“Si un pueblo no tiene una
punta de sabios que investiguen sobre teoremas
estrambóticos y conductas
celulares básicas acaba teniendo en la otra deudas monstruosas, obreros sin
trabajo, miseria e hijos exiliados”
Marcelino Cereijido. La nuca de Houssay.
“… los vicios de los individuos
son un beneficio para la sociedad,
y el egoísmo de cada uno condiciona la prosperidad de todos.”
Bernard de Mandeville. Fábula
de las abejas.
por Teodora Zamudio
e ha afirmado que la
ciencia -en tanto forma exclusiva, y por cierto excluyente, de conocer la
realidad, de alcanzar la verdad de las cosas, garantizada por una lógica
interna- y el derecho -como trascripción de la situación social más razonable
y por ello más justa-, no han tenido, históricamente, vinculación alguna[1].
Sin embargo la actividad científica ha inspirado y ha canalizado posiciones
filosóficas y, bajo reglas epistemológicas propias, ha delineado las
estructuras sociales y políticas para la expresión del hombre.
La ciencia y el derecho
fueron elaborando[2]
las estructuras económicas, políticas y culturales, con el estímulo, la
tolerancia o el rechazo de su entorno natural y social.
La imagen general social
que, hoy, la biogenética evoca y lleva en sí -no sus consecuencias efectivas
ni sus desarrollos- crea una variedad de formas imaginarias y naturales que
determinan un complejo y ambivalente estereotipo, en este caso, de la
manipulación de los genes, la que es vista como el peligro de la
transformación del hombre, tal y como se lo conoce hoy. Se alienta un piélago
agitado de opiniones y se aspira a poner un freno (¿legal?) a la
investigación y al desarrollo tecnológico ante la posibilidad de que tales
conocimientos puedan ser utilizados con fines antidemocráticos, lo menos. No
es necesario pensar que la naturaleza humana es angelical o demoníaca para
darse cuenta de que el peligro que entraña el conocimiento es insignificante
comparado con el que entraña la ignorancia[3].
En realidad, las nuevas biotecnologías plantean el incentivo vital para
encontrar, preservar, examinar, discutir, comprender y utilizar viejas y
nuevas formas de vida. Pero, a su vez posibilitan y obligan, antes que todo, a
que el hombre y la sociedad[4]
tomen la decisión de desperdiciar o
nurturizar las reservas genéticas del
planeta y definan los alcances y significados de esas acciones.
Frente a este desafío es en el que el derecho cumple su función social[5]
considerando que la ciencia y la tecnología tienen una política subyacente
construida a partir de intereses y valores propios. Erigiéndose como ratio
reguladora, la norma jurídica tiene necesariamente que hacer explícito
lo
que en aquellos está implícito, a saber: la dimensión política de la actividad tecno-científica.
La historia de las ideas
no ha sido lenta, antes bien dinámica ilustradora. Por ello, una breve
síntesis servirá de introducción a la fundamentación de la tesis que se
sustentará en este trabajo.

El siglo XVII es conocido
como el de la "Revolución científica".[6]
Cuánto de este movimiento había venido siendo preparado por los siglos
anteriores es aún materia de controversia, pero fue entonces cuando una
reestructuración global de la imagen del mundo y del hombre tuvo lugar y gran
parte del pensamiento del mundo moderno fue conmovido.
Durante la segunda mitad
del siglo XVI, la astronomía aristotélica y ptolomeica había sido puesta en
cuestión y los sistemas de Tycho Brahe (1546-1601) y Copérnico eran discutidos
como alternativas. La revolución consistiría justamente en forjar una nueva
física adecuada al sistema copernicano que unificara los cielos y la Tierra:
esa tarea puede epitomizarse en los nombre se Galileo Galilei[7]
(1564-1642), Johann Kepler[8]
(1571-1630) e Isaac Newton[9]
(1642-1727).
La filosofía
característica de la revolución científica quedó fundamentalmente asociada al
mecanismo o "filosofía mecánica", la que fue una de las constantes de la
explicación científica del mundo a la que aspiraba el siglo XVII y también
hizo mella en las ciencias de la vida. René Descartes[10]
(1596-1650) se ha convertido en el símbolo de esa tradición.
La
física cartesiana aceptaba al existencia de dos principios: materia (a la
cual identificaba con la extensión espacial) y movimiento; a partir de los
ellos debían deducirse todos los fenómenos del mundo físico. Descartes
buscaba reducir las llamadas cualidades "secundarias" de los cuerpos (esto
es, cualidades perceptibles por un solo sentido, como color, sabor, etc.) a
las cualidades "primarias" (aquellas perceptibles por varios sentidos y que
dependen de la extensión: figura, movimiento). En otros términos se trata
aquí de la reducción de lo cualitativo a lo cuantitativo comenzada con
Galileo y que sería una de las constantes de la filosofía del siglo XVII,
opuesta a la filosofía aristotélica que defendía la irreductibilidad de lo
cualitativo.
Descartes desarrolló una
muy influyente filosofía del cuerpo humano. Consideraba que el hombre estaba
constituido por dos sustancias: una inextensa (la mente) y otra extensa (el
cuerpo). La sustancia externa podía ser descripta en términos de mecánica.
