Carta Encíclica del Sumo
Pontífice Juan Pablo II
a los obispos
a los sacerdotes y diáconos
a los religiosos y religiosas
a los fieles laicos
y a todas las personas de buena voluntad sobre
el valor y el carácter inviolable de la vida
humana
Dado en Roma, junto a san
Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1995,
decimoséptimo de mi Pontificado.
Introducción
Valor
incomparable de la persona humana
Nuevas
amenazas a la vida humana
En
comunión con todos los Obispos del mundo
Capítulo
I. La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo; actuales amenazas a la
vida humana
Capítulo
II He venido para que tengan vida; mensaje cristiano sobre la vida
Capítulo
III No matarás; la ley santa de Dios
Capítulo
IV A mí me lo hicisteis; por una nueva cultura de la vida humana
Conclusión
1. El Evangelio de la vida
está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la
Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres
de todas las épocas y culturas.
En la aurora de la
salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: « Os
anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor » (Lc 2, 10-11). El
nacimiento del Salvador produce ciertamente esta « gran alegría »; pero la
Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento
humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de
la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21).
Presentando el núcleo
central de su misión redentora, Jesús dice: « Yo he venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida «
nueva » y « eterna », que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo
hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu
Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran pleno
significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
2. El hombre está llamado
a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia
terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo
sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la
vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es
condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso
unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es
iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que
alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Al mismo
tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de
la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad «
última », sino « penúltima »; es realidad sagrada, que se nos confía para que
la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el
amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia sabe que este
Evangelio de la vida, recibido de su Señor,(1) tiene un eco profundo y
persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente,
porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo
sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun
entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el
influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural
escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana
desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a
ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este
derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo
deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la
maravillosa verdad recordada por el Concilio Vaticano II: « El Hijo de Dios,
con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre ».(2) En
efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el
amor infinito de Dios que « tanto amó al mundo que dio a su Hijo único » (Jn
3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando
asiduamente el misterio de la Redención, descubre con renovado asombro este
valor(3) y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos
este « evangelio », fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría
para cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el
Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único
e indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el
hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia.(4)
3. Cada persona,
precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1,
14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a
la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la
Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de
Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo
el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).
Hoy este anuncio es
particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de
las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando
ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre,
las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con
nuevas facetas y dimensiones inquietantes.
Ya el Concilio Vaticano II,
en una página de dramática actualidad, denunció con fuerza los numerosos
delitos y atentados contra la vida humana. A treinta años de distancia,
haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar, una vez más y con
idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la certeza de
interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta: « Todo lo que
se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios,
el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la
integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas
corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo
que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida,
los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones
ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros
instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas
cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la
civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes
padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador
».(5)
4. Por desgracia, este
alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más bien agrandando. Con las
nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen
nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se
va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los
atentados contra la vida un aspecto inédito y —podría decirse— aún más inicuo
ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión
pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos
de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la
impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de
practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de
las estructuras sanitarias.
En la actualidad, todo
esto provoca un cambio profundo en el modo de entender la vida y las
relaciones entre los hombres. El hecho de que las legislaciones de muchos
países, alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus
Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena
legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo, un síntoma
preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones, antes
consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido
moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina,
que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se
presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra
la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando
la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso
los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre
numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa por
parte de las comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran
expuestos a soluciones falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el
bien de las personas y de las naciones.
El resultado al que se
llega es dramático: si es muy grave y preocupante el fenómeno de la
eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no
menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi
oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir
la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental
mismo de la vida humana.
5. El Consistorio
extraordinario de Cardenales, celebrado en Roma del 4 al 7 de abril de 1991,
se dedicó al problema de las amenazas a la vida humana en nuestro tiempo.
Después de un amplio y profundo debate sobre el tema y sobre los desafíos
presentados a toda la familia humana y, en particular, a la comunidad
cristiana, los Cardenales, con voto unánime, me pidieron ratificar, con la
autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su carácter
inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los atentados que
hoy la amenazan.
Acogiendo esta petición,
escribí en Pentecostés de 1991 una carta personal a cada Hermano en el
Episcopado para que, en el espíritu de colegialidad episcopal, me ofreciera su
colaboración para redactar un documento al respecto.(6) Estoy profundamente
agradecido a todos los Obispos que contestaron, enviándome valiosas
informaciones, sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron así su unánime y
convencida participación en la misión doctrinal y pastoral de la Iglesia sobre
el Evangelio de la vida.
En la misma carta, a pocos
días de la celebración del centenario de la Encíclica Rerum novarum, llamaba
la atención de todos sobre esta singular analogía: « Así como hace un siglo la
clase obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó
su defensa con gran valentía, proclamando los derechos sacrosantos de la
persona del trabajador, así ahora, cuando otra categoría de personas está
oprimida en su derecho fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de
dar voz, con la misma valentía, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor
evangélico en defensa de los pobres del mundo y de quienes son amenazados,
despreciados y oprimidos en sus derechos humanos ».(7)
Hoy una gran multitud de
seres humanos débiles e indefensos, como son, concretamente, los niños aún no
nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la
Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces
existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del
pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo
injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como
elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial.
La presente Encíclica,
fruto de la colaboración del Episcopado de todos los Países del mundo, quiere
ser pues una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su
carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a
cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda
vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo,
libertad verdadera, paz y felicidad!
¡Que estas palabras
lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia! ¡Que lleguen a todas las
personas de buena voluntad, interesadas por el bien de cada hombre y mujer y
por el destino de toda la sociedad!
