Dado en Roma, junto a san
Pedro, el 6 de agosto —fiesta de la Transfiguración del Señor— del año 1993,
décimo quinto de mi Pontificado.
Venerables hermanos en el
episcopado, salud y bendición apostólica.
El esplendor de la verdad
brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), pues la verdad ilumina
la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es
ayudado a conocer y amar al Señor. Por esto el salmista exclama: «¡Alza
sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4, 7).
Introducción
Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre
Objeto de
la presente encíclica
Capítulo
I "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno...?" (Mt 19,16)
Capítulo
II "No os conforméis a la mentalidad de este mundo" (Rom 12,2)
I. La
libertad y la ley
II.
Conciencia y verdad
III. La
elección fundamental y los comportamientos concretos
IV. El
acto moral
Capítulo
III "Para no desvirtuar la cruz de Cristo" (1 Cor 1,17)
El bien
moral para la vida de la iglesia y del mundo
Caminar
en la luz (cf. 1 Jn 1, 7)
El
martirio, exaltación de la santidad inviolable de la ley de Dios
Las
normas morales universales e inmutables al servicio de la persona y de la
sociedad
La moral
y la renovación de la vida social y política
Gracia y
obediencia a la ley de Dios
Moral y
nueva evangelización
El
servicio de los teólogos moralistas
Nuestras
responsabilidades como pastores
Conclusión
1. Llamados a la salvación
mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,
9), los hombres llegan a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8),
y se santifican «obedeciendo a la verdad» (1 P 1, 22).
Mas esta obediencia no
siempre es fácil. Debido al misterioso pecado del principio, cometido por
instigación de Satanás, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44),
el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y
verdadero y dirigirla a los ídolos (cf. 1 Ts 1, 9), cambiando «la verdad de
Dios por la mentira» (Rm 1, 25); de esta manera, su capacidad para conocer la
verdad queda ofuscada y debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así,
abandonándose al relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca una
libertad ilusoria fuera de la verdad misma.
Pero las tinieblas del
error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios
creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su corazón la
nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su
conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la incansable búsqueda del hombre en
todo campo o sector. Lo prueba aún más su búsqueda del sentido de la vida. El
desarrollo de la ciencia y la técnica —testimonio espléndido de las
capacidades de la inteligencia y de la tenacidad de los hombres—, no exime a
la humanidad de plantearse los interrogantes religiosos fundamentales, sino
que más bien la estimula a afrontar las luchas más dolorosas y decisivas, como
son las del corazón y de la conciencia moral.
2. Ningún hombre puede
eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el
bien del mal? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la verdad
que brilla en lo más íntimo del espíritu humano, como dice el salmista:
«Muchos dicen: "¿Quién nos hará ver la dicha?". Alza sobre nosotros la luz de
tu rostro, Señor!» (Sal 4, 7).
La luz del rostro de Dios
resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios
invisible» (Col 1, 15), «resplandor de su gloria» (Hb 1, 3), «lleno de gracia
y de verdad» (Jn 1, 14): él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a
sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como
recuerda el concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de
Jesucristo: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que
había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»(1).
Jesucristo, «luz de los
pueblos», ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por él para
anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15)(2). Así la Iglesia,
pueblo de Dios en medio de las naciones(3), mientras mira atentamente a los
nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en
la búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de
la verdad de Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia está siempre viva la
conciencia de su «deber permanente de escrutar a fondo los signos de los
tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera
adecuada a cada generación, pueda responder a los permanentes interrogantes de
los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación
mutua entre ambas»(4).
3. Los pastores de la
Iglesia, en comunión con el Sucesor de Pedro, están siempre cercanos a los
fieles en este esfuerzo, los acompañan y guían con su magisterio, hallando
expresiones siempre nuevas de amor y misericordia para dirigirse no sólo a los
creyentes sino también a todos los hombres de buena voluntad. El concilio
Vaticano II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de la
Iglesia que, «experta en humanidad»(5), se pone al servicio de cada hombre y
de todo el mundo(6).
La Iglesia sabe que la
cuestión moral incide profundamente en cada hombre; implica a todos, incluso a
quienes no conocen a Cristo, su Evangelio y ni siquiera a Dios. Ella sabe que
precisamente por la senda de la vida moral está abierto a todos el camino de
la salvación, como lo ha recordado claramente el concilio Vaticano II: «Los
que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan
a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia,
hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia,
pueden conseguir la salvación eterna». Y prosigue: «Dios, en su providencia,
tampoco niega la ayuda necesaria a los que, sin culpa, todavía no han llegado
a conocer claramente a Dios, pero se esfuerzan con su gracia en vivir con
honradez. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como
una preparación al Evangelio y como un don de Aquel que ilumina a todos los
hombres para que puedan tener finalmente vida»(7).
4. Siempre, pero sobre
todo en los dos últimos siglos, los Sumos Pontífices, ya sea personalmente o
junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y propuesto una enseñanza
moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la vida humana. En nombre y
con la autoridad de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por
fidelidad a su misión, y comprometiéndose en la causa del hombre, han
confirmado, sostenido, consolado; con la garantía de la asistencia del
Espíritu de verdad han contribuido a una mejor comprensión de las exigencias
morales en los ámbitos de la sexualidad humana, de la familia, de la vida
social, económica y política. Su enseñanza, dentro de la tradición de la
Iglesia y de la historia de la humanidad, representa una continua
profundización del conocimiento moral(8).
Sin embargo, hoy se hace
necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia,
con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina
católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o
negadas. En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma
comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden
humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente
teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de
contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas
concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo
global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo,
más o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la
libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así,
se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la
universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente
inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo
Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para «exhortar a
las conciencias» y «proponer los valores» en los que cada uno basará después
autónomamente sus decisiones y opciones de vida.
Particularmente hay que
destacar la discrepancia entre la respuesta tradicional de la Iglesia y
algunas posiciones teológicas —difundidas incluso en seminarios y facultades
teológicas— sobre cuestiones de máxima importancia para la Iglesia y la vida
de fe de los cristianos, así como para la misma convivencia humana. En
particular, se plantea la cuestión de si los mandamientos de Dios, que están
grabados en el corazón del hombre y forman parte de la Alianza, son capaces
verdaderamente de iluminar las opciones cotidianas de cada persona y de la
sociedad entera. ¿Es posible obedecer a Dios y, por tanto, amar a Dios y al
prójimo, sin respetar en todas las circunstancias estos mandamientos? Está
también difundida la opinión que pone en duda el nexo intrínseco e indivisible
entre fe y moral, como si sólo en relación con la fe se debieran decidir la
pertenencia a la Iglesia y su unidad interna, mientras que se podría tolerar
en el ámbito moral un pluralismo de opiniones y de comportamientos, dejados al
juicio de la conciencia subjetiva individual o a la diversidad de condiciones
sociales y culturales.
5. En ese contexto
—todavía actual— he tomado la decisión de escribir —como ya anuncié en la
carta apostólica Spiritus Domini, publicada el 1 de agosto de 1987 con ocasión
del segundo centenario de la muerte de san Alfonso María de Ligorio— una
encíclica destinada a tratar, «más amplia y profundamente, las cuestiones
referentes a los fundamentos mismos de la teología moral»(9), fundamentos que
sufren menoscabo por parte de algunas tendencias actuales.
Me dirijo a vosotros,
venerables hermanos en el episcopado, que compartís conmigo la responsabilidad
de custodiar la «sana doctrina» (2 Tm 4, 3), con la intención de precisar
algunos aspectos doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda
constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas
de ella para la vida moral de los fieles y para la comunión en la Iglesia, así
como para una existencia social justa y solidaria.
Si esta encíclica
—esperada desde hace tiempo— se publica precisamente ahora, se debe también a
que ha parecido conveniente que la precediera el Catecismo de la Iglesia
católica, el cual contiene una exposición completa y sistemática de la
doctrina moral cristiana. El Catecismo presenta la vida moral de los creyentes
en sus fundamentos y en sus múltiples contenidos como vida de «los hijos de
Dios». En él se afirma que «los cristianos, reconociendo en la fe su nueva
dignidad, son llamados a llevar en adelante una "vida digna del evangelio de
Cristo" (Flp 1, 27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de
Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello»(10). Por tanto,
al citar el Catecismo como «texto de referencia seguro y auténtico para la
enseñanza de la doctrina católica»(11), la encíclica se limitará a afrontar
algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, bajo la
forma de un necesario discernimiento sobre problemas controvertidos entre los
estudiosos de la ética y de la teología moral. Éste es el objeto específico de
la presente encíclica, la cual trata de exponer, sobre los problemas
discutidos, las razones de una enseñanza moral basada en la sagrada Escritura
y en la Tradición viva de la Iglesia(12), poniendo de relieve, al mismo
tiempo, los presupuestos y consecuencias de las contestaciones de que ha sido
objeto tal enseñanza.