De este modo, el hombre cartesiano era un autómata animado por la mente, la
cual se localizaría en la glándula pineal, una estructura del cerebro[11].
Pero el siglo XVII
también asistió a una transformación profunda en la organización de la ciencia
como actividad. Es en ese momento cuando la ciencia se constituyó como
filosofía natural y comenzó a separase de la filosofía. Las universidades,
atrincheradas en la defensa de un aristotelismo conservador, pronto se
agotaron como centros creadores. Los hombres que llevaron a cabo la
revolución científica eran miembros de la clase media o de la baja nobleza que
se agrupaban en sociedades interesadas en las nuevas ideas[12].
Son
íntimas las relaciones entre el surgimiento de la nueva ciencia y los
conflictos religiosos que asolaron la Europa del siglo XVII, su extrema
complejidad -que los expositores partidistas o los defensores de ideologías
eligen ignorar- permiten señalar solamente algunas de las direcciones en las
que desarrollan las investigaciones actuales:
|
|
la
tesis según la cual el nacimiento de la Royal Society, en particular, y de
la ciencia inglesa en general estuvo vinculada a la mentalidad puritana,
|
|
el
hecho constatado por el movimiento de historia de las ideas de que la
totalidad de los actores principales de la revolución científica estaban
guiados en sus formulaciones científicas por sus convicciones religiosas,
y muchas veces por propósitos francamente apologéticos ,y
|
|
los
resultados de la investigación histórica especializada de las últimas
décadas que desarticularon la "leyenda negra" de la condenación de Galileo |
Ciertos filósofos
ingleses desarrollaron concepciones políticas vinculadas a concepciones
relativas a la filosofía de la naturaleza, la antropología filosófica, la
psicología y la teoría del conocimiento que alimentarían la constitución de
diferentes ciencias sociales y humanas durante el siglo venidero.
Éste es
el caso de John Locke (1632-1704), autor del Ensayo sobre el entendimiento
humano y los Dos tratados sobre el gobierno (1690), texto fundamental en la
teoría del gobierno representativo, y de Thomas Hobbes (1588-1679), autor de
Leviatán (1651), quien, fundado en una filosofía mecanicista y materialista
postulaba la legitimación del estado absolutista. Asimismo, Hugo Grotius[13]
(1583-1645) y Samuel Pufendorf[14]
(1632-1694) produjeron tratados fundamentales respecto de la idea de derecho
natural, invocando la utilidad general, los derechos del individuo y el
estado de naturaleza. Los benedictinos de la congregación San Mauro, como
Jean Mabillon (1632-1707) y los jesuitas belgas conocidos como bollandistas
(organizados alrededor de Jean Bolland) establecieron por primera vez el
enfoque crítico-documental en la edición de obras históricas (hagiográficas
y de historia eclesiástica), editándose asimismo importantes instrumentos
filológicos como el Glosario del latín medieval de Du Cange (1678) o la
Paleografía griega de Montfauçon (1708).

Durante el siglo XVIII,
la ciencia se orientó hacia el ambicioso intento de cumplir con el programa de
la Revolución científica, de tal modo que estas décadas pueden considerarse
como una prolongación y afirmación del período precedente[15].
Más aún, la ciencia fue el principio organizador del pensamiento de la
Ilustración, corriente que, en mayor o menor medida, se extendió por toda
Europa y que aspiraba a sistematizar y establecer una visión científica del
mundo que permitiera reformar la sociedad de acuerdo a principios racionales.
Si en el siglo XIII "razón" significaba razonar de acuerdo con la lógica
aristotélica recién recuperada, en el siglo XVIII y en su uso científico,
"razón" significaría razonamiento matemático. La noción de razón fue, durante
el Iluminismo, equiparada con la "ley natural" -ley que, claro, podría llegar
a expresarse matemáticamente-[16].
El otro concepto que
determinó gran parte de las ideas científicas de esta época fue el de
"progreso", entendido como una progresiva iluminación de la humanidad por las
luces de la razón que despejaban las tinieblas de la tradición, la
superstición y la ignorancia. Esta matriz conceptual estaba inextricablemente
ligada con los cambios histórico-sociales del período.
Se suele
afirmar que la revolución científica del siglo XVII no afectó a la química,
la que tuvo su "revolución" un siglo más tarde. En efecto, la filosofía
mecánica del siglo XVII no estaba aún en condiciones de explicar los
procesos químicos y la química adquiriría un perfil reconocible recién con
los métodos de cuantificación de Antoine Lavoisier (1743-1794) y la
declinación de la teoría aristotélica de los cuatro elementos -la cual
estuvo vigente hasta fines del siglo XVIII-. En este sentido, debe
señalarse que la química no fue una "transformación científica" de la
alquimia, sino que lo que se creó en el siglo XVIII fue una nueva
disciplina. Uno de los factores claves en la constitución de la química fue
el hallazgo de que el aire no es un "elemento" en el sentido aristotélico,
sino una mezcla de gases, siendo el gas un estado físico particular de la
materia.[17]
En el siglo XVIII los
seres vivos eran estudiados desde dos puntos de vista:
|
|
Uno de ellos apuntaba
a cuestiones vinculadas a su funcionamiento, generación y desarrollo y
formaba parte más bien de la filosofía natural, preocupada por hallar
explicaciones causales de los fenómenos, Bacon la asociaba a la "razón".
|
|
El otro enfoque, más
descriptivo, se preocupaba por asuntos como la clasificación y la
morfología. Esto daría origen a la tradición de la historia natural,
asociada por Bacon a la "memoria". |
El estudio de las
funciones animales durante el siglo XVIII evolucionó lentamente hacia un
fenomenalismo experimentalista (el cual posibilitaría el surgimiento de la
biología como ciencia independiente durante el siglo XIX) abandonando, no sin
problemas y sólo en parte, el ideal de encontrar explicaciones mecánicas a los
fenómenos de la vida dentro del marco de la "filosofía mecánica".