6. En comunión profunda
con cada uno de los hermanos y hermanas en la fe, y animado por una amistad
sincera hacia todos, quiero meditar de nuevo y anunciar el Evangelio de la
vida, esplendor de la verdad que ilumina las conciencias, luz diáfana que sana
la mirada oscurecida, fuente inagotable de constancia y valor para afrontar
los desafíos siempre nuevos que encontramos en nuestro camino.
Al recordar la rica
experiencia vivida durante el Año de la Familia, como completando idealmente
la Carta dirigida por mí « a cada familia de cualquier región de la tierra
»,(8) miro con confianza renovada a todas las comunidades domésticas, y deseo
que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener la
familia, para que también hoy —aun en medio de numerosas dificultades y de
graves amenazas— ella se mantenga siempre, según el designio de Dios, como «
santuario de la vida ».(9)
A todos los miembros de la
Iglesia, pueblo de la vida y para la vida, dirijo mi más apremiante invitación
para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de
esperanza, trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se
afiance una nueva cultura de la vida humana, para la edificación de una
auténtica civilización de la verdad y del amor.
« Caín se lanzó contra su
hermano Abel y lo mató » (Gn 4, 8): raíz de la violencia contra la vida
7. « No fue Dios quien
hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo
creó para que subsistiera... Porque Dios creó al hombre para la
incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del
diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen »
(Sb 1, 13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida,
proclamado al principio con la creación del hombre a imagen de Dios para un
destino de vida plena y perfecta (cf. Gn 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en
contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra en el mundo
y oscurece el sentido de toda la existencia humana. La muerte entra por la
envidia del diablo (cf. Gn 3, 1.4-5) y por el pecado de los primeros padres (cf.
Gn 2, 17; 3, 17-19). Y entra de un modo violento, a través de la muerte de
Abel causada por su hermano Caín: « Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín
contra su hermano Abel y lo mató » (Gn 4, 8).
Esta primera muerte es
presentada con una singular elocuencia en una página emblemática del libro del
Génesis. Una página que cada día se vuelve a escribir, sin tregua y con
degradante repetición, en el libro de la historia de los pueblos.
Releamos juntos esta
página bíblica, que, a pesar de su carácter arcaico y de su extrema
simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue Abel pastor de
ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo, y Caín hizo al Señor una oblación
de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de
su rebaño, y de la grasa de los mismos. El Señor miró propicio a Abel y su
oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual se irritó
Caín en gran manera y se abatió su rostro. El Señor dijo a Caín: "¿Por qué
andas irritado, y por qué se ha abatido tu rostro? ¿No es cierto que si obras
bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado
acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar".
Caín dijo a su hermano
Abel: "Vamos afuera". Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su
hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín:
"¿Dónde está tu hermano Abel?". Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de
mi hermano?". Replicó el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu
hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este
suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.
Aunque labres el suelo, no te dará más fruto. Vagabundo y errante serás en la
tierra".
Entonces dijo Caín al
Señor: "Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me
echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en
vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará".
El Señor le respondió: "Al
contrario, quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces". Y el Señor
puso una señal a Caín para que nadie que lo encontrase le atacara. Caín salió
de la presencia del Señor, y se estableció en el país de Nod, al oriente de
Edén » (Gn 4, 2-16).
8. Caín se « irritó en
gran manera » y su rostro se « abatió » porque el Señor « miró propicio a Abel
y su oblación » (Gn 4, 4). El texto bíblico no dice el motivo por el que Dios
prefirió el sacrificio de Abel al de Caín; sin embargo, indica con claridad
que, aun prefiriendo la oblación de Abel, no interrumpió su diálogo con Caín.
Le reprende recordándole su libertad frente al mal: el hombre no está
predestinado al mal. Ciertamente, igual que Adán, es tentado por el poder
maléfico del pecado que, como bestia feroz, está acechando a la puerta de su
corazón, esperando lanzarse sobre la presa. Pero Caín es libre frente al
pecado. Lo puede y lo debe dominar: « Como fiera que te codicia, y a quien
tienes que dominar » (Gn 4, 7).
Los celos y la ira
prevalecen sobre la advertencia del Señor, y así Caín se lanza contra su
hermano y lo mata. Como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica, « la
Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín,
revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre
de la ira y la codicia, consecuencia del pecado original. El hombre se
convirtió en el enemigo de sus semejantes ».(10)
El hermano mata a su
hermano. Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el
parentesco « espiritual » que agrupa a los hombres en una única gran
familia(11) donde todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica
dignidad personal. Además, no pocas veces se viola también el parentesco « de
carne y sangre », por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la
relación entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un
contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la
eutanasia.
En la raíz de cada
violencia contra el prójimo se cede a la lógica del maligno, es decir, de
aquél que « era homicida desde el principio » (Jn 8, 44), como nos recuerda el
apóstol Juan: « Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio:
que nos amemos unos a otros. No como Caín, que, siendo del maligno, mató a su
hermano » (1 Jn 3, 11-12). Así, esta muerte del hermano al comienzo de la
historia es el triste testimonio de cómo el mal avanza con rapidez
impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en el paraíso terrenal se
añade la lucha mortal del hombre contra el hombre.
Después del delito, Dios
interviene para vengar al asesinado. Caín, frente a Dios, que le pregunta
sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude la
pregunta con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? » (Gn
4, 9). « No sé ». Con la mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha
sucedido con frecuencia y sigue sucediendo cuando las ideologías más diversas
sirven para justificar y encubrir los atentados más atroces contra la persona.
« ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? »: Caín no quiere pensar en su
hermano y rechaza asumir aquella responsabilidad que cada hombre tiene en
relación con los demás. Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias
actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos
síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más
débiles de la sociedad —es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños— y
la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre los
pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales como la
supervivencia, la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar
impune el delito: desde el suelo sobre el que fue derramada, la sangre del
asesinado clama justicia a Dios (cf. Gn 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De
este texto la Iglesia ha sacado la denominación de « pecados que claman
venganza ante la presencia de Dios » y entre ellos ha incluido, en primer
lugar, el homicidio voluntario(12) Para los hebreos, como para otros muchos
pueblos de la antigüedad, en la sangre se encuentra la vida, mejor aún, « la
sangre es la vida » (Dt 12, 23) y la vida, especialmente la humana, pertenece
sólo a Dios: por eso quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera
atenta contra Dios mismo.
Caín es maldecido por Dios
y también por la tierra, que le negará sus frutos (cf. Gn 4, 11-12). Y es
castigado: tendrá que habitar en la estepa y en el desierto. La violencia
homicida cambia profundamente el ambiente de vida del hombre. La tierra de «
jardín de Edén » (Gn 2, 15), lugar de abundancia, de serenas relaciones
interpersonales y de amistad con Dios, pasa a ser « país de Nod » (Gn 4, 16),
lugar de « miseria », de soledad y de lejanía de Dios. Caín será « vagabundo
errante por la tierra » (Gn 4, 14): la inseguridad y la falta de estabilidad
lo acompañarán siempre.
Pero Dios, siempre
misericordioso incluso cuando castiga, « puso una señal a Caín para que nadie
que le encontrase le atacara » (Gn 4, 15). Le da, por tanto, una señal de
reconocimiento, que tiene como objetivo no condenarlo a la execración de los
demás hombres, sino protegerlo y defenderlo frente a quienes querrán matarlo
para vengar así la muerte de Abel. Ni siquiera el homicida pierde su dignidad
personal y Dios mismo se hace su garante. Es justamente aquí donde se
manifiesta el misterio paradójico de la justicia misericordiosa de Dios, como
escribió san Ambrosio: « Porque se había cometido un fratricidio, esto es, el
más grande de los crímenes, en el momento mismo en que se introdujo el pecado,
se debió desplegar la ley de la misericordia divina; ya que, si el castigo
hubiera golpeado inmediatamente al culpable, no sucedería que los hombres, al
castigar, usen cierta tolerancia o suavidad, sino que entregarían
inmediatamente al castigo a los culpables. (...) Dios expulsó a Caín de su
presencia y, renegado por sus padres, lo desterró como al exilio de una
habitación separada, por el hecho de que había pasado de la humana benignidad
a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso castigar al homicida con el
homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte ».(13)
« ¿Qué has hecho? » (Gn 4,
10): eclipse del valor de la vida
10. El Señor dice a Caín:
« ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo »
(Gn 4, 10). La voz de la sangre derramada por los hombres no cesa de clamar,
de generación en generación, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre
nuevos.
La pregunta del Señor «
¿Qué has hecho? », que Caín no puede esquivar, se dirige también al hombre
contemporáneo para que tome conciencia de la amplitud y gravedad de los
atentados contra la vida, que siguen marcando la historia de la humanidad;
para que busque las múltiples causas que los generan y alimentan; reflexione
con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos mismos
atentados para la vida de las personas y de los pueblos.
Hay amenazas que proceden
de la naturaleza misma, y que se agravan por la desidia culpable y la
negligencia de los hombres que, no pocas veces, podrían remediarlas. Otras,
sin embargo, son fruto de situaciones de violencia, odio, intereses
contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre sí con homicidios,
guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo no pensar también en
la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños,
forzados a la miseria, a la desnutrición, y al hambre, a causa de una inicua
distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales? ¿o en la
violencia derivada, incluso antes que de las guerras, de un comercio
escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos conflictos armados que
ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de muerte que se realiza con el
temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con la criminal difusión de
la droga, o con el fomento de modelos de práctica de la sexualidad que, además
de ser moralmente inaceptables, son también portadores de graves riesgos para
la vida? Es imposible enumerar completamente la vasta gama de amenazas contra
la vida humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro
tiempo!
11. Pero nuestra atención
quiere concentrarse, en particular, en otro género de atentados, relativos a
la vida naciente y terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al
pasado y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden
a perder, en la conciencia colectiva, el carácter de « delito » y a asumir
paradójicamente el de « derecho », hasta el punto de pretender con ello un
verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva
ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes sanitarios.
Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de máxima precariedad,
cuando está privada de toda capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de
que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la
familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, « santuario de
la vida ».
¿Cómo se ha podido llegar
a una situación semejante? Se deben tomar en consideración múltiples factores.
En el fondo hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo
en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más
difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes. A
esto se añaden las más diversas dificultades existenciales y relacionales,
agravadas por la realidad de una sociedad compleja, en la que las personas,
los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia solas con sus
problemas. No faltan además situaciones de particular pobreza, angustia o
exasperación, en las que la prueba de la supervivencia, el dolor hasta el
límite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas
contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoción de la vida
sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al
menos en parte, cómo el valor de la vida pueda hoy sufrir una especie de «
eclipse », aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e
intangible, como demuestra el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos
delitos contra la vida naciente o terminal con expresiones de tipo sanitario,
que distraen la atención del hecho de estar en juego el derecho a la
existencia de una persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y
graves aspectos de la actual problemática social pueden explicar en cierto
modo el clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las
personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a
una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y
auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura
contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «
cultura de muerte ». Esta estructura está activamente promovida por fuertes
corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de
la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de
vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos
contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida
por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada
de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más
simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo
de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay
que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de « conjura
contra la vida », que afecta no sólo a las personas concretas en sus
relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando
a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y
los Estados.