Cristo y la respuesta a la pregunta moral
«Se le acercó uno...» (Mt
19, 16)
6. El diálogo de Jesús con
el joven rico, relatado por san Mateo en el capítulo 19 de su evangelio, puede
constituir un elemento útil para volver a escuchar de modo vivo y penetrante
su enseñanza moral: «Se le acercó uno y le dijo: "Maestro, ¿qué he de hacer de
bueno para conseguir la vida eterna?". Él le dijo: "¿Por qué me preguntas
acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas, si quieres entrar en la vida,
guarda los mandamientos". "¿Cuáles?" le dice él. Y Jesús dijo: "No matarás, no
cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu
padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo". Dícele el joven:
"Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?". Jesús le dijo: "Si quieres ser
perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro
en los cielos; luego ven, y sígueme"» (Mt 19, 16-21)(13).
7. «Se le acercó uno...».
En el joven, que el evangelio de Mateo no nombra, podemos reconocer a todo
hombre que, conscientemente o no, se acerca a Cristo, redentor del hombre, y
le formula la pregunta moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las
reglas que hay que observar, es una pregunta de pleno significado para la
vida. En efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda
acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad.
Esta pregunta es, en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos
atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de
la vida del hombre. Precisamente con esta perspectiva, el concilio Vaticano II
ha invitado a perfeccionar la teología moral, de manera que su exposición
ponga de relieve la altísima vocación que los fieles han recibido en
Cristo(14), única respuesta que satisface plenamente el anhelo del corazón
humano.
Para que los hombres
puedan realizar este «encuentro» con Cristo, Dios ha querido su Iglesia. En
efecto, ella «desea servir solamente para este fin: que todo hombre pueda
encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino
de la vida»(15).
«Maestro, ¿qué he de hacer
de bueno para conseguir la vida eterna?» (Mt 19, 16)
8. Desde la profundidad
del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una
pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al
bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús
intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del
propio destino. Él es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos, a la
sombra de la Ley del Señor. Si plantea esta pregunta a Jesús, podemos imaginar
que no lo hace porque ignora la respuesta contenida en la Ley. Es más probable
que la fascinación por la persona de Jesús haya hecho que surgieran en él
nuevos interrogantes en torno al bien moral. Siente la necesidad de
confrontarse con aquel que había iniciado su predicación con este nuevo y
decisivo anuncio: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca;
convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1, 15).
Es necesario que el hombre
de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo
que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro, el Resucitado que tiene en sí
mismo la vida y que está siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él
quien desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente
la voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen
de la economía de la salvación, Alfa y Omega de la historia humana (cf. Ap 1,
8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela la condición del hombre y su vocación
integral. Por esto, «el hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí
mismo —y no sólo según pautas y medidas de su propio ser, que son inmediatas,
parciales, a veces superficiales e incluso aparentes—, debe, con su inquietud,
incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su
muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en él con todo su
ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la
Redención para encontrarse a sí mismo. Si se realiza en él este hondo proceso,
entonces da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda
maravilla de sí mismo»(16).
Si queremos, pues,
penetrar en el núcleo de la moral evangélica y comprender su contenido
profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido de la
pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún, el sentido de la
respuesta de Jesús, dejándonos guiar por él. En efecto, Jesús, con delicada
solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso,
hacia la verdad plena.
«Uno solo es el Bueno» (Mt
19, 17)
9. Jesús dice: «¿Por qué
me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). En las versiones de los
evangelistas Marcos y Lucas la pregunta es formulada así: «¿Por qué me llamas
bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10, 18; cf. Lc 18, 19).
Antes de responder a la
pregunta, Jesús quiere que el joven se aclare a sí mismo el motivo por el que
lo interpela. El «Maestro bueno» indica a su interlocutor —y a todos nosotros—
que la respuesta a la pregunta, «¿qué he de hacer de bueno para conseguir la
vida eterna?», sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón al
único que es Bueno: «Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10, 18; cf. Lc 18,
19). Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el
Bien.
En efecto, interrogarse
sobre el bien significa, en último término, dirigirse a Dios, que es plenitud
de la bondad. Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una
pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al
hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo: el Único que es digno
de ser amado «con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente» (cf.
Mt 22, 37), Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona
la cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas, con el
reconocimiento de Dios, única bondad, plenitud de la vida, término último del
obrar humano, felicidad perfecta.
10. La Iglesia, iluminada
por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador,
redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu
Santo, tiene como fin último de su vida ser «alabanza de la gloria» de Dios (cf.
Ef 1, 12), haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor.
«Conócete a ti misma, alma hermosa: tú eres la imagen de Dios —escribe san
Ambrosio—. Conócete a ti mismo, hombre: tú eres la gloria de Dios (1 Co 11,
7). Escucha de qué modo eres su gloria. Dice el profeta: Tu ciencia es
misteriosa para mí (Sal 138, 6), es decir: tu majestad es más admirable en mi
obra, tu sabiduría es exaltada en la mente del hombre. Mientras me considero a
mí mismo, a quien tú escrutas en los secretos pensamientos y en los
sentimientos íntimos, reconozco los misterios de tu ciencia. Por tanto,
conócete a ti mismo, hombre, lo grande que eres y vigila sobre ti...»(17).
Aquello que es el hombre y
lo que debe hacer se manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a sí
mismo. En efecto, el Decálogo se fundamenta sobre estas palabras: «Yo soy el
Señor, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de
servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20, 2-3). En las
«diez palabras» de la Alianza con Israel, y en toda la Ley, Dios se hace
conocer y reconocer como el único que es «Bueno»; como aquel que, a pesar del
pecado del hombre, continúa siendo el modelo del obrar moral, según su misma
llamada: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,
2); como Aquel que, fiel a su amor por el hombre, le da su Ley (cf. Ex 19,
9-24; 20, 18-21) para restablecer la armonía originaria con el Creador y todo
lo creado, y aún más, para introducirlo en su amor: «Caminaré en medio de
vosotros, y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26, 12).
La vida moral se presenta
como la respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios
multiplica en favor del hombre. Es una respuesta de amor, según el enunciado
del mandamiento fundamental que hace el Deuteronomio: «Escucha, Israel: el
Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estos
preceptos que yo te dicto hoy. Se los repetirás a tus hijos» (Dt 6, 4-7). Así,
la vida moral, inmersa en la gratuidad del amor de Dios, está llamada a
reflejar su gloria: «Para quien ama a Dios es suficiente agradar a Aquel que
él ama, ya que no debe buscarse ninguna otra recompensa mayor al mismo amor;
en efecto, la caridad proviene de Dios de tal manera que Dios mismo es
caridad»(18).
11. La afirmación de que
«uno solo es el Bueno» nos remite así a la «primera tabla» de los
mandamientos, que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto, y a
darle culto solamente a él porque es infinitamente santo (cf. Ex 20, 2-11). El
bien es pertenecer a Dios, obedecerle, caminar humildemente con él practicando
la justicia y amando la piedad (cf. Mi 6, 8).Reconocer al Señor como Dios es
el núcleo fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al que se
ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los mandamientos se
manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al Señor, porque sólo Dios es
aquel que es «Bueno». Éste es el testimonio de la sagrada Escritura, cuyas
páginas están penetradas por la viva percepción de la absoluta santidad de
Dios: «Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos» (Is 6, 3).
Pero si Dios es el Bien,
ningún esfuerzo humano, ni siquiera la observancia más rigurosa de los
mandamientos, logra cumplir la Ley, es decir, reconocer al Señor como Dios y
tributarle la adoración que a él solo es debida (cf. Mt 4, 10). El
«cumplimiento» puede lograrse sólo como un don de Dios: es el ofrecimiento de
una participación en la bondad divina que se revela y se comunica en Jesús,
aquel a quien el joven rico llama con las palabras «Maestro bueno» (Mc 10, 17;
Lc 18, 18). Lo que quizás en ese momento el joven logra solamente intuir será
plenamente revelado al final por Jesús mismo con la invitación «ven, y
sígueme» (Mt 19, 21).
«Si quieres entrar en la
vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17)
12. Sólo Dios puede
responder a la pregunta sobre el bien porque él es el Bien. Pero Dios ya
respondió a esta pregunta: lo hizo creando al hombre y ordenándolo a su fin
con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su corazón (cf. Rm 2, 15),
la «ley natural». Ésta «no es más que la luz de la inteligencia infundida en
nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se
debe evitar. Dios dio esta luz y esta ley en la creación»(19). Después lo hizo
en la historia de Israel, particularmente con las «diez palabras», o sea, con
los mandamientos del Sinaí, mediante los cuales él fundó el pueblo de la
Alianza (cf. Ex 24) y lo llamó a ser su «propiedad personal entre todos los
pueblos», «una nación santa» (Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su
santidad entre todas las naciones (cf. Sb 18, 4; Ez 20, 41). La entrega del
Decálogo es promesa y signo de la alianza nueva, cuando la ley será escrita
nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre (cf. Jr 31, 31-34),
para sustituir la ley del pecado, que había desfigurado aquel corazón (cf. Jr
17, 1). Entonces será dado «un corazón nuevo» porque en él habitará «un
espíritu nuevo», el Espíritu de Dios (cf. Ez 36, 24-28)(20).
