y la actual tendencia a la globalización de la cultura y de la sociedad (el concepto, muy acertado a mi parecer, de "aldea global") permite contemplar nuevos y despejados horizontes para el futuro de la humanidad.

La discriminación genética

No me refiero aquí a la explosión demográfica, a la destrucción de la naturaleza, ni incluso a los megatones; sino a un mal mucho más profundo y grave, a un mal del alma.
Jacques Monod, El azar y la necesidad

En vista de lo leído hasta ahora, parecen consecuencias inevitables del Proyecto Genoma Humano, y de la Nueva Genética, el establecimiento, tarde o temprano, del control de calidad genética de los fetos, de los sondeos de portadores sanos de, cada vez, un mayor número de enfermedades genéticas y del uso de terapias génicas, inicialmente en línea somática, después, quizás, en linea germinal.

La mayoría de los seres humanos, hoy en día, tienen alguna medida de control sobre su vida cotidiana. Somos, por regla general, libres de hacer elecciones acerca de nuestra educación, empleo, estatus marital o ubicación geográfica. Sin embargo, somos prisioneros de nuestros genes. Nadie puede elegir, por el momento, su dotación genética. Una vez que conozcamos más exhaustivamente nuestros genomas individuales, ¿llegará a extenderse la discriminación que actualmente y, por desgracia, tan frecuentemente, divide a las personas en base a su sexo, raza, dialecto o discapacidad física o mental? La intolerancia de nuestra sociedad nos ha obligado a acuñar los términos sexismo o racismo, ¿aparecerá también en nuestros diccionarios del siglo XXI el término "genismo"?

En definitiva, diferencias como la raza o el sexo se deben al propio genoma. Sin embargo, llegarán a descubrirse muchas otras características mucho más sutiles del genoma, tales como la predisposición hacia las enfermedades cardíacas, al alcoholismo o a las discapacidades mentales. Podrán realizarse previsiones acerca de los riesgos de salud a largo plazo de las personas y sus capacidades y discapacidades futuras. Surgirán nuevas figuras, como el "enfermo saludable", que es aquel que, aún estando perfectamente sano, puede llegar a desarrollar con posterioridad una horrible enfermedad o el "enfermo colectivo", que es la familia o grupo étnico que es "sujeto de la enfermedad". ¿Podrán los individuos o grupos de personas que han tenido peor suerte genética llegar a ser tratados como parias de una sociedad mayoritariamente libre de taras, al menos de un modo aparente?

Entre las áreas de preocupación específica sobre la discriminación genética compartidas por la mayoría de los individuos y grupos que han hablado y escrito sobre el tema en los últimos años, destacan las de la discriminación en el empleo y en la cobertura de seguros. Ambas están ligadas por el común denominador de la ética de la privacidad y la confidencialidad.
La Oficina de Análisis de Tecnologías (OTA) publicó en 1983 un informe detallado acerca de "El papel del examen genético en la prevención de las enfermedades ocupacionales". El Congreso de los Estados Unidos estaba preocupado por los informes acerca de la práctica creciente del examen genético en el lugar de trabajo. Se había informado de la existencia, desde los años 60, de actividades industriales cuestionables, tales como programas que evaluaban el daño a los trabajadores provocado por la exposición a sustancias químicas o a condiciones de trabajo especialmente duras. En 1982, la OTA encuestó a las industrias y gremios estadounidenses para determinar la magnitud y naturaleza del examen genético de los empleadores. El interés del debate fue ampliado a finales de los 80, cuando la nueva tecnología genética molecular se hizo ampliamente disponible, de modo que la OTA repitió su encuesta y publicó los resultados y recomendaciones en 1989.

La encuesta hizo una distinción entre seguimiento genético y selección genética. El primero es un examen periódico de los empleados en busca de cambios en su genoma -por ejemplo, debido a la presencia de radiaciones o carcinógenos- que pudiesen haber ocurrido en el transcurso del empleo. Las empresas suelen llevar a cabo, rutinariamente un examen médico de sus empleados, con vistas a mejorar su productividad. Incluso, existen empresas que utilizan pruebas como detectores de mentiras, análisis grafológico y cuestionarios psicológicos escritos, así como análisis rutinarios de drogas, S.I.D.A., etc. El seguimiento genético no presenta, en principio, diferencias de base respecto a este reconocimiento médico habitual. Si sus resultados fueran positivos, demostrándose la existencia de cambios en el genoma, posiblemente la empresa se vería obligada a mejorar las condiciones de trabajo de sus empleados. La salud de los trabajadores, en última instancia, afecta a la productividad y determina el costo del cuidado de la salud para la compañía.