13. Para facilitar la
difusión del aborto, se han invertido y se siguen invirtiendo ingentes sumas
destinadas a la obtención de productos farmacéuticos, que hacen posible la
muerte del feto en el seno materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del
médico. La misma investigación científica sobre este punto parece preocupada
casi exclusivamente por obtener productos cada vez más simples y eficaces
contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma
de control y responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia
que la anticoncepción, segura y asequible a todos, es el remedio más eficaz
contra el aborto. Se acusa además a la Iglesia católica de favorecer de hecho
el aborto al continuar obstinadamente enseñando la ilicitud moral de la
anticoncepción. La objeción, mirándolo bien, se revela en realidad falaz. En
efecto, puede ser que muchos recurran a los anticonceptivos incluso para
evitar después la tentación del aborto. Pero los contravalores inherentes a la
« mentalidad anticonceptiva » —bien diversa del ejercicio responsable de la
paternidad y maternidad, respetando el significado pleno del acto conyugal—
son tales que hacen precisamente más fuerte esta tentación, ante la eventual
concepción de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista está
particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza
de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto,
desde el punto de vista moral, son males específicamente distintos: la primera
contradice la verdad plena del acto sexual como expresión propia del amor
conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción se
opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud
de la justicia y viola directamente el precepto divino « no matarás ».
A pesar de su diversa
naturaleza y peso moral, muy a menudo están íntimamente relacionados, como
frutos de una misma planta. Es cierto que no faltan casos en los que se llega
a la anticoncepción y al mismo aborto bajo la presión de múltiples
dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden eximir del esfuerzo
por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos otros casos estas
prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable
respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de libertad que ve
en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad. Así,
la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a
evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una
anticoncepción frustrada.
Lamentablemente la
estrecha conexión que, como mentalidad, existe entre la práctica de la
anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez más y lo demuestra de
modo alarmante también la preparación de productos químicos, dispositivos
intrauterinos y « vacunas » que, distribuidos con la misma facilidad que los
anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las primerísimas fases
de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas
técnicas de reproducción artificial, que parecerían puestas al servicio de la
vida y que son practicadas no pocas veces con esta intención, en realidad dan
pie a nuevos atentados contra la vida. Más allá del hecho de que son
moralmente inaceptables desde el momento en que separan la procreación del
contexto integralmente humano del acto conyugal,(14) estas técnicas registran
altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la fecundación como al
desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de muerte por lo general
en brevísimo tiempo. Además, se producen con frecuencia embriones en número
superior al necesario para su implantación en el seno de la mujer, y estos así
llamados « embriones supernumerarios » son posteriormente suprimidos o
utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico
o médico, reducen en realidad la vida humana a simple « material biológico »
del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos
prenatales, que no presentan dificultades morales si se realizan para
determinar eventuales cuidados necesarios para el niño aún no nacido, con
mucha frecuencia son ocasión para proponer o practicar el aborto. Es el aborto
eugenésico, cuya legitimación en la opinión pública procede de una mentalidad
—equivocadamente considerada acorde con las exigencias de la « terapéutica »—
que acoge la vida sólo en determinadas condiciones, rechazando la limitación,
la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta misma
lógica, se ha llegado a negar los cuidados ordinarios más elementales, y hasta
la alimentación, a niños nacidos con graves deficiencias o enfermedades.
Además, el panorama actual resulta aún más desconcertante debido a las
propuestas, hechas en varios lugares, de legitimar, en la misma línea del
derecho al aborto, incluso el infanticidio, retornando así a una época de
barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos
graves afectan también a los enfermos incurables y a los terminales, en un
contexto social y cultural que, haciendo más difícil afrontar y soportar el
sufrimiento, agudiza la tentación de resolver el problema del sufrimiento
eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al momento considerado como más
oportuno.