Por esto, y tras precisar
que «uno solo es el Bueno», Jesús responde al joven: «Si quieres entrar en la
vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). De este modo, se enuncia una
estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de
Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella
conducen. Por boca del mismo Jesús, nuevo Moisés, los mandamientos del
Decálogo son nuevamente dados a los hombres; él mismo los confirma
definitivamente y nos los propone como camino y condición de salvación. El
mandamiento se vincula con una promesa: en la antigua alianza el objeto de la
promesa era la posesión de la tierra en la que el pueblo gozaría de una
existencia libre y según justicia (cf. Dt 6, 20-25); en la nueva alianza el
objeto de la promesa es el «reino de los cielos», tal como lo afirma Jesús al
comienzo del «Sermón de la montaña» —discurso que contiene la formulación más
amplia y completa de la Ley nueva (cf. Mt 5-7)—, en clara conexión con el
Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. A esta misma realidad
del reino se refiere la expresión vida eterna, que es participación en la vida
misma de Dios; aquélla se realiza en toda su perfección sólo después de la
muerte, pero, desde la fe, se convierte ya desde ahora en luz de la verdad,
fuente de sentido para la vida, incipiente participación de una plenitud en el
seguimiento de Cristo. En efecto, Jesús dice a sus discípulos después del
encuentro con el joven rico: «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos,
hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por
uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29).
13. La respuesta de Jesús
no le basta todavía al joven, que insiste preguntando al Maestro sobre los
mandamientos que hay que observar: «"¿Cuáles?", le dice él» (Mt 19, 18). Le
interpela sobre qué debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad
de Dios. Tras haber dirigido la atención del joven hacia Dios, Jesús le
recuerda los mandamientos del Decálogo que se refieren al prójimo: «No
matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio,
honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Mt 19,
18-19).
Por el contexto del
coloquio y, especialmente, al comparar el texto de Mateo con las perícopas
paralelas de Marcos y de Lucas, aparece que Jesús no pretende detallar todos y
cada uno de los mandamientos necesarios para «entrar en la vida» sino, más
bien, indicar al joven la «centralidad» del Decálogo respecto a cualquier otro
precepto, como interpretación de lo que para el hombre significa «Yo soy el
Señor tu Dios». Sin embargo, no nos pueden pasar desapercibidos los
mandamientos de la Ley que el Señor recuerda al joven: son determinados
preceptos que pertenecen a la llamada «segunda tabla» del Decálogo, cuyo
compendio (cf. Rm 13, 8-10) y fundamento es el mandamiento del amor al
prójimo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 19; cf. Mc 12, 31). En
este precepto se expresa precisamente la singular dignidad de la persona
humana, la cual es la «única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por
sí misma»(21). En efecto, los diversos mandamientos del Decálogo no son más
que la refracción del único mandamiento que se refiere al bien de la persona,
como compendio de los múltiples bienes que connotan su identidad de ser
espiritual y corpóreo, en relación con Dios, con el prójimo y con el mundo
material. Como leemos en el Catecismo de la Iglesia católica, «los diez
mandamientos pertenecen a la revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo
la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y,
por tanto, indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la
naturaleza de la persona humana»(22).
Los mandamientos,
recordados por Jesús a su joven interlocutor, están destinados a tutelar el
bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes
particulares. El «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no
levantarás falso testimonio», son normas morales formuladas en términos de
prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia
indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el
matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.
Los mandamientos
constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo
tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el
camino hacia la libertad, su inicio. «La primera libertad —dice san Agustín—
consiste en estar exentos de crímenes..., como serían el homicidio, el
adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como
éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún
cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto
no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta...»(23).
14. Todo ello no significa
que Cristo pretenda dar la precedencia al amor al prójimo o separarlo del amor
a Dios. Esto lo confirma su diálogo con el doctor de la ley, el cual hace una
pregunta muy parecida a la del joven. Jesús le remite a los dos mandamientos
del amor a Dios y del amor al prójimo (cf. Lc 10, 25-27) y le invita a
recordar que sólo su observancia lleva a la vida eterna: «Haz eso y vivirás» (Lc
10, 28). Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos
mandamientos el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley:
«¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29). El Maestro responde con la parábola del
buen samaritano, la parábola-clave para la plena comprensión del mandamiento
del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).
Los dos mandamientos, de
los cuales «penden toda la Ley y los profetas» (Mt 22, 40), están
profundamente unidos entre sí y se compenetran recíprocamente. De su unidad
inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina
en la cruz que redime (cf. Jn 3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre
y a la humanidad (cf. Jn 13, 1).
Tanto el Antiguo como el
Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al prójimo, que se
concreta en la observancia de los mandamientos, no es posible el auténtico
amor a Dios. San Juan lo afirma con extraordinario vigor: «Si alguno dice:
"Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (Jn 4, 20). El
evangelista se hace eco de la predicación moral de Cristo, expresada de modo
admirable e inequívoco en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37) y
en el «discurso» sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46).
15. En el «Sermón de la
Montaña», que constituye la carta magna de la moral evangélica(24), Jesús
dice: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a
abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Cristo es la clave de las
Escrituras: «Vosotros investigáis las Escrituras, ellas son las que dan
testimonio de mí» (cf. Jn 5, 39); él es el centro de la economía de la
salvación, la recapitulación del Antiguo y del Nuevo Testamento, de las
promesas de la Ley y de su cumplimiento en el Evangelio; él es el vínculo
viviente y eterno entre la antigua y la nueva alianza. Por su parte, san
Ambrosio, comentando el texto de Pablo en que dice: «el fin de la ley es
Cristo» (Rm 10, 4), afirma que es «fin no en cuanto defecto, sino en cuanto
plenitud de la ley; la cual se cumple en Cristo (plenitudo legis in Christo
est), porque él no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento. Al igual
que, aunque existe un Antiguo Testamento, toda verdad está contenida en el
Nuevo, así ocurre con la ley: la que fue dada por medio de Moisés es figura de
la verdadera ley. Por tanto, la mosaica es imagen de la verdad»(25).
Jesús lleva a cumplimiento
los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del amor al prójimo—,
interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un
corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las
mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos
como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta
para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el
amor (cf. Col 3, 14). Así, el mandamiento «No matarás», se transforma en la
llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo; el
precepto que prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada
pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: «Habéis oído que
se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el
tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano,
será reo ante el tribunal... Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio.
Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio
con ella en su corazón» (Mt 5, 21-22. 27-28). Jesús mismo es el «cumplimiento»
vivo de la Ley, ya que él realiza su auténtico significado con el don total de
sí mismo; él mismo se hace Ley viviente y personal, que invita a su
seguimiento, da, mediante el Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y
su amor, e infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y
en las obras (cf. Jn 13, 34-35).
«Si quieres ser perfecto»
(Mt 19, 21)
16. La respuesta sobre los
mandamientos no satisface al joven, que de nuevo pregunta a Jesús: «Todo eso
lo he guardado; ¿qué más me falta?» (Mt 19, 20). No es fácil decir con la
conciencia tranquila «todo eso lo he guardado», si se comprende todo el
alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios. Sin embargo, aunque el
joven rico sea capaz de dar una respuesta tal; aunque de verdad haya puesto en
práctica el ideal moral con seriedad y generosidad desde la infancia, él sabe
que aún está lejos de la meta; en efecto, ante la persona de Jesús se da
cuenta de que todavía le falta algo. Jesús, en su última respuesta, se refiere
a esa conciencia de que aún falta algo: comprendiendo la nostalgia de una
plenitud que supere la interpretación legalista de los mandamientos, el
Maestro bueno invita al joven a emprender el camino de la perfección: «Si
quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y
tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21).
Al igual que el fragmento
anterior, también éste debe ser leído e interpretado en el contexto de todo el
mensaje moral del Evangelio y, especialmente, en el contexto del Sermón de la
montaña, de las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-12), la primera de las cuales es
precisamente la de los pobres, los «pobres de espíritu», como precisa san
Mateo (Mt 5, 3), esto es, los humildes. En este sentido, se puede decir que
también las bienaventuranzas pueden ser encuadradas en el amplio espacio que
se abre con la respuesta que da Jesús a la pregunta del joven: «¿qué he de
hacer de bueno para conseguir la vida eterna?». En efecto, cada
bienaventuranza, desde su propia perspectiva, promete precisamente aquel bien
que abre al hombre a la vida eterna; más aún, que es la misma vida eterna.
Las bienaventuranzas no
tienen propiamente como objeto unas normas particulares de comportamiento,
sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y,
por consiguiente, no coinciden exactamente con los mandamientos. Por otra
parte, no hay separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los
mandamientos: ambos se refieren al bien, a la vida eterna. El Sermón de la
montaña comienza con el anuncio de las bienaventuranzas, pero hace también
referencia a los mandamientos (cf. Mt 5, 20-48). Además, el Sermón muestra la
apertura y orientación de los mandamientos con la perspectiva de la perfección
que es propia de las bienaventuranzas. Éstas son, ante todo, promesas de las
que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la
vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de
Cristo y, precisamente por esto, son invitaciones a su seguimiento y a la
comunión de vida con El (26).