La fisiología
experimental se desarrolló a partir de 1740, en coincidencia con el
surgimiento de la doctrina de los "fluidos sutiles". Fueron importantes,
asimismo, las relaciones establecidas entre la fisiología y la química, que se
manifestaron fructíferas en distintos campos, v.gr., en la investigación de
los fenómenos de la fotosíntesis[18],
la elucidación de los procesos químicos y el estudio de las secreciones de la
digestión comenzado en el siglo precedente[19].
También en fisiología,
como entre los distintos sistemas físico-cosmológicos del siglo XVIII, había
varios sistemas en conflicto -que asumían como marco referencial uno o más de
los sistemas físicos- aunque aquí las fronteras aparecían difusas y la
identificación más complicada. Simplificando, se puede asumir la existencia de
los vitalismos y los mecanismos, prolongación de la "filosofía química" y de
la "filosofía mecánica" del siglo XVII respectivamente, y afirmar que, al
menos en Francia, tanto el vitalismo como el mecanismo fueron volcándose
durante el siglo XVIII hacia una interpretación materialista.[20]
Es
tradicional referirse a los vitalismos del siglo XVIII, los cuales forman
una compleja trama. En las primeras décadas del siglo, George Stahl,
continuador de la tradición de la "filosofía química" -que se mantuvo viva
en el ámbito germánico- y responsable de la teoría del "flogisto"
[21],
defendía la existencia de un anima sensitiva, responsable de la vida de los
organismos. El vitalismo del Stahl ejerció influencia en el desarrollo del
vitalismo de la escuela médica de Montpellier, aunque el "vitalismo de
Montpellier" -que se prolongó hasta las primeras décadas del siglo XIX-
tenía un carácter bien diferente. Era, en cierto sentido, un vitalismo
materialista, que consideraba a la materia viva dotada de ciertas "fuerzas
vitales" características.
En
cuanto a los sistemas mecanicistas, la cuestión era muy matizada. El
influyente médico y fisiólogo Friedrich Hoffmann (1660-1742) desarrolló una
visión mecánica de la fisiología, pero aún consideraba la existencia de una
"fuerza organizadora" propia de los seres vivos.
La tradición de la
historia natural, que se constituyó como tal en el siglo XVIII, aspiraba a una
descripción no causal de los tres reinos de la naturaleza. Sus antecedentes
pueden rastrearse en las enciclopedias renacentistas y en la propuesta
baconiana de las "historias naturales" -colección de observaciones empíricas
sobre fenómenos de la naturaleza que servirían de base para la formulación de
leyes-. Su ascenso coincidió con el progresivo descubrimiento del planeta y la
necesidad de ordenar y dar cuenta de los hallazgos geológicos, botánicos,
zoológicos en las nuevas tierras. Es también el siglo XVIII el que asistirá a
la separación de la botánica de la medicina, a la que siempre estuvo
íntimamente vinculada, profesional e institucionalmente. Carl Linnaeus
(1707-1778) y Buffon fueron los dos polos de una notable controversia que
dividió a los naturalistas. El problema que los enfrentó fue el de la
clasificación de los seres vivos. Es evidente que la cuestión de la
clasificación debía asumir un papel preponderante en la era de la razón.
Buffon[22]
fue uno de los principales exponentes de una idea que tendría una gran
influencia en biología: la de que los seres vivos forman una cadena de
complejidad continua, sin "saltos": la gran cadena del ser. Esta idea que
se remontaba a Platón y fuera formulada en categorías metafísicas por
Leibniz, tenía, para Buffon, al hombre en la cúspide y los demás eran
considerados una degeneración de los estadios superiores: el reverso de la
idea de evolución.
El que
interpretó la noción de la gran cadena del ser en términos evolucionistas
fue Jean Baptiste Lamark (1744-1829). Las especies, para este naturista,
habían surgido debido a una transformación (de allí el nombre que el
evolucionismo adquirió en Francia) debida a la existencia de una fuerza
vital interior en los organismos (concebida en términos materialistas) que
los impulsaría a perfeccionarse. El uso y desuso de órganos, posibilitado y
limitado por las condiciones ambientales, serían la causa de sus
modificaciones, las cuales serían en adelante hereditarias.
A pesar de que durante el
siglo XVIII comenzó a definirse el perfil propio de la distancia disciplinar
de la ciencia natural, la actividad que hoy se denominaría científica se
consideraba aún como "filosofía natural", o sea, una rama de la filosofía. Lo
que sí es evidente es el decidido surgimiento de las ciencias "sociales" (como
ciencias morales), las cuales terminarían de constituirse definitivamente
durante el siguiente siglo.