En una decisión así
confluyen con frecuencia elementos diversos, lamentablemente convergentes en
este terrible final. Puede ser decisivo, en el enfermo, el sentimiento de
angustia, exasperación, e incluso desesperación, provocado por una experiencia
de dolor intenso y prolongado. Esto supone una dura prueba para el equilibrio
a veces ya inestable de la vida familiar y personal, de modo que, por una
parte, el enfermo —no obstante la ayuda cada vez más eficaz de la asistencia
médica y social—, corre el riesgo de sentirse abatido por la propia
fragilidad; por otra, en las personas vinculadas afectivamente con el enfermo,
puede surgir un sentimiento de comprensible aunque equivocada piedad. Todo
esto se ve agravado por un ambiente cultural que no ve en el sufrimiento
ningún significado o valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que
debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una
visión religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del
horizonte cultural no deja de influir también una especie de actitud
prometeica del hombre que, de este modo, se cree señor de la vida y de la
muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado
por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y
esperanza. Encontramos una trágica expresión de todo esto en la difusión de la
eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada abiertamente o incluso
legalizada. Esta, más que por una presunta piedad ante el dolor del paciente,
es justificada a veces por razones utilitarias, de cara a evitar gastos
innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone así la
eliminación de los recién nacidos malformados, de los minusválidos graves, de
los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los
enfermos terminales. No nos es lícito callar ante otras formas más engañosas,
pero no menos graves o reales, de eutanasia. Estas podrían producirse cuando,
por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de órganos para trasplante, se
procede a la extracción de los órganos sin respetar los criterios objetivos y
adecuados que certifican la muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual,
en el que confluyen frecuentemente amenazas y atentados contra la vida, es el
demográfico. Este presenta modalidades diversas en las diferentes partes del
mundo: en los Países ricos y desarrollados se registra una preocupante
reducción o caída de los nacimientos; los Países pobres, por el contrario,
presentan en general una elevada tasa de aumento de la población, difícilmente
soportable en un contexto de menor desarrollo económico y social, o incluso de
grave subdesarrollo. Ante la superpoblación de los Países pobres faltan, a
nivel internacional, medidas globales —serias políticas familiares y sociales,
programas de desarrollo cultural y de justa producción y distribución de los
recursos— mientras se continúan realizando políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la
esterilización y el aborto están ciertamente entre las causas que contribuyen
a crear situaciones de fuerte descenso de la natalidad. Puede ser fácil la
tentación de recurrir también a los mismos métodos y atentados contra la vida
en las situaciones de « explosión demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo
como una pesadilla la presencia y aumento de los hijos de Israel, los sometió
a toda forma de opresión y ordenó que fueran asesinados todos los recién
nacidos varones de las mujeres hebreas (cf. Ex 1, 7-22). Del mismo modo se
comportan hoy no pocos poderosos de la tierra. Estos consideran también como
una pesadilla el crecimiento demográfico actual y temen que los pueblos más
prolíficos y más pobres representen una amenaza para el bienestar y la
tranquilidad de sus Países. Por consiguiente, antes que querer afrontar y
resolver estos graves problemas respetando la dignidad de las personas y de
las familias, y el derecho inviolable de todo hombre a la vida, prefieren
promover e imponer por cualquier medio una masiva planificación de los
nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían dispuestos a dar, se
condicionan injustamente a la aceptación de una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy
nos ofrece un espectáculo verdaderamente alarmante, si consideramos no sólo
los diversos ámbitos en los que se producen los atentados contra la vida, sino
también su singular proporción numérica, junto con el múltiple y poderoso
apoyo que reciben de una vasta opinión pública, de un frecuente reconocimiento
legal y de la implicación de una parte del personal sanitario.
Como afirmé con fuerza en
Denver, con ocasión de la VIII Jornada Mundial de la Juventud: « Con el
tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren
dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de
las fuerzas de la naturaleza o de los "Caínes" que asesinan a los "Abeles";
no, se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El
siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una
serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas
inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor
éxito posible ».(15) Más allá de las intenciones, que pueden ser diversas y
presentar tal vez aspectos convincentes incluso en nombre de la solidaridad,
estamos en realidad ante una objetiva « conjura contra la vida », que ve
implicadas incluso a Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y
programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la
esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios de
comunicación social son con frecuencia cómplices de esta conjura, creando en
la opinión pública una cultura que presenta el recurso a la anticoncepción, la
esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y
conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del
progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda
de mi hermano? » (Gn 4, 9): una idea perversa de libertad
18. El panorama descrito
debe considerarse atendiendo no sólo a los fenómenos de muerte que lo
caracterizan, sino también a lasmúltiples causas que lo determinan. La
pregunta del Señor: « ¿Qué has hecho? » (Gn 4, 10) parece como una invitación
a Caín para ir más allá de la materialidad de su gesto homicida, y comprender
toda su gravedad en las motivaciones que estaban en su origen y en las
consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la
vida proceden, a veces, de situaciones difíciles o incluso dramáticas de
profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas económicas,
depresión y angustia por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar
incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente
culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas moralmente malas.
Sin embargo, hoy el problema va bastante más allá del obligado reconocimiento
de estas situaciones personales. Está también en el plano cultural, social y
político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la
tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar estos delitos contra la vida
como legítimas expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y
ser protegidas como verdaderos y propios derechos.
De este modo se produce un
cambio de trágicas consecuencias en el largo proceso histórico, que después de
descubrir la idea de los « derechos humanos » —como derechos inherentes a cada
persona y previos a toda Constitución y legislación de los Estados— incurre
hoy en una sorprendente contradicción: justo en una época en la que se
proclaman solemnemente los derechos inviolables de la persona y se afirma
públicamente el valor de la vida, el derecho mismo a la vida queda
prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos más
emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias
declaraciones universales de los derechos del hombre y las múltiples
iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel mundial una sensibilidad
moral más atenta a reconocer el valor y la dignidad de todo ser humano en
cuanto tal, sin distinción de raza, nacionalidad, religión, opinión política o
clase social.
Por otra parte, a estas
nobles declaraciones se contrapone lamentablemente en la realidad su trágica
negación. Esta es aún más desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por
producirse en una sociedad que hace de la afirmación y de la tutela de los
derechos humanos su objetivo principal y al mismo tiempo su motivo de orgullo.
¿Cómo poner de acuerdo estas repetidas afirmaciones de principios con la
multiplicación continua y la difundida legitimación de los atentados contra la
vida humana? ¿Cómo conciliar estas declaraciones con el rechazo del más débil,
del más necesitado, del anciano y del recién concebido? Estos atentados van en
una dirección exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan
una amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es una
amenaza capaz, al límite, de poner en peligro el significado mismo de la
convivencia democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser
sociedades de « con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados,
rechazados y eliminados. Si además se dirige la mirada al horizonte mundial,
¿cómo no pensar que la afirmación misma de los derechos de las personas y de
los pueblos se reduce a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las
altas reuniones internacionales, si no se desenmascara el egoísmo de los
Países ricos que cierran el acceso al desarrollo de los Países pobres, o lo
condicionan a absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo
al hombre? ¿No convendría quizá revisar los mismos modelos económicos,
adoptados a menudo por los Estados incluso por influencias y condicionamientos
de carácter internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia
y violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones
enteras?