17. No sabemos hasta qué
punto el joven del evangelio comprendió el contenido profundo y exigente de la
primera respuesta dada por Jesús: «Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos»; sin embargo, es cierto que la afirmación manifestada por el
joven de haber respetado todas las exigencias morales de los mandamientos
constituye el terreno indispensable sobre el que puede brotar y madurar el
deseo de la perfección, es decir, la realización de su significado mediante el
seguimiento de Cristo. El coloquio de Jesús con el joven nos ayuda a
comprender las condiciones para el crecimiento moral del hombre llamado a la
perfección: el joven, que ha observado todos los mandamientos, se muestra
incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se
necesita una libertad madura («si quieres») y el don divino de la gracia
(«ven, y sígueme»).
La perfección exige
aquella madurez en el darse a sí mismo, a que está llamada la libertad del
hombre. Jesús indica al joven los mandamientos como la primera condición
irrenunciable para conseguir la vida eterna; el abandono de todo lo que el
joven posee y el seguimiento del Señor asumen, en cambio, el carácter de una
propuesta: «Si quieres...». La palabra de Jesús manifiesta la dinámica
particular del crecimiento de la libertad hacia su madurez y, al mismo tiempo,
atestigua la relación fundamental de la libertad con la ley divina. La
libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se
reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo sabe que la suya es una vocación a
la libertad. «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5, 13),
proclama con alegría y decisión el apóstol Pablo. Pero, a continuación,
precisa: «No toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al
contrario, servíos por amor los unos a los otros» (ib.). La firmeza con la
cual el Apóstol se opone a quien confía la propia justificación a la Ley, no
tiene nada que ver con la «liberación» del hombre con respecto a los
preceptos, los cuales, en verdad, están al servicio del amor: «Pues el que ama
al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás,
no robarás, no codiciarás, y todos los demás preceptos, se resumen en esta
fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Rm 13, 8-9). El mismo san
Agustín, después de haber hablado de la observancia de los mandamientos como
de la primera libertad imperfecta, prosigue así: «¿Por qué, preguntará alguno,
no perfecta todavía? Porque "siento en mis miembros otra ley en conflicto con
la ley de mi razón"... Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es
aún completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la
eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la
libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados en el bautismo, pero ¿acaso
ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si
aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará
afirmar esto sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador?...
Mas, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida
en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos
la ley del pecado somos esclavos»(27).
18. Quien «vive según la
carne» siente la ley de Dios como un peso, más aún, como una negación o, de
cualquier modo, como una restricción de la propia libertad. En cambio, quien
está movido por el amor y «vive según el Espíritu» (Ga 5, 16), y desea servir
a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario
para practicar el amor libremente elegido y vivido. Más aún, siente la
urgencia interior —una verdadera y propia necesidad, y no ya una constricción—
de no detenerse ante las exigencias mínimas de la ley, sino de vivirlas en su
plenitud. Es un camino todavía incierto y frágil mientras estemos en la
tierra, pero que la gracia hace posible al darnos la plena «libertad de los
hijos de Dios» (cf. Rm 8, 21) y, consiguientemente, la capacidad de poder
responder en la vida moral a la sublime vocación de ser «hijos en el Hijo».
Esta vocación al amor
perfecto no está reservada de modo exclusivo a una élite de personas. La
invitación: «anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres», junto con la
promesa: «tendrás un tesoro en los cielos», se dirige a todos, porque es una
radicalización del mandamiento del amor al prójimo. De la misma manera, la
siguiente invitación: «ven y sígueme», es la nueva forma concreta del
mandamiento del amor a Dios. Los mandamientos y la invitación de Jesús al
joven rico están al servicio de una única e indivisible caridad, que
espontáneamente tiende a la perfección, cuya medida es Dios mismo: «Vosotros,
pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). En
el evangelio de Lucas, Jesús precisa aún más el sentido de esta perfección:
«Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).
«Ven, y sígueme» (Mt 19,
21)
19. El camino y, a la vez,
el contenido de esta perfección consiste en la sequela Christi, en el
seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí
mismos. Precisamente ésta es la conclusión del coloquio de Jesús con el joven:
«luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Es una invitación cuya profundidad
maravillosa será entendida plenamente por los discípulos después de la
resurrección de Cristo, cuando el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad
completa (cf. Jn 16, 13).
Es Jesús mismo quien toma
la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre todo a
aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los Doce; pero
también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo
(cf.Hch 6, 1). Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original
de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba
por el desierto hacia la tierra prometida (cf. Ex 13, 21), así el discípulo
debe seguir a Jesús, hacia el cual lo atrae el mismo Padre (cf. Jn 6, 44).
No se trata aquí solamente
de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más
radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su
destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre.
El discípulo de Jesús, siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que
es la Sabiduría encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf. Jn 6,
45). En efecto, Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida (cf. Jn 8, 12);
es el pastor que guía y alimenta a las ovejas (cf. Jn 10, 11-16), es el
camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), es aquel que lleva hacia el Padre,
de tal manera que verle a él, al Hijo, es ver al Padre (cf. Jn 14, 6-10). Por
eso, imitar al Hijo, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), significa imitar
al Padre.
20. Jesús pide que le
sigan y le imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a los
hermanos por amor de Dios: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos
a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este «como» exige la imitación
de Jesús, la imitación de su amor, cuyo signo es el lavatorio de los pies:
«Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también
debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que
también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 14-15). El modo
de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la
regla moral de la vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de modo
particular, el acto supremo de su pasión y muerte en la cruz, son la
revelación viva de su amor al Padre y a los hombres. Éste es el amor que Jesús
pide que imiten cuantos le siguen. Es el mandamiento «nuevo»: «Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he
amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán
todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn
13, 34-35).
Este «como» indica también
la medida con la que Jesús ha amado y con la que deben amarse sus discípulos
entre sí. Después de haber dicho: «Éste es el mandamiento mío: que os améis
los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12), Jesús prosigue con las
palabras que indican el don sacrificial de su vida en la cruz, como testimonio
de un amor «hasta el extremo» (Jn 13, 1): «Nadie tiene mayor amor que el que
da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Jesús, al llamar al joven
a seguirle en el camino de la perfección, le pide que sea perfecto en el
mandamiento del amor, en su mandamiento: que se inserte en el movimiento de su
entrega total, que imite y reviva el mismo amor del Maestro bueno, de aquel
que ha amado hasta el extremo. Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que
quiere seguirlo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24).
21. Seguir a Cristo no es
una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más
profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él, que se hizo
servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8).
Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cf. Ef 3, 17), el
discípulo se asemeja a su Señor y se configura con él; lo cual es fruto de la
gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros.
Inserido en Cristo, el
cristiano se convierte en miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. 1 Co
12, 13. 27). Bajo el impulso del Espíritu, el bautismo configura radicalmente
al fiel con Cristo en el misterio pascual de la muerte y resurrección, lo
«reviste» de Cristo (cf. Ga 3, 27): «Felicitémonos y demos gracias —dice san
Agustín dirigiéndose a los bautizados—: hemos llegado a ser no solamente
cristianos, sino el propio Cristo (...). Admiraos y regocijaos: ¡hemos sido
hechos Cristo!»(28). El bautizado, muerto al pecado, recibe la vida nueva (cf.
Rm 6, 3-11): viviendo por Dios en Cristo Jesús, es llamado a caminar según el
Espíritu y a manifestar sus frutos en la vida (cf. Ga 5, 16-25). La
participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza (cf. 1
Co 11, 23-29), es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de «vida
eterna» (cf. Jn 6, 51-58), principio y fuerza del don total de sí mismo, del
cual Jesús —según el testimonio dado por Pablo— manda hacer memoria en la
celebración y en la vida: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa,
anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Co 11, 26).
«Para Dios todo es
posible» (Mt 19, 26)
22. La conclusión del
coloquio de Jesús con el joven rico es amarga: «Al oír estas palabras, el
joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 22). No sólo
el hombre rico, sino también los mismos discípulos se asustan de la llamada de
Jesús al seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones y las fuerzas
humanas: «Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: "Entonces,
¿quién se podrá salvar?"» (Mt 19, 25). Pero el Maestro pone ante los ojos el
poder de Dios: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es
posible» (Mt 19, 26).
En el mismo capítulo del
evangelio de Mateo (19, 3-10), Jesús, interpretando la ley mosaica sobre el
matrimonio, rechaza el derecho al repudio, apelando a un principio más
originario y autorizado respecto a la ley de Moisés: el designio primordial de
Dios sobre el hombre, un designio al que el hombre se ha incapacitado después
del pecado: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os
permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así» (Mt 19,
8). La apelación al principio asusta a los discípulos, que comentan con estas
palabras: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae
cuenta casarse» (Mt 19, 10). Y Jesús, refiriéndose específicamente al carisma
del celibato «por el reino de los cielos» (Mt 19, 12), pero enunciando ahora
una ley general, remite a la nueva y sorprendente posibilidad abierta al
hombre por la gracia de Dios: «Él les dijo: "No todos entienden este lenguaje,
sino aquellos a quienes se les ha concedido"» (Mt 19, 11).
Imitar y revivir el amor
de Cristo no es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de
este amor sólo gracias a un don recibido. Lo mismo que el Señor Jesús recibe
el amor de su Padre, así, a su vez, lo comunica gratuitamente a los
discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). El don de Cristo es su Espíritu, cuyo
primer «fruto» (cf. Gál 5, 22) es la caridad: «El amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm
5, 5). San Agustín se pregunta: «¿Es el amor el que nos hace observar los
mandamientos, o bien es la observancia de los mandamientos la que hace nacer
el amor?». Y responde: «Pero ¿quién puede dudar de que el amor precede a la
observancia? En efecto, quien no ama está sin motivaciones para guardar los
mandamientos»(29).