La selección genética es más escabrosa. Incluye los análisis que examinan el genoma de los empleados o de los solicitantes de trabajo, en busca de características heredadas. Si estas pruebas mostraran susceptibilidad a ciertas enfermedades ocupacionales, la compañía podría, según el informe de la OTA, "colocar a los trabajadores más susceptibles a un riesgo específico en los ambientes menos peligrosos". También, sin embargo, podría desestimar la solicitud de empleo de un aspirante, negándole la entrada en la empresa. Además, ¿qué hay de los trabajadores que sean más resistentes que los demás? ¿tendrán que soportar unas condiciones de trabajo menos saludables? Sin duda, a la empresa le resultaría más barato modificar los puestos asignados a los trabajadores susceptibles que mejorar las condiciones de trabajo de todos los trabajadores de la empresa. ¿No es esto discriminación genética?

En total, la OTA halló que 20 de las 500 compañías que entrevistó habían utilizado control o selección genéticos en 1989, en comparación con las 18 que lo habían hecho en 1982. El aumento no es muy grande y no representa un porcentaje apreciable del número total de empresas; aún así, no hay que desestimar las posibilidades. 27 compañías informaron que "no estaban seguras" de si harían o no control cromosómico o selección genética en los siguientes cinco años.

Los oponentes a los exámenes genéticos esperan encontrar un aliado en el acta de Americanos con Discapacidades (ADA -no confundir con la adenosina-desaminasa, la enzima cuya deficiencia causa la inmunodeficiencia severa combinada-) Esta legislación fue transformada en ley por el presidente Bush en 1990, tras años de lucha por parte de las asociaciones de discapacitados. El ADA extiende una clara y abierta prohibición de la "discriminación basada en la discapacidad". Sin embargo, el informe de la OTA dice que "el lenguaje de la ADA no menciona específicamente el control o la selección genéticos". La OTA argumenta, sin embargo, que "la selección genética de condiciones no relacionadas con la ocupación parecería que debe ser prohibida".

Los problemas que nos encontraremos en el futuro, respecto de la discriminación genética en el empleo, pueden resumirse mediante las siguientes conclusiones de la OTA:

"No hay consenso acerca de cómo las cuestiones éticas relacionadas con el control o la selección genéticos en el lugar de trabajo debieran ser decididas, o sobre si los intereses de cualquier grupo particular tienen prioridad sobre los de otros... No está claro cómo los conflictos de interés debieran resolverse y hay poco acuerdo acerca de si la eliminación de riesgos del lugar de trabajo debiera realizarse negando el empleo a individuos genéticamente susceptibles. Por ahora, las cuestiones éticas que rodean el control y la selección genéticos en el lugar de trabajo sólo pueden ser resueltas en base a cada caso individual".

Otra preocupación básica sobre discriminación genética, al menos en los Estados Unidos, donde el sistema de salud está en manos de compañías aseguradoras privadas, es el tema de la discriminación a la hora de contratar un seguro. La tradición y los antecedentes están a favor de las compañías aseguradoras. En la actualidad, y desde hace muchos años, los aseguradores excluyen o recargan montos muy altos a familias o personas afectadas con trastornos preexistentes, tales como la enfermedad de Huntington, el síndrome de Down o la espina bífida. Los aseguradores ya ofrecen montos más bajos a las mujeres, porque viven más que los hombres debido, en buena medida, a sus genes. También cobran menos a los no fumadores. Por último, las compañías aseguradoras han reaccionado a la difusión del virus del S.I.D.A. exigiendo la prueba del VIH en sangre a todos los hombres solteros y negando hipotecas y seguros de vida a aquellos con resultado positivo en la prueba. Una prueba de VIH positiva significa que los individuos han estado expuestos a un virus que, años después, podría causarles una enfermedad mortal. Esto difiere poco, en principio, con el efecto de heredar una enfermedad genética de manifestación tardía.