19. ¿Dónde están las
raíces de una contradicción tan sorprendente?
Podemos encontrarlas en
valoraciones generales de orden cultural o moral, comenzando por aquella
mentalidad que, tergiversando e incluso deformando el concepto de
subjetividad, sólo reconoce como titular de derechos a quien se presenta con
plena o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones de total
dependencia de los demás. Pero, ¿cómo conciliar esta postura con la exaltación
del hombre como ser « indisponible »? La teoría de los derechos humanos se
fundamenta precisamente en la consideración del hecho que el hombre, a
diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio de
nadie. También se debe señalar aquella lógica que tiende a identificar la
dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y explícita y, en
todo caso, experimentable. Está claro que, con estos presupuestos, no hay
espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un
sujeto constitutivamente débil, que parece sometido en todo al cuidado de
otras personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que sólo sabe comunicarse
mediante el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de afectos. Es, por tanto,
la fuerza que se hace criterio de opción y acción en las relaciones
interpersonales y en la convivencia social. Pero esto es exactamente lo
contrario de cuanto ha querido afirmar históricamente el Estado de derecho,
como comunidad en la que a las « razones de la fuerza » sustituye la « fuerza
de la razón ».
A otro nivel, el origen de
la contradicción entre la solemne afirmación de los derechos del hombre y su
trágica negación en la práctica, está en un concepto de libertad que exalta de
modo absoluto al individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena
acogida y al servicio del otro. Si es cierto que, a veces, la eliminación de
la vida naciente o terminal se enmascara también bajo una forma malentendida
de altruismo y piedad humana, no se puede negar que semejante cultura de
muerte, en su conjunto, manifiesta una visión de la libertad muy
individualista, que acaba por ser la libertad de los « más fuertes » contra
los débiles destinados a sucumbir.
Precisamente en este
sentido se puede interpretar la respuesta de Caín a la pregunta del Señor «
¿Dónde está tu hermano Abel? »: « No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi
hermano? » (Gn 4, 9). Sí, cada hombre es « guarda de su hermano », porque Dios
confía el hombre al hombre. Y es también en vista de este encargo que Dios da
a cada hombre la libertad, que posee una esencial dimensión relacional. Es un
gran don del Creador, puesta al servicio de la persona y de su realización
mediante el don de sí misma y la acogida del otro. Sin embargo, cuando la
libertad es absolutizada en clave individualista, se vacía de su contenido
original y se contradice en su misma vocación y dignidad.
Hay un aspecto aún más
profundo que acentuar: la libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se
dispone a la eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta su vínculo
constitutivo con la verdad. Cada vez que la libertad, queriendo emanciparse de
cualquier tradición y autoridad, se cierra a las evidencias primarias de una
verdad objetiva y común, fundamento de la vida personal y social, la persona
acaba por asumir como única e indiscutible referencia para sus propias
decisiones no ya la verdad sobre el bien o el mal, sino sólo su opinión
subjetiva y mudable o, incluso, su interés egoísta y su capricho.
20. Con esta concepción de
la libertad, la convivencia social se deteriora profundamente. Si la promoción
del propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega
inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de quien
defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos
colocados unos junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere
afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus
intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve
obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a
cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda
referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida
social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces
todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos
fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede
también en el ámbito más propiamente político o estatal: el derecho originario
e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega sobre la base de un
voto parlamentario o de la voluntad de una parte —aunque sea mayoritaria— de
la población. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina
incontrovertible: el « derecho » deja de ser tal porque no está ya
fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que
queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la democracia, a
pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado
deja de ser la « casa común » donde todos pueden vivir según los principios de
igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume de poder
disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no
nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es otra
cosa, en realidad, que el interés de algunos. Parece que todo acontece en el
más firme respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el
aborto o la eutanasia son votadas según las, así llamadas, reglas
democráticas. Pero en realidad estamos sólo ante una trágica apariencia de
legalidad, donde el ideal democrático, que es verdaderamente tal cuando
reconoce y tutela la dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus
mismas bases: « ¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona
humana, cuando se permite matar a la más débil e inocente? ¿En nombre de qué
justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones entre las personas,
declarando a algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta
dignidad? ».(16) Cuando se verifican estas condiciones, se han introducido ya
los dinamismos que llevan a la disolución de una auténtica convivencia humana
y a la disgregación de la misma realidad establecida.
Reivindicar el derecho al
aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa
atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder
absoluto sobre los demás y contra los demás. Pero ésta es la muerte de la
verdadera libertad: « En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado
es un esclavo » (Jn 8, 34).
« He de esconderme de tu
presencia » (Gn 4, 14): eclipse del sentido de Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las
raíces más profundas de la lucha entre la « cultura de la vida » y la «
cultura de la muerte », no basta detenerse en la idea perversa de libertad
anteriormente señalada. Es necesario llegar al centro del drama vivido por el
hombre contemporáneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre,
característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo, que
con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba, a veces, a las
mismas comunidades cristianas. Quien se deja contagiar por esta atmósfera,
entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: perdiendo el
sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su
dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley moral,
especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad,
produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la
presencia vivificante y salvadora de Dios.
Una vez más podemos
inspirarnos en el relato del asesinato de Abel por parte de su hermano.