23. «La ley del Espíritu
que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte»
(Rm 8, 2). Con estas palabras el apóstol Pablo nos introduce a considerar en
la perspectiva de la historia de la salvación que se cumple en Cristo la
relación entre la ley (antigua) y la gracia (ley nueva). Él reconoce la
función pedagógica de la ley, la cual, al permitirle al hombre pecador valorar
su propia impotencia y quitarle la presunción de la autosuficiencia, lo abre a
la invocación y a la acogida de la «vida en el Espíritu». Sólo en esta vida
nueva es posible practicar los mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe
en Cristo como somos justificados (cf. Rm 3, 28): la justicia que la ley
exige, pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente manifestada y
concedida por el Señor Jesús. De este modo san Agustín sintetiza
admirablemente la dialéctica paulina entre ley y gracia: «Por esto, la ley ha
sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se
observase la ley»(30).
El amor y la vida según el
Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la categoría de precepto, porque
lo que exigen supera las fuerzas del hombre. Sólo son posibles como fruto de
un don de Dios, que sana, cura y transforma el corazón del hombre por medio de
su gracia: «Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad
nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1, 17). Por esto, la promesa de la vida
eterna está vinculada al don de la gracia, y el don del Espíritu que hemos
recibido es ya «prenda de nuestra herencia» (Ef 1, 14).
24. De esta manera, se
manifiesta el rostro verdadero y original del mandamiento del amor y de la
perfección a la que está ordenado; se trata de una posibilidad abierta al
hombre exclusivamente por la gracia, por el don de Dios, por su amor. Por otra
parte, precisamente la conciencia de haber recibido el don, de poseer en
Jesucristo el amor de Dios, genera y sostiene la respuesta responsable de un
amor pleno hacia Dios y entre los hermanos, como recuerda con insistencia el
apóstol san Juan en su primera carta: «Queridos, amémonos unos a otros, ya que
el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien
no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor... Queridos, si Dios nos amó
de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros... Nosotros
amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4, 7-8. 11. 19).
Esta relación inseparable
entre la gracia del Señor y la libertad del hombre, entre el don y la tarea,
ha sido expresada en términos sencillos y profundos por san Agustín, que oraba
de esta manera: «Da quod iubes et iube quod vis» (Da lo que mandas y manda lo
que quieras)(31).
El don no disminuye, sino
que refuerza la exigencia moral del amor: «Éste es su mandamiento: que creamos
en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como
nos lo mandó» (1 Jn 3, 23). Se puede permanecer en el amor sólo bajo la
condición de que se observen los mandamientos, como afirma Jesús: «Si guardáis
mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15, 10).
Resumiendo lo que
constituye el núcleo del mensaje moral de Jesús y de la predicación de los
Apóstoles, y volviendo a ofrecer en admirable síntesis la gran tradición de
los Padres de Oriente y de Occidente —en particular san Agustín(32)—, santo
Tomás afirma que la Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada mediante la
fe en Cristo(33). Los preceptos externos, de los que también habla el
evangelio, preparan para esta gracia o difunden sus efectos en la vida. En
efecto, la Ley nueva no se contenta con decir lo que se debe hacer, sino que
otorga también la fuerza para «obrar la verdad» (cf. Jn 3, 21). Al mismo
tiempo, san Juan Crisóstomo observa que la Ley nueva fue promulgada
precisamente cuando el Espíritu Santo bajó del cielo el día de Pentecostés y
que los Apóstoles «no bajaron del monte llevando, como Moisés, tablas de
piedra en sus manos, sino que volvían llevando al Espíritu Santo en sus
corazones..., convertidos, mediante su gracia, en una ley viva, en un libro
animado»(34).
«He aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)
25. El coloquio de Jesús
con el joven rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la historia;
también hoy. La pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir
la vida eterna?» brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo
Cristo quien ofrece la respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los
mandamientos de Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para una vida
nueva, está siempre presente y operante en medio de nosotros, según su
promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» (Mt 28, 20). La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada
época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a
sus discípulos el Espíritu Santo, que les «recordaría» y les haría comprender
sus mandamientos (cf. Jn 14, 26), y, al mismo tiempo, sería el principio
fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3, 5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones
morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la
nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser
custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes
culturas a lo largo de la historia. La tarea de su interpretación ha sido
confiada por Jesús a los Apóstoles y a sus sucesores, con la asistencia
especial del Espíritu de la verdad: «Quien a vosotros os escucha, a mí me
escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu, los Apóstoles
cumplieron la misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino» del Señor
(cf. Hch 18, 25), enseñando ante todo el seguimiento y la imitación de Cristo:
«Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).
26. En la catequesis moral
de los Apóstoles, junto a exhortaciones e indicaciones relacionadas con el
contexto histórico y cultural, hay una enseñanza ética con precisas normas de
comportamiento. Es cuanto emerge en sus cartas, que contienen la
interpretación —bajo la guía del Espíritu Santo— de los preceptos del Señor
que hay que vivir en las diversas circunstancias culturales (cf. Rm 12, 15; 1
Co 11-14; Gál 5-6; Ef 4-6; Col 3-4; 1 P y St ). Encargados de predicar el
Evangelio, los Apóstoles, en virtud de su responsabilidad pastoral, vigilaron,
desde los orígenes de la Iglesia, sobre la recta conducta de los
cristianos(35), a la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y la
transmisión de los dones divinos mediante los sacramentos(36). Los primeros
cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la gentilidad, se
diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también por
el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley nueva(37). En efecto,
la Iglesia es a la vez comunión de fe y de vida; su norma es «la fe que actúa
por la caridad» (Ga 5, 6).
Ninguna laceración debe
atentar contra la armonía entre la fe y la vida: la unidad de la Iglesia es
herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe,
sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que
los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con
decisión toda disociación entre el compromiso del corazón y las acciones que
lo expresan y demuestran (cf. 1 Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos apostólicos,
los pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de
aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas o sus
comportamientos(38).
27. Promover y custodiar,
en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por
Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la cual se continúa en el ministerio
de sus sucesores. Es cuanto se encuentra en la Tradición viva, mediante la
cual —como afirma el concilio Vaticano II— «la Iglesia con su enseñanza, su
vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que
cree. Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del
Espíritu Santo»(39). En el Espíritu, la Iglesia acoge y transmite la Escritura
como testimonio de las maravillas que Dios ha hecho en la historia (cf. Lc 1,
49), confiesa la verdad del Verbo hecho carne con los labios de los Padres y
de los doctores, practica sus preceptos y la caridad en la vida de los santos
y de las santas, y en el sacrificio de los mártires, celebra su esperanza en
la liturgia. Mediante la Tradición los cristianos reciben «la voz viva del
Evangelio»(40), como expresión fiel de la sabiduría y de la voluntad divina.
Dentro de la Tradición se
desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica
de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la
Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que
sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en
el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta actualización de los
mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la Revelación
y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la
luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez
permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que
de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual
son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de
la Iglesia y la enseñanza del Magisterio.
Además, como afirma de
modo particular el Concilio, «el oficio de interpretar auténticamente la
palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo
de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo»(41). De este modo,
la Iglesia, con su vida y su enseñanza, se presenta como «columna y fundamento
de la verdad» (1 Tm 3, 15), también de la verdad sobre el obrar moral. En
efecto, «compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios
morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre
cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos
fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas»(42).
Precisamente sobre los
interrogantes que caracterizan hoy la discusión moral y en torno a los cuales
se han desarrollado nuevas tendencias y teorías, el Magisterio, en fidelidad a
Jesucristo y en continuidad con la tradición de la Iglesia, siente más urgente
el deber de ofrecer el propio discernimiento y enseñanza, para ayudar al
hombre en su camino hacia la verdadera libertad.
Capítulo II "No os conforméis a la mentalidad de este mundo" (Rom 12,2)
La iglesia y el
discernimiento de algunas tendencias de la teologia moral actual
Enseñar lo que es conforme
a la sana doctrina (cf. Tt 2, 1)
28. La meditación del
diálogo entre Jesús y el joven rico nos ha permitido recoger los contenidos
esenciales de la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento sobre el
comportamiento moral. Son: la subordinación del hombre y de su obrar a Dios,
el único que es «Bueno»; la relación, indicada de modo claro en los
mandamientos divinos, entre el bien moral de los actos humanos y la vida
eterna; el seguimiento de Cristo, que abre al hombre la perspectiva del amor
perfecto; y finalmente, el don del Espíritu Santo, fuente y fuerza de la vida
moral de la «nueva criatura» (cf. 2 Co 5, 17).