James Watson, como hemos podido comprobar a lo largo de todo este trabajo, parece haberse convertido en el Moisés que nos guía a nosotros, los esclavos de los genes, por el desierto del PGH hasta la tierra prometida de la Nueva Genética, llevando en la mano las tablas de la ley, que tienen la forma de una doble espiral retorcida. El último mandamiento que nos dio antes de dimitir de su cargo, en 1990, fue la recomendación de legislar para que la discriminación genética sea ilegal: "hay algunas cosas de las que simplemente debemos decir que no se pueden hacer". Dudo que las compañías aseguradoras, que representan su papel de Faraón, estén de acuerdo.

Parecería que el resultado lógico de una genética predictiva altamente avanzada fuese, inexorablemente, el fin del aseguramiento privado, tal como es hoy en día. El tratamiento preferencial para los individuos "de bajo riesgo" y la exclusión de los "de alto riesgo" significará un menor número de participantes, cuotas promedio más elevadas y... la muerte de los seguros de salud tal como los conocemos.

Determinismo y reduccionismo

En el siglo III antes de Cristo, Arquímedes, posiblemente el primer tecnólogo de cuyo nombre se tiene noticia (si exceptuamos al legendario egipcio Imhotep, que posiblemente vivió unos dos mil quinientos años antes e ideó la construcción de pirámides), descubrió la ley fundamental de la estática, o ley de la palanca. Era una de las primeras leyes físicas, expresables en términos matemáticos, conocidas por el hombre (la primera ley física que se expresó en términos matemáticos parece ser que fue la ley de Pitágoras sobre las longitudes de las cuerdas que producían sonidos armónicos, ¡indudablemente era una ley extremadamente compleja, para ser la primera!).

El sabio de Estagira aprovechó su descubrimiento para impresionar al rey Hierón de Siracusa, del cual era pariente y consejero, moviendo él solo, sin esfuerzo aparente, mediante un sistema de palancas y poleas, un pesado mercante de tres palos repleto de carga, que había sido transportado hasta tierra por un nutrido grupo de hombres, no sin gran esfuerzo. Eufórico por la sencillez y potencia de su descubrimiento (de todos es conocida la tendencia de Arquímedes a la euforia, dada su falta de pudor al salir desnudo a la calle gritando "Eureka", tras realizar otro importante descubrimiento), se cuenta que dijo, para la posteridad, su famosa frase: "Dadme un punto de apoyo y moveré el Mundo". Sin duda, pensaba que la Física estaba muy desarrollada por aquel entonces, y en cuanto se descubrieran dos o tres leyes más, se tendría un conocimiento absoluto del funcionamiento del Universo.

Pasaron dos mil años y la física encontró muchas y muy variadas leyes para explicar todo tipo de fenómenos. No todas las leyes físicas eran tan sencillas como la ley de la palanca de Arquímedes; sin embargo, la observación y los desarrollos matemáticos posibilitaron un conocimiento bastante útil del sistema del Mundo. Los mayores avances en la disciplina fueron llevados a cabo por el inglés Isaac Newton, que, prácticamente, inventó toda la física en unos tres años de trabajo, tras los cuáles dedicó su tiempo a ajusticiar falsificadores y malversadores de fondos, como director de la Real Casa de la Moneda.

De cualquier modo, las leyes de Newton parecían bastarse por sí solas para explicar la práctica totalidad de los fenómenos físicos. El ambiente de euforia entre la comunidad científica era general. El marqués Pierre Simon de Laplace, otro físico eminente, fue uno de los máximos exponentes de esta euforia; a finales del siglo XVIII afirmó que, si pudiéramos conocer las condiciones iniciales, podríamos calcular perfectamente todos los estados, pasados, presentes y futuros, del Universo, aplicando sencillamente las leyes de Newton. Nuestro conocimiento del mundo parecía total y absoluto. ¿No parece esta afirmación tan presuntuosa como la de Arquímedes: "Dadme unas condiciones iniciales y os diré el futuro del Universo"?.