Podría afirmarse,
asimismo, que las ciencias humanas y sociales comenzaron a definirse como
tales durante el siglo XVIII, con el nombre de "ciencias morales". Era
pretensión de los iluministas el fundar una ciencia objetiva del hombre y la
sociedad, sobre la base de las leyes de la naturaleza humana[23],
que permitiera racionalizar las instituciones sociales. Esta ciencia debía
ser objetiva y modelarse de acuerdo al método empírico y cuantitativo de las
ciencias naturales.
Ejemplo
de esto es el desarrollo de las doctrinas económicas: los fisiócratas en
Francia, como François Quesnay (1694-1774), imaginaron -e intentaron poner
en práctica con Anne Robert J. Turgot (1721-1781), director general de
finanzas al servicio de Luis XVI- una ciencia de la actividad económica que
estuviera de acuerdo con las leyes de la naturaleza. En Inglaterra, Adam
Smith (1723-1790), en Investigación sobre la naturaleza y causas de la
riqueza de las naciones (1776), formularía más tarde la conocida doctrina
que fundamentó el liberalismo económico y que descansaba sobre los conceptos
de autonomía y autorregulación del mercado, acuñados a la sobra de la idea
de que la razonabilidad de las leyes naturales es extensiva a las de la
sociedad. Varias tendencias contribuyeron a la constitución de esta idea de
una ciencia de la sociedad. En primer lugar, el surgimiento de las ciencias
sociales está indisolublemente ligado a la ruptura del Antiguo Régimen y las
dos revoluciones del siglo XVIII: la francesa, que difundió los ideales de
la democracia política y la Revolución Industrial, que instauró el
capitalismo y desencadenó los procesos de cambio tecnológico acelerado. Por
otro lado, la Ilustración había difundido varias nuevas corrientes de
pensamiento, vinculadas con el espectro de la diversidad de la experiencia
humana y el interés por las sociedades "salvajes" o exóticas -conocidas a
través de los viajes de exploración del siglo XVIII que prácticamente
terminaron de revelar el globo- y con la idea de que el comportamiento tiene
un fuerte carácter cultural (convencionalismo), expresada por ejemplo, en
obras como las Cartas persas de Montesquieu (1689-1755). Esta idea también
se dio bajo la forma de ambientalismo en la que quizá fue una de las obras
más influyentes de la Ilustración, El espíritu de las leyes[24]
de Montesquieu (1748). La obra de Montesquieu no es sólo una historia
natural de las sociedades, sino, un fundamental tratado de teoría política
que se funda en el modelo inglés a la hora de explayarse sobre la división
de poderes. El Contrato social de Jean Jacques Rousseau (1712-1778) daba
forma a la idea de que la sociedad es más importante que sus miembros
individuales y que los individuos son libres en tanto y en cuanto obedecen
la ley dictada por la voluntad general.
Uno de los aspectos
característicos de las ciencias morales del siglo XVIII fue el intento de
aplicar las matemáticas a las cuestiones sociales -aunque no sin
controversias- y, especialmente, una parte de las matemáticas, la teoría de la
probabilidad que había comenzado a desarrollarse en el siglo XVII con Pascal[25].
Finalmente Diderot, también Buffon comenzaron a alejarse de las matemáticas
como clave de interpretación de la realidad; pero fue Rousseau, como preludio
del romanticismo, la figura más característica en el sentido de un
cuestionamiento radical de los beneficios de la ciencia y de la posibilidad de
su aplicación al mejoramiento de la sociedad.

En el siglo XIX, el gran
avance de la química fue el establecimiento definitivo de la teoría atómica de
la materia, formulada por John Dalton (1766-1844) a principios del siglo en su
Nuevo sistema de filosofía química (1808-1827). Según la misma, los elementos
químicos estaban constituidos por átomos iguales cuya constitución variaba en
los distintos elementos en cuanto al tamaño, peso y número por unidad de
volumen. Simultáneamente, se consolidaron las leyes que describían
cuantitativamente la combinación de los elementos que entran en un compuesto
-la ley de las proporciones definidas[26]
y la ley de las proporciones equivalentes.
En 1800, la palabra
"biología" fue finalmente utilizada. Durante el siglo XIX la nueva ciencia se
iría identificando cada vez más con la fisiología a la vez que se separaría de
la tradición de la historia natural. La biología, fuertemente marcada aún por
los mecanismos y vitalismos hasta las postrimerías del siglo, se estableció
definitivamente como ciencia experimental, a comienzos del siglo XX y pasó de
preocuparse por definir "la esencia de la vida" a investigar fenómenos
biológicos. Cuatro son los temas principales alrededor de los cuales se puede
agrupar la biología decimonónica:
|
|
forma y
clasificación, la biología de los primeros decenios del siglo -de
hecho gran parte de la actividad científica se desarrolló en Alemania e
Inglaterra- estuvo signada por la filosofía de la naturaleza (Naturphilosophie)
alemana, una vertiente del pensamiento romántico. La "ciencia romántica"
poseía otra característica distintiva: buscaba ser una ciencia de
cualidades en contraposición a la ciencia cuantitativa[27],
que al ser analítica destruiría la unidad esencial de su objeto de
estudio.