Después de la maldición impuesta por Dios, Caín se dirige así al Señor: « Mi
culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este
suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo errante por
la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará » (Gn 4, 13-14). Caín
considera que su pecado no podrá ser perdonado por el Señor y que su destino
inevitable será tener que « esconderse de su presencia ». Si Caín confiesa que
su culpa es « demasiado grande », es porque sabe que se encuentra ante Dios y
su justo juicio. En realidad, sólo delante del Señor el hombre puede reconocer
su pecado y percibir toda su gravedad. Esta es la experiencia de David, que
después de « haber pecado contra el Señor », reprendido por el profeta Natán (cf.
2 Sam 11-12), exclama: « Mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está
ante mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí » (Sal
5150, 5-6).
22. Por esto, cuando se
pierde el sentido de Dios, también el sentido del hombre queda amenazado y
contaminado, como afirma lapidariamente el Concilio Vaticano II: « La criatura
sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura
queda oscurecida ».(17) El hombre no puede ya entenderse como «
misteriosamente otro » respecto a las demás criaturas terrenas; se considera
como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha
alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en el restringido
horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a « una cosa », y ya no
percibe el carácter trascendente de su « existir como hombre ». No considera
ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad « sagrada » confiada a
su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su « veneración ».
La vida llega a ser simplemente « una cosa », que el hombre reivindica como su
propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable.
Así, ante la vida que nace
y la vida que muere, el hombre ya no es capaz de dejarse interrogar sobre el
sentido más auténtico de su existencia, asumiendo con verdadera libertad estos
momentos cruciales de su propio « existir ». Se preocupa sólo del « hacer » y,
recurriendo a cualquier forma de tecnología, se afana por programar, controlar
y dominar el nacimiento y la muerte. Estas, de experiencias originarias que
requieren ser « vividas », pasan a ser cosas que simplemente se pretenden «
poseer » o « rechazar ».
Por otra parte, una vez
excluida la referencia a Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas
resulte profundamente deformado, y la misma naturaleza, que ya no es « mater
», quede reducida a « material » disponible a todas las manipulaciones. A esto
parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica, dominante en la
cultura contemporánea, que niega la idea misma de una verdad de la creación
que hay que reconocer o de un designio de Dios sobre la vida que hay que
respetar. Esto no es menos verdad, cuando la angustia por los resultados de
esta « libertad sin ley » lleva a algunos a la postura opuesta de una « ley
sin libertad », como sucede, por ejemplo, en ideologías que contestan la
legitimidad de cualquier intervención sobre la naturaleza, como en nombre de
una « divinización » suya, que una vez más desconoce su dependencia del
designio del Creador.
En realidad, viviendo «
como si Dios no existiera », el hombre pierde no sólo el misterio de Dios,
sino también el del mundo y el de su propio ser.
23. El eclipse del sentido
de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el
que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se
manifiesta también aquí la perenne validez de lo que escribió el Apóstol: «
Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los
entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene » (Rm 1,
28). Así, los valores del ser son sustituidos por los del tener. El único fin
que cuenta es la consecución del propio bienestar material. La llamada «
calidad de vida » se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia
económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando
las dimensiones más profundas —relacionales, espirituales y religiosas— de la
existencia.
En semejante contexto el
sufrimiento, elemento inevitable de la existencia humana, aunque también
factor de posible crecimiento personal, es « censurado », rechazado como
inútil, más aún, combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier
modo. Cuando no es posible evitarlo y la perspectiva de un bienestar al menos
futuro se desvanece, entonces parece que la vida ha perdido ya todo sentido y
aumenta en el hombre la tentación de reivindicar el derecho a su supresión.
Siempre en el mismo
horizonte cultural, el cuerpo ya no se considera como realidad típicamente
personal, signo y lugar de las relaciones con los demás, con Dios y con el
mundo. Se reduce a pura materialidad: está simplemente compuesto de órganos,
funciones y energías que hay que usar según criterios de mero goce y
eficiencia. Por consiguiente, también la sexualidad se despersonaliza e
instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es decir, del don de sí
mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza de la persona, pasa a ser
cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de
satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. Así se deforma y
falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos
significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto
conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la unión y
la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación
se convierte entonces en el « enemigo » a evitar en la práctica de la
sexualidad. Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta el propio deseo, o
incluso la propia voluntad, de tener un hijo « a toda costa », y no, en
cambio, por expresar la total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la
riqueza de vida de la que el hijo es portador.
En la perspectiva
materialista expuesta hasta aquí, las relaciones interpersonales experimentan
un grave empobrecimiento. Los primeros que sufren sus consecuencias negativas
son la mujer, el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio
propio de la dignidad personal —el del respeto, la gratuidad y el servicio— se
sustituye por el criterio de la eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se
aprecia al otro no por lo que « es », sino por lo que « tiene, hace o produce
». Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil.
24. En lo íntimo de la
conciencia moral se produce el eclipse del sentido de Dios y del hombre, con
todas sus múltiples y funestas consecuencias para la vida. Se pone en duda,
sobre todo, la conciencia de cada persona, que en su unicidad e
irrepetibilidad se encuentra sola ante Dios.(18) Pero también se cuestiona, en
cierto sentido, la « conciencia moral » de la sociedad. Esta es de algún modo
responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la
vida, sino también porque alimenta la « cultura de la muerte », llegando a
crear y consolidar verdaderas y auténticas « estructuras de pecado » contra la
vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy sometida, a
causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación social, a un
peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en
relación con el mismo derecho fundamental a la vida. Lamentablemente, una gran
parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la Carta a
los Romanos. Está formada « de hombres que aprisionan la verdad en la
injusticia » (1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la
ciudad terrena sin necesidad de El, « se ofuscaron en sus razonamientos » de
modo que « su insensato corazón se entenebreció » (1, 21); « jactándose de
sabios se volvieron estúpidos » (1, 22), se hicieron autores de obras dignas
de muerte y « no solamente las practican, sino que aprueban a los que las
cometen » (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,
22-23), llama « al mal bien y al bien mal » (Is 5, 20), camina ya hacia su
degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral.