La Iglesia, en su
reflexión moral, siempre ha tenido presentes las palabras que Jesús dirigió al
joven rico. En efecto, la sagrada Escritura es la fuente siempre viva y
fecunda de la doctrina moral de la Iglesia, como ha recordado el concilio
Vaticano II: «El Evangelio (es)... fuente de toda verdad salvadora y de toda
norma de conducta»(43). La Iglesia ha custodiado fielmente lo que la palabra
de Dios enseña no sólo sobre las verdades de fe, sino también sobre el
comportamiento moral, es decir, el comportamiento que agrada a Dios (cf. 1 Ts
4, 1), llevando a cabo un desarrollo doctrinal análogo al que se ha dado en el
ámbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo que
la guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13), no ha dejado, ni puede dejar
nunca de escrutar el «misterio del Verbo encarnado», pues sólo en él «se
esclarece el misterio del hombre»(44).
29. La reflexión moral de
la Iglesia, hecha siempre a la luz de Cristo, el «Maestro bueno», se ha
desarrollado también en la forma específica de la ciencia teológica llamada
teología moral; ciencia que acoge e interpela la divina Revelación y responde
a la vez a las exigencias de la razón humana. La teología moral es una
reflexión que concierne a la «moralidad», o sea, al bien y al mal de los actos
humanos y de la persona que los realiza, y en este sentido está abierta a
todos los hombres; pero es también teología, en cuanto reconoce el principio y
el fin del comportamiento moral en el único que es Bueno y que, dándose al
hombre en Cristo, le ofrece las bienaventuranzas de la vida divina.
El concilio Vaticano II
invitó a los estudiosos a poner «una atención especial en perfeccionar la
teología moral; su exposición científica, alimentada en mayor grado con la
doctrina de la sagrada Escritura, ha de iluminar la excelencia de la vocación
de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en el amor para la
vida del mundo»(45). El mismo Concilio invitó a los teólogos a observar los
métodos y exigencias propios de la ciencia teológica, y «a buscar
continuamente un modo más adecuado de comunicar la doctrina a los hombres de
su tiempo, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las
verdades, y otra el modo en que se formulan, conservando su mismo sentido y
significado»(46). De ahí la ulterior invitación dirigida a todos los fieles,
pero de manera especial a los teólogos: «Los fieles deben vivir estrechamente
unidos a los demás hombres de su tiempo y procurar comprender perfectamente su
forma de pensar y sentir, lo cual se expresa por medio de la cultura»(47).
El esfuerzo de muchos
teólogos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y
útiles reflexiones sobre las verdades de fe que hay que creer y aplicar en la
vida, presentadas de manera más adecuada a la sensibilidad y a los
interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. La Iglesia y particularmente
los obispos, a los cuales Cristo ha confiado ante todo el servicio de enseñar,
acogen con gratitud este esfuerzo y alientan a los teólogos a un ulterior
trabajo, animado por un profundo y auténtico temor del Señor, que es el
principio de la sabiduría (cf. Pr 1, 7).
Al mismo tiempo, en el
ámbito de las discusiones teológicas posconciliares se han dado, sin embargo,
algunas interpretaciones de la moral cristiana que no son compatibles con la
«doctrina sana» (2 Tm 4, 3). Ciertamente el Magisterio de la Iglesia no desea
imponer a los fieles ningún sistema teológico particular y menos filosófico,
sino que, para «custodiar celosamente y explicar fielmente» la palabra de
Dios(48), tiene el deber de declarar la incompatibilidad de ciertas
orientaciones del pensamiento teológico, y de algunas afirmaciones
filosóficas, con la verdad revelada(49).
30. Al dirigirme con esta
encíclica a vosotros, hermanos en el episcopado, deseo enunciar los principios
necesarios para el discernimiento de lo que es contrario a la «doctrina sana»,
recordando aquellos elementos de la enseñanza moral de la Iglesia que hoy
parecen particularmente expuestos al error, a la ambigüedad o al olvido. Por
otra parte, son elementos de los cuales depende la «respuesta a los enigmas
recónditos de la condición humana que, hoy como ayer, conmueven íntimamente
los corazones: ¿Qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido y el fin de nuestra
vida?, ¿qué es el bien y qué el pecado?, ¿cuál es el origen y el fin del
dolor?, ¿cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad?, ¿qué es la
muerte, el juicio y la retribución después de la muerte?, ¿cuál es,
finalmente, ese misterio último e inefable que abarca nuestra existencia, del
que procedemos y hacia el que nos dirigimos?»(50).
Estos y otros
interrogantes, como ¿qué es la libertad y cuál es su relación con la verdad
contenida en la ley de Dios?, ¿cuál es el papel de la conciencia en la
formación de la concepción moral del hombre?, ¿cómo discernir, de acuerdo con
la verdad sobre el bien, los derechos y deberes concretos de la persona
humana?, se pueden resumir en la pregunta fundamental que el joven del
evangelio hizo a Jesús: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en
herencia la vida eterna?». Enviada por Jesús a predicar el Evangelio y a
«hacer discípulos a todas las gentes..., enseñándoles a guardar todo» lo que
él ha mandado (cf. Mt 28, 19-20), la Iglesia propone nuevamente, todavía hoy,
la respuesta del Maestro. Ésta tiene una luz y una fuerza capaces de resolver
incluso las cuestiones más discutidas y complejas. Esta misma luz y fuerza
impulsan a la Iglesia a desarrollar constantemente la reflexión no sólo
dogmática, sino también moral en un ámbito interdisciplinar, y en la medida en
que sea necesario para afrontar los nuevos problemas(51).
Siempre bajo esta misma
luz y fuerza, el Magisterio de la Iglesia realiza su obra de discernimiento,
acogiendo y aplicando la exhortación que el apóstol Pablo dirigía a Timoteo:
«Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a
vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la Palabra,
insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia
y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la
doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán una
multitud de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de
la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con
prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador,
desempeña a la perfección tu ministerio» (2 Tm, 4, 1-5; cf. Tt 1, 10.13-14).
«Conoceréis la verdad y la
verdad os hará libres» (Jn 8, 32)
31. Los problemas humanos
más debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexión moral
contemporánea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema
crucial: la libertad del hombre.
No hay duda de que hoy día
existe una concientización particularmente viva sobre la libertad. «Los
hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad
de la persona humana», como constataba ya la declaración conciliar Dignitatis
humanae sobre la libertad religiosa(52). De ahí la reivindicación de la
posibilidad de que los hombres «actúen según su propio criterio y hagan uso de
una libertad responsable, no movidos por coacción, sino guiados por la
conciencia del deber»(53). En concreto, el derecho a la libertad religiosa y
al respeto de la conciencia en su camino hacia la verdad es sentido cada vez
más como fundamento de los derechos de la persona, considerados en su
conjunto(54).
De este modo, el sentido
más profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, así como
del respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente una adquisición
positiva de la cultura moderna. Esta percepción, auténtica en sí misma, ha
encontrado múltiples expresiones, más o menos adecuadas, de las cuales
algunas, sin embargo, se alejan de la verdad sobre el hombre como criatura e
imagen de Dios y necesitan por tanto ser corregidas o purificadas a la luz de
la fe(55).
32. En algunas corrientes
del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo
de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta
dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo
trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la
conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio
moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al
presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido
indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho
mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la
necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de
autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una
concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede comprender
inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad.
Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana
puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la
conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea,
como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento
universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre
la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más bien se está
orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de
modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia.
Esta visión coincide con una ética individualista, para la cual cada uno se
encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás. El
individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación
de la idea misma de naturaleza humana.
Estas diferentes
concepciones están en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen
la antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y libertad.
33. Paralelamente a la
exaltación de la libertad, y paradójicamente en contraste con ella, la cultura
moderna pone radicalmente en duda esta misma libertad. Un conjunto de
disciplinas, agrupadas bajo el nombre de «ciencias humanas», han llamado
justamente la atención sobre los condicionamientos de orden psicológico y
social que pesan sobre el ejercicio de la libertad humana. El conocimiento de
tales condicionamientos y la atención que se les presta son avances
importantes que han encontrado aplicación en diversos ámbitos de la
existencia, como por ejemplo en la pedagogía o en la administración de la
justicia. Pero algunos de ellos, superando las conclusiones que se pueden
sacar legítimamente de estas observaciones, han llegado a poner en duda o
incluso a negar la realidad misma de la libertad humana.
Hay que recordar también
algunas interpretaciones abusivas de la investigación científica en el campo
de la antropología. Basándose en la gran variedad de costumbres, hábitos e
instituciones presentes en la humanidad, se llega a conclusiones que, aunque
no siempre niegan los valores humanos universales, sí llevan a una concepción
relativista de la moral.
34. «Maestro bueno, ¿qué
he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». La pregunta moral, a la
que responde Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es más,
lo considera central, porque no existe moral sin libertad: «El hombre puede
convertirse al bien sólo en la libertad»(56). Pero, ¿qué libertad? El Concilio
—frente a aquellos contemporáneos nuestros que «tanto defienden» la libertad y
que la «buscan ardientemente», pero que «a menudo la cultivan de mala manera,
como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal»—, presenta la
verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen
divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia
decisión" (cf. Eclo 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y,
adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección»(57). Si
existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la
verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar
la verdad y de seguirla una vez conocida(58). En este sentido el cardenal J.
H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con
decisión: «La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes»(59).