Sin embargo, a finales del siglo XIX comenzaron a aparecer fenómenos físicos que no podían ser descritos mediante las leyes de Newton. Los físicos tuvieron que introducir nuevas leyes más complicadas; tanto, que a veces ni ellos mismos las entendían. Surgieron dos grandes teorías, la teoría de la relatividad no era más que un largo rodeo para explicar por qué los cuerpos a altas velocidades no obedecían las leyes de Newton. La teoría cuántica introdujo un concepto desconocido hasta entonces: la incertidumbre: en los niveles más profundos de la materia subyace una indeterminación, una aleatoriedad, que implica que, en la práctica, nunca llegaremos a conocer perfectamente el estado de un sistema: ¡en todos los fenómenos existe algún componente de azar, cuyo resultado depende de la suerte!

En la actualidad, todos los físicos opinan que la euforia de Laplace era desmesurada y ya no están tan seguros de poder llegar algún día a conocer absolutamente el Universo. Incluso la teoría de la relatividad, que no deja de ser determinista, está siendo revisada hoy día, introduciendo el componente de azar del que carece en su formulación actual.

Incluso en las matemáticas, las ciencias exactas por antonomasia, ha aparecido la incertidumbre. El desarrollo de esta ciencia ha sido paralelo al de la física. Durante el siglo XIX se establecieron definitivamente las leyes de la lógica y del álgebra. Parecía que los sistemas formales matemáticos habían alcanzado su esplendor: a partir de unos pocos postulados se podían deducir y demostrar todas las afirmaciones matemáticas posibles, de una forma sencilla. Se habían acabado las controversias sobre las demostraciones de enunciados complicados.

Sin embargo, a comienzos del siglo XX, un lógico llamado Kurt Gödel demostró más allá de toda duda que no podía existir un sistema lógico completo. Con cualquier conjunto de postulados de partida, siempre existirían afirmaciones que no podrían ser ni demostradas ni revocadas en base a dichos postulados. Por tanto, siempre deberíamos aceptar, como acto de fe, determinadas proposiciones matemáticas. El teorema de la incompleción de Gödel, como se conoce a semejante enunciado, trae locos a los matemáticos desde entonces. Los matemáticos ya no están seguros de nada y han aparecido corrientes, como la lógica difusa que tratan las matemáticas de una forma más empírica y semialeatoria que nunca.

Parece ser la tónica general en todas las ciencias. Una vez que se van desarrollando, vamos conociendo más y más leyes sencillas que permiten explicar los fenómenos observados. Inevitablemente, tendemos a la euforia y a la soberbia: pensamos que lo conocemos todo y que podemos deducir el comportamiento real de las cosas a partir de un conjunto pequeño de leyes simples. Llegamos entonces al reduccionismo y al determinismo: yo tengo diez o doce leyes fundamentales (una visión reducida del Mundo en toda su complejidad); a partir de estas pocas leyes, yo puedo determinar perfectamente como va a evolucionar un sistema real (no me cabe ninguna duda de lo que va a pasar); yo soy omnisciente y casi omnipotente.

Casi inevitablemente, el progreso de una ciencia, tras la etapa de euforia omnisciente, conlleva descubrimientos que imponen límites al conocimiento, que hacen que los sabios que profesan dicha ciencia se vean inmersos en un mar de dudas razonables que, de un modo u otro, les bajan los humos. También, los mismos conocimientos permiten avances casi inimaginables hasta entonces, una vez vencido el paradigma determinista, la nueva generación de científicos liberados puede evolucionar hasta descubrir la fusión nuclear, los agujeros negros, la teoría del caos, la lógica de redes neuronales o la microelectrónica.

La biología es la ciencia de moda. En la segunda mitad del siglo XX ha evolucionado más deprisa y más espectacularmente que ninguna otra rama del conocimiento. De la simple observación y clasificación de los fenómenos biológicos hemos pasado a una comprensión a nivel molecular de las leyes que gobiernan los organismos vivos, inaugurándose la nueva etapa de la "biología molecular". Tenemos diez o doce leyes que parecen explicar todos los fenómenos que regulan nuestros cuerpos y el de todos los seres vivos del Planeta (aún no conocemos ningún ser vivo de otro planeta). Sabemos que la información genética se almacena en los ácidos nucleicos y se ejecuta en forma de proteínas. Conocemos la forma en que algunos de los genes se regulan y se expresan (el primer ejemplo de regulación génica conocida fue el descubrimiento del operón de la lactosa por Jacques Monod y sus colaboradores; basta leer su libro de divulgación: "El azar y la necesidad" para darse cuenta de la euforia que embargó al premio Nobel francés). En fin, parece que estamos llegando a una comprensión del funcionamiento de la vida, al menos tan buena como la que establecen las leyes de Newton para el funcionamiento de la materia o la ley de la palanca para el funcionamiento de los objetos estáticos.