La
embriología del siglo XIX fue básicamente descriptiva y comparativa. Sus
resultados proporcionaron nuevos argumentos para el programa epigenético
-impulsado por Caspar Wolff durante el siglo XVIII- a través de los trabajos
de Heinrich Pander (1794-1865) y, en especial, de Karl E. von Baer
(1792-1876). La embriología alemana sería una de las áreas en la cual la
Naturphilosophie haría sentir más su influencia. Von Baer, por ejemplo,
estableció una clasificación de los animales fundamentada, cada uno moldeado
sobre un "arquetipo".[28]
|
evolución, la teoría
de la evolución de Charles Darwin (1809-1882) es quizá la revolución
biológica que más ha influido en la historia del pensamiento.
Antes de
considerarla se debe aludir a dos importantes antecedentes.
El
debate geológico a fines del siglo XVIII estaba planteado en términos de la
polémica entre neptunistas -catastrofistas versus vulcanistas-
uniformitarios. La teoría uniformitaria de Hutton fue expandida y relanzada
por Charles Lyell (1708-1895) en sus Principios de la geología (1830-1833) -Lyell
era combatido duramente por los geólogos agrupados en la British Geological
Society, todos ellos catastrofistas-.[29]
También
es un antecedente importante del trabajo de Darwin la publicación del libro
de Robert Malthus, Ensayo sobre el principio de población (1798), donde se
postulaba que los recursos del planeta eran menores que los que iría
necesitando la creciente población.
Darwin[30] reunió sus investigaciones
en El origen de las especies (1858) y postuló que las especies evolucionaban a
través del mecanismo de la selección natural.
Su teoría involucra varias ideas:
a)
el hecho de que los recursos vitales son menores que los necesarios para
sostener la creciente población de las especies -idea malthusiana-, lo que
lleva a una lucha por la existencia;
b) la
suposición de la existencia de variaciones hereditarias;
c)
la noción de adaptación, que consiste en que los organismos mejor adecuados
a su medio poseen mayor probabilidad de dejar descendencia.
La selección natural consiste en que aquellos
organismos que nacieron con variaciones favorables en el sentido de la
adaptación tienden a procrearse en mayor cantidad, generándose una nueva
especie, con barreras que impiden la cruza con la especie original.[31]
Sobre la
base de las ideas de Darwin fue posible comenzar a diseñar un árbol
genealógico que diera cuenta de la filogenia, es decir, del origen de una
especie a partir de otra[32]. Su influencia fue enorme,
no sólo en campos como la biología y la geología, sino también en las ciencias
sociales dando origen en particular al darwinismo social: la idea de que
aquella es una prolongación de la naturaleza y que operan en ella los mismos
mecanismos que en ésta, lo cual se adecuaba al ethos victoriano del
individualismo y la competencia en el contexto de la revolución industrial, la
expansión del imperialismo nacionalista de Inglaterra y Prusia y la economía
del laissez-faire. Debe señalarse que también hubo un darwinismo social
progresista, vinculado a los movimientos, en Inglaterra[33], de reforma y mejoramiento
social.
|
|
función,
bioquímica y teoría microbiana; las cuestiones vinculadas a la
función del organismo reconocen algunos antecedentes en el siglo XVIII en
el marco de una fisiología mecanicista. Así, la importante postulación de
Lavoisier y Laplace de que la combustión animal es equivalente a la
inorgánica. Durante el siglo XIX se fueron aclarando los procesos de
combustión celular y respiración, aun a nivel celular. La figura que
concentró la actividad en este campo fue la de Justus von Liebig
(1803-1873), quien vinculó íntimamente la química y la fisiología y en su
influyente Química animal (1842) relacionó definitivamente las funciones
orgánicas con sustancias químicas -además de efectuar importantes
contribuciones respecto de las aplicaciones de la química a la agricultura |
| herencia, en cuanto al problema de la herencia,
la teoría vigente era la de la "mezcla", es decir, el hecho de que los
caracteres hereditarios eran un resultado de la combinación de los padres[34].
|
La teoría de la herencia
de Gregor Mendel (1822-1884), aunque publicada en 1866, recién fue difundida
ampliamente alrededor de 1900. La misma dio solución a las controversias
acerca de la transmisión de los caracteres hereditarios y se constituiría en
uno de los pilares del pensamiento biológico moderno. Mendel postuló que la
herencia se transmitía de modo discontinuo e hipotetizó la existencia de
unidades (a las que llamó elemente), cada una responsable de transmitir un
carácter hereditario.
La
primera ley de Mendel afirma que cada carácter está codificado por un solo
elemente, del cual existían formas "dominantes" y "recesivas", responsables
de transmitir distintas formas del mismo carácter. La segunda ley afirmaba
que los genes que controlaban los diversos caracteres se segregaban de modo
independiente cuando se trasmitían a la progenie. Estas leyes permitieron
explicar muchos -aunque no todos- de los fenómenos de transmisión
hereditaria. Quedaba por resolver, sin embargo, una importante cuestión:
¿qué era un elemente?, problema alrededor del cual se concentrarían los
mejores esfuerzos de la biología de la primera mitad del siglo XX.