Algunas tendencias de la
teología moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e
individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva la
relación de la libertad con la ley moral, con la naturaleza humana y con la
conciencia, y proponen criterios innovadores de valoración moral de los actos.
Se trata de tendencias que, aun en su diversidad, coinciden en el hecho de
debilitar o incluso negar la dependencia de la libertad con respecto a la
verdad.
Si queremos hacer un
discernimiento crítico de estas tendencias —capaz de reconocer cuanto hay en
ellas de legítimo, útil y valioso y de indicar, al mismo tiempo, sus
ambigüedades, peligros y errores—, debemos examinarlas teniendo en cuenta que
la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido
expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo:
«Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
«Del árbol de la ciencia
del bien y del mal no comerás» (Gn 2, 17)
35. Leemos en el libro del
Génesis: «Dios impuso al hombre este mandamiento: "De cualquier árbol del
jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no
comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio"» (Gn 2,
16-17).
Con esta imagen, la
Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece
al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente libre, desde el momento
en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una
libertad muy amplia, porque puede comer «de cualquier árbol del jardín». Pero
esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el árbol de la
ciencia del bien y del mal, por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios
le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena
realización en esta aceptación. Dios, el único que es Bueno, conoce
perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se
lo propone en los mandamientos.
La ley de Dios, pues, no
atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y
promueve. Pero, en contraste con lo anterior, algunas tendencias culturales
contemporáneas abogan por determinadas orientaciones éticas, que tienen como
centro de su pensamiento un pretendido conflicto entre la libertad y la ley.
Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la
facultad de decidir sobre el bien y el mal: la libertad humana podría «crear
los valores» y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto de que
la verdad misma sería considerada una creación de la libertad; la cual
reivindicaría tal grado de autonomía moral que prácticamente significaría su
soberanía absoluta.
36. La demanda de
autonomía que se da en nuestros días no ha dejado de ejercer su influencia
incluso en el ámbito de la teología moral católica. En efecto, si bien ésta
nunca ha intentado contraponer la libertad humana a la ley divina, ni poner en
duda la existencia de un fundamento religioso último de las normas morales, ha
sido llevada, no obstante, a un profundo replanteamiento del papel de la razón
y de la fe en la fijación de las normas morales que se refieren a específicos
comportamientos «intramundanos», es decir, con respecto a sí mismos, a los
demás y al mundo de las cosas.
Se debe constatar que en
la base de este esfuerzo de replanteamiento se encuentran algunas demandas
positivas, que, por otra parte, pertenecen, en su mayoría, a la mejor
tradición del pensamiento católico. Interpelados por el concilio Vaticano II(60),
se ha querido favorecer el diálogo con la cultura moderna, poniendo de relieve
el carácter racional —y por lo tanto universalmente comprensible y
comunicable— de las normas morales correspondientes al ámbito de la ley moral
y natural(61). Se ha querido reafirmar, además, el carácter interior de las
exigencias éticas que derivan de esa misma ley y que no se imponen a la
voluntad como una obligación, sino en virtud del reconocimiento previo de la
razón humana y, concretamente, de la conciencia personal.
Olvidando, sin embargo,
que la razón humana depende de la Sabiduría divina y que, en el estado actual
de naturaleza caída, existe la necesidad y la realidad efectiva de la divina
Revelación para el conocimiento de verdades morales incluso de orden
natural(62), algunos han llegado a teorizar una completa autonomía de la razón
en el ámbito de las normas morales relativas al recto ordenamiento de la vida
en este mundo. Tales normas constituirían el ámbito de una moral solamente
«humana», es decir, serían la expresión de una ley que el hombre se da
autónomamente a sí mismo y que tiene su origen exclusivamente en la razón
humana. Dios en modo alguno podría ser considerado autor de esta ley, a no ser
en el sentido de que la razón humana ejerce su autonomía legisladora en virtud
de un mandato originario y total de Dios al hombre. Ahora bien, estas
tendencias de pensamiento han llevado a negar, contra la sagrada Escritura (cf.
Mt 15, 3-6) y la doctrina perenne de la Iglesia, que la ley moral natural
tenga a Dios como autor y que el hombre, mediante su razón, participe de la
ley eterna, que no ha sido establecida por él.
37. Queriendo, no
obstante, mantener la vida moral en un contexto cristiano, ha sido introducida
por algunos teólogos moralistas una clara distinción, contraria a la doctrina
católica(63), entre un orden ético —que tendría origen humano y valor
solamente mundano—, y un orden de la salvación, para el cual tendrían
importancia sólo algunas intenciones y actitudes interiores ante Dios y el
prójimo. En consecuencia, se ha llegado hasta el punto de negar la existencia,
en la divina Revelación, de un contenido moral específico y determinado,
universalmente válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a proponer
una exhortación, una parénesis genérica, que luego sólo la razón autónoma
tendría el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente
«objetivas», es decir, adecuadas a la situación histórica concreta.
Naturalmente una autonomía concebida así comporta también la negación de una
competencia doctrinal específica por parte de la Iglesia y de su magisterio
sobre normas morales determinadas relativas al llamado «bien humano». Éstas no
pertenecerían al contenido propio de la Revelación y no serían en sí mismas
importantes en orden a la salvación.
No hay nadie que no vea
que semejante interpretación de la autonomía de la razón humana comporta tesis
incompatibles con la doctrina católica.
En este contexto es
absolutamente necesario aclarar, a la luz de la palabra de Dios y de la
tradición viva de la Iglesia, las nociones fundamentales sobre la libertad
humana y la ley moral, así como sus relaciones profundas e internas. Sólo así
será posible corresponder a las justas exigencias de la racionalidad humana,
incorporando los elementos válidos de algunas corrientes de la teología moral
actual, sin prejuzgar el patrimonio moral de la Iglesia con tesis basadas en
un erróneo concepto de autonomía.
Dios quiso dejar al hombre
«en manos de su propio albedrío» (Eclo 15, 14)
38. Citando las palabras
del Eclesiástico, el concilio Vaticano II explica así la «verdadera libertad»
que en el hombre es «signo eminente de la imagen divina»: «Quiso Dios "dejar
al hombre en manos de su propio albedrío", de modo que busque sin coacciones a
su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz
perfección»(64). Estas palabras indican la maravillosa profundidad de la
participación en la soberanía divina, a la que el hombre ha sido llamado;
indican que la soberanía del hombre se extiende, en cierto modo, sobre el
hombre mismo. Éste es un aspecto puesto de relieve constantemente en la
reflexión teológica sobre la libertad humana, interpretada en los términos de
una forma de realeza. Dice, por ejemplo, san Gregorio Niseno: «El ánimo
manifiesta su realeza y excelencia... en su estar sin dueño y libre,
gobernándose autocráticamente con su voluntad. ¿De quién más es propio esto
sino del rey?... Así la naturaleza humana, creada para ser dueña de las demás
criaturas, por la semejanza con el soberano del universo fue constituida como
una viva imagen, partícipe de la dignidad y del nombre del Arquetipo»(65).
Gobernar el mundo
constituye ya para el hombre un cometido grande y lleno de responsabilidad,
que compromete su libertad a obedecer al Creador: «Henchid la tierra y
sometedla» (Gn 1, 28). Bajo este aspecto cada hombre, así como la comunidad
humana, tiene una justa autonomía, a la cual la constitución conciliar Gaudium
et spes dedica una especial atención. Es la autonomía de las realidades
terrenas, la cual significa que «las cosas creadas y las sociedades mismas
gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y
ordenar paulatinamente»(66).
39. No sólo el mundo, sino
también el hombre mismo ha sido confiado a su propio cuidado y
responsabilidad. Dios lo ha dejado «en manos de su propio albedrío» (Eclo 15,
14), para que busque a su creador y alcance libremente la perfección. Alcanzar
significaedificar personalmente en sí mismo esta perfección. En efecto, igual
que gobernando el mundo el hombre lo configura según su inteligencia y
voluntad, así realizando actos moralmente buenos, el hombre confirma,
desarrolla y consolida en sí mismo la semejanza con Dios.
El Concilio, no obstante,
llama la atención ante un falso concepto de autonomía de las realidades
terrenas: el que considera que «las cosas creadas no dependen de Dios y que el
hombre puede utilizarlas sin hacer referencia al Creador»(67). De cara al
hombre, semejante concepto de autonomía produce efectos particularmente
perjudiciales, asumiendo en última instancia un carácter ateo: «Pues sin el
Creador la criatura se diluye... Además, por el olvido de Dios la criatura
misma queda oscurecida»(68).
40. La enseñanza del
Concilio subraya, por un lado, la actividad de la razón humana cuando
determina la aplicación de la ley moral: la vida moral exige la creatividad y
la ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos
deliberados. Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la
ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina(69). La vida
moral se basa, pues, en el principio de una «justa autonomía»(70) del hombre,
sujeto personal de sus actos. La ley moral proviene de Dios y en él tiene
siempre su origen. En virtud de la razón natural, que deriva de la sabiduría
divina, la ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre. En efecto,
la ley natural, como se ha visto, «no es otra cosa que la luz de la
inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que
se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios ha donado esta luz y esta ley en
la creación»(71). La justa autonomía de la razón práctica significa que el
hombre posee en sí mismo la propia ley, recibida del Creador. Sin embargo, la
autonomía de la razón no puede significar la creación, por parte de la misma
razón, de los valores y de las normas morales(72). Si esta autonomía implicase
una negación de la participación de la razón práctica en la sabiduría del
Creador y Legislador divino, o bien se sugiriera una libertad creadora de las
normas morales, según las contingencias históricas o las diversas sociedades y
culturas, tal pretendida autonomía contradiría la enseñanza de la Iglesia
sobre la verdad del hombre(73). Sería la muerte de la verdadera libertad: «Mas
del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque, el día que
comieres de él, morirás sin remedio» (Gn 2, 17).