¿Acaso no estamos los biólogos en la etapa de Laplace, o quizás en la etapa de Arquímedes? (ambas etapas no presentan apenas diferencias entre sí, salvo unos cuantos años de por medio). No me cabe la menor duda de que aún falta el Gödel que imponga límites a la Biología y el Heisenberg que nos enseñe que no todo el monte es orégano biológico y que algunos de los fenómenos de la vida poseen una incertidumbre intrínseca a niveles profundos, que nunca podremos superar.

Tampoco me cabe la menor duda de que, alrededor del año 2005, fecha en que está prevista la terminación de la secuenciación completa del genoma humano, hecho que culminará un proyecto que va a durar dos décadas, aparecerán declaraciones de algún biólogo que suenen algo así como: "Ya hemos terminado: dadme el genoma de un individuo y os diré todo sobre éste".

Creemos aún en el determinismo biológico. Somos víctimas de nuestros propios conocimientos y de una visión reduccionista de las cosas. Aunque algunos científicos poseen más sentido común que otros, la mayoría de ellos, así como la práctica totalidad de la "gente de la calle", al ser interrogados reconocerán sin duda alguna que "los genes determinan nuestra biología y nuestro comportamiento". Algunos reconocerán que "el ambiente también tiene algo que ver, pero en mucha menor medida que los genes". Los genes son lo principal, "conociendo los genes, tendremos un conocimiento absoluto del Hombre".

Esta afirmación es la principal justificación epistemológica del Proyecto Genoma Humano. Se basa en la falsa esperanza del determinismo genético. Yo soy de la opinión de que, aunque conozcamos los genes humanos, aún distaremos mucho de conocer la esencia del hombre; ésta es, por decirlo de algún modo, "no computable".

También el determinismo genético es el culpable de gran número de los problemas éticos y legales que pueden aparecer como consecuencias del Proyecto Genoma. La repetida casuística sobre compañías de seguros que se niegan a asegurar a portadores de posibles genes defectuosos se entiende, en gran medida, si dejamos a los genes la mayor parte de la responsabilidad en el proceso de formación del hombre.

Qué duda cabe de que existen algunos genes que, hasta ahora, se han mostrado completamente deterministas. Estamos acostumbrados a que nos digan que si uno porta el gen de la hemofilia, inevitablemente padecerá esta enfermedad, o que si somos homocigotos para el gen defectuoso de la hemoglobina, padeceremos anemia falcifome. El problema es que tendemos a una visión reduccionista y simplificadora; no entendemos que portar uno de los genes que pueden provocar cáncer no significa necesariamente que padeceremos esta cruel enfermedad. No se nos ha enseñado que existe un amplio abanico de posibilidades y un gran espectro de virulencia en la mayoría de las enfermedades poligénicas y que, posiblemente, el ambiente y las condiciones de vida, incluso quizás los aspectos psicológicos, pueden influir en el desarrolllo de la enfermedad. Corremos el riesgo de que, si nos dicen que tenemos ciertas posibilidades de padecer un cáncer de hígado a los cuarenta, acabemos suicidándonos a los treinta y nueve.

Adelantémonos a nuestro tiempo y aprendamos a no ser reduccionistas. Sólo así podremos superar los problemas en los que nos veremos inmersos a causa del Proyecto Genoma Humano. Aprendamos a no discriminar a nadie por sus genes y tengamos la humildad de reconocer que los genes no son todo en la vida y que tenemos posibilidades de vivir felizmente, a pesar de que nos hayan detectado un gen que nos confiera propensión a la calvicie o a la miopía.

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Colección: Derecho, Economía y Sociedad

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Última modificación: 09 de Marzo de 2007

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