La fisiología general del
siglo XIX tuvo dos centros principales de desarrollo. La escuela de los
materialistas de Berlín, que floreció a mediados de siglo, con nombres como
Emil DuBois-Reymond (1818-1896), Ernst Brüke (1819-1896), Hemlholtz y, en
particular, Carl Ludwig, quienes intentaron reducir la fisiología a la
física; y la escuela francesa de Claude Bernard (1813-1878), que encaminó
esta ciencia hacia el método experimental en un sentido fenomenalista.
Las investigaciones sobre
química animal contribuyeron a que, hacia fines del siglo XIX se fuera
definiendo, principalmente por obra de Louis Pasteur[35]
(1822-1895), una nueva disciplina, la bioquímica, que se desarrollaría
rápidamente entre 1880 y 1900[36].
Una de las cuestiones que contribuyeron a definir el perfil de esta
especialidad fue la controversia acerca de los fermentos.
Pasteur
sostenía que para que ocurriera fermentación era imprescindible la presencia
de un organismo vivo, en contra de Liebig y Berzelius, quienes sostenían la
posibilidad de la fermentación abiótica (sin vida). La controversia quedó
zanjada con la demostración por Edward Buchner (1860-1917) en 1897 de la
fermentación libre de células. La síntesis de la urea por Wohler reavivó
asimismo el debate en torno de la existencia de "fuerzas vitales", fuerzas
características de los organismos vivos.[37]
Este asunto tuvo relación con la polémica sobre el origen de la vida,
entablada entre Pasteur y Felix Pouchet (1800-1872), que concluyó con la
demostración de la imposibilidad de la abiogénesis (generación de la vida de
materia inorgánica) a través de los clásicos experimentos de Pasteur.
El nacimiento de la
bioquímica estuvo íntimamente vinculado a los grandes encuentros entre
posiciones "vitalistas" y "materialistas", en los que resonaban problemas
ideológicos y religiosos.
Durante el siglo XIX las
ciencias humanas y sociales se constituyeron como tales: la psicología, la
sociología y la antropología derivadas de la filosofía moral y las
especulaciones sociopolíticas de los siglos XVII y XVIII, hacen su aparición
como disciplinas definidas en este período.
El
desarrollo en psicología más influyente fue el psicoanálisis, creado por
Sigmund Freud (1856-1938). Originalmente una técnica de tratamiento de la
neurosis, a través de la exploración de los fenómenos inconscientes elaboró
una teoría de la psiquis fundada en la sexualidad (forjada en términos de la
física energetista finisecular, aunque luego haya evolucionado hacia
modalidades hermenéuticas) y fue transformándose en una clave interpretativa
de la cultura humana que dejó profunda huella en el desarrollo de las
ciencias sociales.
Las dos revoluciones del
siglo XVIII determinaron una serie de profundas transformaciones de la
sociedad: el aumento de la población, el empeoramiento de las condiciones
laborales, la creciente concentración de la propiedad, la urbanización, el
desarrollo de la tecnología durante el siglo XIX (que algunos denominan "la
segunda revolución industrial"), el desarrollo de las masas políticas, el
surgimiento de las ideologías. Es en este marco de cambios convulsivos que se
recortaron como tales las disciplinas sociales. Si bien la idea de una
ciencia de la sociedad surgió en el siglo XVIII bajo el signo de un proyecto
unificador, éste fue progresivamente cediendo a fuerzas centrífugas y dando
paso a un proceso de atomización de las disciplinas, que se inició durante el
siglo XIX y se acentuó en el XX. Dos son los temas que recorren como columnas
vertebrales la estructuración conceptual de las distintas disciplinas
sociales: el positivismo y el evolucionismo[38].
La
sociología vio su nacimiento con Auguste Comte (1798-1857), el creador del
"positivismo" quien, en su Curso de filosofía positiva (1830-1842), planteó
una visión de la historia de la humanidad en la que ésta progresaba a través
de varias etapas: el estadio teológico, el metafísico y, finalmente, el
positivo que era la culminación del proceso y se habría alcanzado cuando el
pensamiento pudo liberarse de los obstáculos religiosos y metafísicos y
contemplar el hombre el universo "positivamente"[39].
La sociología nació así como ciencia independiente dentro de una matriz
evolucionista e indisolublemente vinculada a la idea de progreso. Pero debe
destacarse que Comte no buscó basar la sociología sobre la física y que su
concepción de la sociedad fue más bien de tipo orgánico.
En
Inglaterra, Herbert Spencer (1820-1903) también incluyó a la sociología en
su clasificación de las ciencias. La filosofía de Spencer era una versión
del evolucionismo, aunque previa a la formulación de la teoría de la
evolución de Darwin y diferenciada de ésta. La diferencia fundamental con
Comte era que este último concebía una escala de progreso lineal y
consideraba, como dijimos, a al sociología como una ciencia autónoma
respecto de la biología. Spencer, por su lado, concebía una evolución
diversificadora y consideraba a la sociología como dependiendo en última
instancia de la biología.
El
próximo paso fue dado por Émile Durkheim (1858-1917), quien combatió el
optimismo progresista de Comte y el individualismo de Spencer y definió la
irreductibilidad del hecho social. Para Durkheim, la explicación histórica
no era válida, pues no existiría una sucesión histórica de etapas sociales[40].