41. La verdadera autonomía
moral del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptación de la
ley moral, del mandato de Dios: «Dios impuso al hombre este mandamiento...» (Gn
2, 16). La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas
a compenetrarse entre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre a
Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre. Y, por tanto, la
obediencia a Dios no es, como algunos piensan, una heteronomía, como si la
vida moral estuviese sometida a la voluntad de una omnipotencia absoluta,
externa al hombre y contraria a la afirmación de su libertad. En realidad, si
heteronomía de la moral significase negación de la autodeterminación del
hombre o imposición de normas ajenas a su bien, tal heteronomía estaría en
contradicción con la revelación de la Alianza y de la Encarnación redentora, y
no sería más que una forma de alienación, contraria a la sabiduría divina y a
la dignidad de la persona humana.
Algunos hablan justamente
de teonomía, o de teonomía participada, porque la libre obediencia del hombre
a la ley de Dios implica efectivamente que la razón y la voluntad humana
participan de la sabiduría y de la providencia de Dios. Al prohibir al hombre
que coma «del árbol de la ciencia del bien y del mal», Dios afirma que el
hombre no tiene originariamente este «conocimiento», sino que participa de él
solamente mediante la luz de la razón natural y de la revelación divina, que
le manifiestan las exigencias y las llamadas de la sabiduría eterna. Por
tanto, la ley debe considerarse como una expresión de la sabiduría divina.
Sometiéndose a ella, la libertad se somete a la verdad de la creación. Por
esto conviene reconocer en la libertad de la persona humana la imagen y
cercanía de Dios, que está «presente en todos» (cf. Ef 4, 6); asimismo,
conviene proclamar la majestad del Dios del universo y venerar la santidad de
la ley de Dios infinitamente trascendente. Deus semper maior(74).
Dichoso el hombre que se
complace en la ley del Señor (cf. Sal 1, 1-2)
42. La libertad del
hombre, modelada según la de Dios, no sólo no es negada por su obediencia a la
ley divina, sino que solamente mediante esta obediencia permanece en la verdad
y es conforme a la dignidad del hombre, como dice claramente el Concilio: «La
dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección
consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y
no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa.
El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las
pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con
eficacia y habilidad los medios adecuados para ello»(75). El hombre, en su
tender hacia Dios —«el único Bueno»—, debe hacer libremente el bien y evitar
el mal. Pero para esto el hombre debe poder distinguir el bien del mal. Y esto
sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón natural, reflejo en el hombre
del esplendor del rostro de Dios. A este respecto, comentando un versículo del
Salmo 4, afirma santo Tomás: «El salmista, después de haber dicho: "sacrificad
un sacrificio de justicia" (Sal 4, 6), añade, para los que preguntan cuáles
son las obras de justicia: "Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? "; y,
respondiendo a esta pregunta, dice: "La luz de tu rostro, Señor, ha quedado
impresa en nuestras mentes", como si la luz de la razón natural, por la cual
discernimos lo bueno y lo malo —tal es el fin de la ley natural—, no fuese
otra cosa que la luz divina impresa en nosotros»(76). De esto se deduce el
motivo por el cual esta ley se llama ley natural: no por relación a la
naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la promulga es
propia de la naturaleza humana(77).
43. El concilio Vaticano
II recuerda que «la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina,
eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna,
con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la
comunidad humana. Dios hace al hombre partícipe de esta ley suya, de modo que
el hombre, según ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda
reconocer cada vez más la verdad inmutable»(78).
El Concilio remite a la
doctrina clásica sobre la ley eterna de Dios. San Agustín la define como «la
razón o la voluntad de Dios que manda conservar el orden natural y prohíbe
perturbarlo»(79); santo Tomás la identifica con «la razón de la sabiduría
divina, que mueve todas las cosas hacia su debido fin»(80). Pero la sabiduría
de Dios es providencia, amor solícito. Es, pues, Dios mismo quien ama y, en el
sentido más literal y fundamental, se cuida de toda la creación (cf. Sb 7, 22;
8-11). Sin embargo, Dios provee a los hombres de manera diversa respecto a los
demás seres que no son personas: no desde fuera, mediante las leyes inmutables
de la naturaleza física, sino desde dentro, mediante la razón que, conociendo
con la luz natural la ley eterna de Dios, es por esto mismo capaz de indicar
al hombre la justa dirección de su libre actuación(81). De esta manera, Dios
llama al hombre a participar de su providencia, queriendo por medio del hombre
mismo, o sea, a través de su cuidado razonable y responsable, dirigir el
mundo: no sólo el mundo de la naturaleza, sino también el de las personas
humanas. En este contexto, como expresión humana de la ley eterna de Dios, se
sitúa la ley natural: «La criatura racional, entre todas las demás —afirma
santo Tomás—, está sometida a la divina Providencia de una manera especial, ya
que se hace partícipe de esa providencia, siendo providente para sí y para los
demás. Participa, pues, de la razón eterna; ésta le inclina naturalmente a la
acción y al fin debidos. Y semejante participación de la ley eterna en la
criatura racional se llama ley natural»(82).
44. La Iglesia se ha
referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en
su enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León XIII ponía de relieve la
esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la sabiduría de Dios y
a su ley. Después de afirmar que «la ley natural está escrita y grabada en el
ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la
misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar», León
XIII se refiere a la «razón más alta» del Legislador divino. «Pero tal
prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la
voz e intérprete de una razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra
libertad deben estar sometidos». En efecto, la fuerza de la ley reside en su
autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos
comportamientos: «Ahora bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese
él mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones». Y
concluye: «De ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, ínsita
en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les
conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo»(83).
El hombre puede reconocer
el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él
mismo realiza mediante su razón iluminada por la revelación divina y por la
fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los
mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios
como don particular y signo de la elección y de la alianza divina, y a la vez
como garantía de la bendición de Dios. Así Moisés podía dirigirse a los hijos
de Israel y preguntarles: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses
tan cerca como lo está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? Y ¿cuál
es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley
que yo os expongo hoy?» (Dt 4, 7-8). Es en los Salmos donde encontramos los
sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido está
llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla,
meditarla y traducirla en la vida: «¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo
de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de
los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Señor, su ley susurra
día y noche!» (Sal 1, 1-2). «La ley del Señor es perfecta, consolación del
alma, el dictamen del Señor, veraz, sabiduría del sencillo. Los preceptos del
Señor son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento del Señor, luz de los
ojos» (Sal 19, 8-9).
45. La Iglesia acoge con
reconocimiento y custodia con amor todo el depósito de la Revelación, tratando
con religioso respeto y cumpliendo su misión de interpretar la ley de Dios de
manera auténtica a la luz del Evangelio. Además, la Iglesia recibe como don la
Ley nueva, que es el «cumplimiento» de la ley de Dios en Jesucristo y en su
Espíritu. Es una ley «interior» (cf. Jr 31, 31-33), «escrita no con tinta,
sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de
carne, en los corazones» (2 Co 3, 3); una ley de perfección y de libertad (cf.
2 Co 3, 17); es «la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8,
2). Sobre esta ley dice santo Tomás: «Ésta puede llamarse ley en doble
sentido. En primer lugar, ley del espíritu es el Espíritu Santo... que, por
inhabitación en el alma, no sólo enseña lo que es necesario realizar
iluminando el entendimiento sobre las cosas que hay que hacer, sino también
inclina a actuar con rectitud... En segundo lugar, ley del espíritu puede
llamarse el efecto propio del Espíritu Santo, es decir, la fe que actúa por la
caridad (Ga 5, 6), la cual, por eso mismo, enseña interiormente sobre las
cosas que hay que hacer... e inclina el afecto a actuar»(84).
Aunque en la reflexión
teológico-moral se suele distinguir la ley de Dios positiva o revelada de la
natural, y en la economía de la salvación se distingue la ley antigua de la
nueva, no se puede olvidar que éstas y otras distinciones útiles se refieren
siempre a la ley cuyo autor es el mismo y único Dios, y cuyo destinatario es
el hombre. Los diversos modos con que Dios se cuida del mundo y del hombre, no
sólo no se excluyen entre sí, sino que se sostienen y se compenetran
recíprocamente. Todos tienen su origen y confluyen en el eterno designio sabio
y amoroso con el que Dios predestina a los hombres «a reproducir la imagen de
su Hijo» (Rm 8, 29). En este designio no hay ninguna amenaza para la verdadera
libertad del hombre; al contrario, la aceptación de este designio es la única
vía para la consolidación de dicha libertad.
«Como quienes muestran
tener la realidad de esa ley
escrita en su corazón» (Rm 2, 15)