La economía se formalizó
como una reelaboración de los postulados de Smith, en la economía clásica de
David Ricardo (1772-1823) frente a los cuales creció el “marxismo” -en
términos de una crítica a la economía política liberal e interpretable en el
contexto de los grandes movimientos revolucionarios y el pensamiento
socialista utópico[41]-
fundado en la obra de Karl Marx (1818-1883) Der Kapital y Friederich Engels
(1820-1895).
La tesis
del materialismo dialéctico y el materialismo histórico, que interpretan la
dialéctica hegeliana en términos materialistas, son bien conocidas: el motor
de la historia, entendida como una permanente lucha de clases, es el
desarrollo dialéctico de las formas de transformación de la naturaleza y el
intercambio económico; los productos culturales de una sociedad son
entendidos como epifenómenos de las relaciones de producción, su base
material.

Ya a principios del siglo
XX, la famosa distinción de Ferdinand Tönnies entre "comunidad" y "sociedad"
(explicativa del paso de la Edad Media a la sociedad de la revolución
industrial) tendría influencia en autores como Georg Simmel (1858-1918), Ernst
Troeltsch (1865-1923) y Max Weber[42]
(1864-1920) quienes marcarían el tono de gran parte de la sociología del siglo
XX.
Sin duda que el siglo que
pasó ha sido de gran riqueza en avances científicos y en promesas que, como se
viene exponiendo tienen su recepción y consecuencia en el hombre y sus
estructuras sociales.
Las dos
grandes teorías físicas que surgieron con el nacimiento del siglo XX (la
relatividad y la cuántica) tuvieron un impacto tal que trajeron como
consecuencia la reformulación de la imagen del universo físico que había
construido la síntesis newtoniana.
La
teoría de la relatividad especial (1905) y la de la relatividad general
(1909-1916) llevaron a la reformulación de los conceptos de espacio y
tiempo, a plantear la equivalencia entre materia y energía y a concebir la
gravedad como un efecto de la estructura témporo-espacial del universo, que
puede modificarse por la distribución de la materia y la energía y que es la
fuente del "campo gravitatorio" (esto solucionó la cuestión de la "acción a
distancia" de Newton, a costa de una teoría poco "intuitiva"). La
relatividad general abrió las compuertas de la especulación cosmológica y
comenzaron a sucederse los modelos del universo, desarrollo posibilitado por
las investigaciones sobre geometrías no euclidianas y un conocimiento cada
vez más profundo del sistema solar y el resto del universo.
El
desarrollo de la teoría cuántica estuvo íntimamente vinculado al de la
física atómica. Max Planck, en 1900 y en referencia a la emisión de
radiación del cuerpo negro, postuló que la energía era una variable no
continua, es decir, que sus valores están restringidos a cantidades
discretas o unidades llamadas quanta. Einstein, en 1905, hipotizó que la
radiación electromagnética consistiría en unidades discretas, "paquetes de
energía" a los que llamó fotones. El progresivo estudio del espectro
electromagnético (por ejemplo, el descubrimiento de los rayos X por
Roentgen) y el estudio de la radiactividad (rayos a, b y g) dieron paso al
develamiento de la estructura del átomo con el descubrimiento del electrón
por J. J. Thompson (1897) y los modelos atómicos de Rutherford (1911) y
Niels Bohr (1913) llevaron a la física a ser la vedette de la primera mitad
del siglo XX.. Por esa época Max Born, Pascual Jordan y Werner Heisenberg
desarrollaron la mecánica cuántica y este último propuso en 1927 su famoso
principio de incertidumbre.[43]
Pero si la física ocupó
la atención durante los primeros cincuenta años de este siglo, la biología vio
su estrellato y consagración durante las recientes décadas. La centuria fue
caracterizada, para esta disciplina, por dos grandes síntesis.
En primer lugar, los
trabajos de la escuela de Morgan sobre Drosophila melanogaster, que se
desarrollaron entre 1910 y 1915, dieron lugar a la teoría cromosómica de la
herencia, lo que durante los años cuarenta llevó a la identificación del ácido
desoxirribonucleico (ADN) como el material hereditario, descubrimiento que
estuvo a cargo de Avery, McLeod y McCarty (en 1944), confirmado por Hershey y
Chase en 1952. Estos hallazgos, los estudios sobre el control genético del
metabolismo comenzados por Beadle y Tatum, la utilización de técnicas
cristalográficas de difracción por rayos X y los trabajos de Max Delbrück y
Salvador Luria, condujeron a la elucidación de la estructura del ADN, en
1952, por James Watson y Francis Crick y la descripción de los mecanismos de
síntesis proteica y de funcionamiento celular. Éste fue el gran paso
unificador de la biología del siglo XX, el que permitió comprender las
funciones celulares en términos moleculares y explicar los mecanismos de la
herencia. Las bases para el surgimiento de la biología molecular[44],
a partir de los años cincuenta, ya estaban echadas.
Mientras
tanto, la bioquímica se siguió desarrollando en el sentido del conocimiento
de los mecanismos de respiración y metabolismo celular[45],
a cargo de Otto Warburg, Hans Krebs y Otto Meyerhof, y de la estructura de
las proteínas por Wilhelm Ostwald, Emir Fischer, Sanger, Linus Pauling y Max
Perutz..
La
virología se desarrolló ampliamente a partir de la síntesis del virus del
mosaico del tabaco por Stanley en 1935 y también creció geométricamente a
partir de la aplicación de las técnicas de biología molecular. Otro campo
que se abrió fue el de la inmunología con el desarrollo de la teoría de los
anticuerpos y que recibió un impulso decisivo con la biología molecular,
reconfigurando la teoría microbiana y la acción de los organismos
infecciosos.
La
paleontología animal y humana de las últimas tres décadas también verificó
importantes avances a partir de innumerables descubrimientos de campo y del
desarrollo de las técnicas de biología y genética molecular. En taxonomía,
durante los años ochenta, se asistió a las controversias entre los métodos
de taxonomía ortodoxo, fenético y cladista.
A comienzos de siglo, la
teoría de Darwin había sufrido el desafío de la teoría mutacionista de DeVries,
superado lo cual se logró, entre 1915 y 1960, la llamada síntesis
neodarwiniana (expuesta en el famoso texto Evolution de Th. Dobzhansky) a
cargo fundamentalmente de Ernst Mayr, Julian Huxley y G. G. Simpson. La
síntesis organizaba los argumentos evolucionistas de la taxonomía, la
paleontología, la genética clásica (mendeliana) y la genética de poblaciones
desarrollada por J. B. S. Haldane, R. A. Fischer y Sewall-Wright. Esta
síntesis se ha visto sometida a importantes cuestionamientos desde los años
sesenta, entre otros trabajos por los de N. Eldredge y S. J. Gould.
El aspecto integrador de
la biología se volcó en el desarrollo de la etología y el estudio del
comportamiento animal, por un lado, y el de la ecología, que pronto adquirió
el carácter de una disciplina independiente y vinculada a cuestiones sociales
perentorias.
El
sistema nervioso, cuyo conocimiento había comenzado a adelantar a pasos
firmes en el siglo XIX, recibió un importante impulso con la idea de los
reflejos condicionados de Pavlov, las investigaciones de Sherrington sobre
la integración del sistema nervioso y la doctrina de la neurona de Ramón y
Cajal, que llevó al descubrimiento de la estructura íntima del sistema, los
mecanismos de transmisión del impulso nervioso y, posteriormente, abrió el
campo de la neurofarmacología[46].
El conocimiento de las funciones cerebrales progresó notablemente en cuanto
a su estructura y función. El estudio del sistema nervioso fue sintetizando
diversas disciplinas dando origen a las neurociencias.
En el siglo XX se
siguieron desarrollando los efectos de las dos revoluciones de fines del siglo
XVIII en el sentido de que la sociedad industrial comenzó a afectar cada vez
más a las sociedades no occidentales en un contexto de guerras masivas,
migraciones hacia Occidente, totalitarismos de izquierda y de derecha,
instauración histórico-política de sociedades socialistas, creciente
industrialismo, transformación en las comunicaciones y profundización de la
democracia occidental.
El
estructuralismo, originalmente desarrollado a partir de una teoría
lingüística nacida de la obra de Ferdinand Saussure, alcanzó una influencia
marcada dando origen a la semiótica o teoría general de los signos que
elaborara los lenguajes artificiales. La antropología con las obras de Lévi-Strauss,
Lévi-Bruhl, Margaret Mead y últimamente Geertz se desarrolló en escuelas
diferenciadas como el culturalismo simbólico y el funcionalismo, con las
variantes durkheimianas.
La
economía fuertemente asociada al nombre de Maynard Keynes, en los años
treinta, fue girando hacia una posición neoliberal y una asociación
hermenéutica con el derecho, el llamado law & economic, ampliamente aplicada
en las decisiones judiciales de los setenta y ochenta en los EE UU, fue
“economicizando” las relaciones sociales y políticas.
La noción de progreso fue
profundamente cuestionada y abandonada y, asimismo, el papel de la razón como
guía de la sociedad entró en crisis, poniendo, a su vez, en crisis el proyecto
del Iluminismo; el concepto de “desarrollo” comenzó a organizar gran parte de
las formulaciones en las ciencias sociales de las sociedades occidentales. Las
ciencias sociales se desarrollaron en el sentido de una especialización
creciente pero también en una búsqueda de fecundación interdisciplinaria. En
la filosofía, partiendo desde diversas posiciones, Lewis Mumford, Paul Goodman,
Hebert Marcuse, Theodore Roszak, Jacques Ellul[47]
trasladaron el tema de la sociedad tecnológica moderna y la mentalidad técnica
al primer plano de la crítica social. Se pensó y postuló que existía algo
abominable en los artificios modernos de la tecnología que se generaba una
destrucción en forma tan vasta que podía destruir los beneficios mismos de la
productividad tecnológica. Nació así la necesidad de desarrollar tecnologías
que resultaran ser particularmente adecuadas no solamente desde la micro- y
macroeconomía, sino también de las estructuras sociales y culturales[48].
El derecho positivo
-entendido como aquél producido por órganos competentes del Estado- en tanto
acto político, es pretendidamente construido a partir de una ética discursiva
(J. Habermas y K.O. Apel), o de un contrato (J. Rawls), sujetos más que a
contenidos universales a procedimientos admitidos; se apela a una
intersubjetividad desarrollada en discusiones o negociaciones ideales, por
cierto contrafácticas, como garantía de legitimidad de las normas de creación
democrática.

NOTAS:

|