Sin embargo, todos los
condicionamientos y esfuerzos por imponer el silencio no logran sofocar la voz
del Señor que resuena en la conciencia de cada hombre. De este íntimo
santuario de la conciencia puede empezar un nuevo camino de amor, de acogida y
de servicio a la vida humana.
« Os habéis acercado a la
sangre de la aspersión » (cf. Hb 12, 22.24): signos de esperanza y llamada al
compromiso
25. « Se oye la sangre de
tu hermano clamar a mí desde el suelo » (Gn 4, 10). No es sólo la sangre de
Abel, el primer inocente asesinado, que clama a Dios, fuente y defensor de la
vida. También la sangre de todo hombre asesinado después de Abel es un clamor
que se eleva al Señor. De una forma absolutamente única, clama a Dios la
sangre de Cristo, de quien Abel en su inocencia es figura profética, como nos
recuerda el autor de la Carta a los Hebreos: « Vosotros, en cambio, os habéis
acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo... al mediador de una Nueva
Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de
Abel » (12, 22.24).
Es la sangre de la
aspersión. De ella había sido símbolo y signo anticipador la sangre de los
sacrificios de la Antigua Alianza, con los que Dios manifestaba la voluntad de
comunicar su vida a los hombres, purificándolos y consagrándolos (cf. Ex 24,
8; Lv 17, 11). Ahora, todo esto se cumple y verifica en Cristo: la suya es la
sangre de la aspersión que redime, purifica y salva; es la sangre del mediador
de la Nueva Alianza « derramada por muchos para perdón de los pecados » (Mt
26, 28). Esta sangre, que brota del costado abierto de Cristo en la cruz (cf.
Jn 19, 34), « habla mejor que la de Abel »; en efecto, expresa y exige una «
justicia » más profunda, pero sobre todo implora misericordia,(19) se hace
ante el Padre intercesora por los hermanos (cf. Hb 7, 25), es fuente de
redención perfecta y don de vida nueva.
La sangre de Cristo,
mientras revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el
hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida. Nos lo
recuerda el apóstol Pedro: « Sabéis que habéis sido rescatados de la conducta
necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con
una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo » (1 Pe
1, 18-19). Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo, signo de su
entrega de amor (cf. Jn 13, 1), el creyente aprende a reconocer y apreciar la
dignidad casi divina de todo hombre y puede exclamar con nuevo y grato
estupor: « ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha
"merecido tener tan gran Redentor" (Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si
"Dios ha dado a su Hijo", a fin de que él, el hombre, "no muera sino que tenga
la vida eterna" (cf. Jn 3, 16)! ».(20)
Además, la sangre de
Cristo manifiesta al hombre que su grandeza, y por tanto su vocación, consiste
en el don sincero de sí mismo. Precisamente porque se derrama como don de
vida, la sangre de Cristo ya no es signo de muerte, de separación definitiva
de los hermanos, sino instrumento de una comunión que es riqueza de vida para
todos. Quien bebe esta sangre en el sacramento de la Eucaristía y permanece en
Jesús (cf. Jn 6, 56) queda comprometido en su mismo dinamismo de amor y de
entrega de la vida, para llevar a plenitud la vocación originaria al amor,
propia de todo hombre (cf. Jn 1, 27; 2, 18-24).
Es en la sangre de Cristo
donde todos los hombres encuentran la fuerza para comprometerse en favor de la
vida. Esta sangre es justamente el motivo más grande de esperanza, más aún, es
el fundamento de la absoluta certeza de que según el designio divino la vida
vencerá. « No habrá ya muerte », exclama la voz potente que sale del trono de
Dios en la Jerusalén celestial (Ap 21, 4). Y san Pablo nos asegura que la
victoria actual sobre el pecado es signo y anticipo de la victoria definitiva
sobre la muerte, cuando « se cumplirá la palabra que está escrita: "La muerte
ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde
está, oh muerte, tu aguijón?" » (1 Cor 15, 54-55).
26. En realidad, no faltan
signos que anticipan esta victoria en nuestras sociedades y culturas, a pesar
de estar fuertemente marcadas por la « cultura de la muerte ». Se daría, por
tanto, una imagen unilateral, que podría inducir a un estéril desánimo, si
junto con la denuncia de las amenazas contra la vida no se presentan los
signos positivos que se dan en la situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos
signos positivos encuentran a menudo dificultad para manifestarse y ser
reconocidos, tal vez también porque no encuentran una adecuada atención en los
medios de comunicación social. Pero, ¡cuántas iniciativas de ayuda y apoyo a
las personas más débiles e indefensas han surgido y continúan surgiendo en la
comunidad cristiana y en la sociedad civil, a nivel local, nacional e
internacional, promovidas por individuos, grupos, movimientos y organizaciones
diversas!
Son todavía muchos los
esposos que, con generosa responsabilidad, saben acoger a los hijos como « el
don más excelente del matrimonio ».(21) No faltan familias que, además de su
servicio cotidiano a la vida, acogen a niños abandonados, a muchachos y
jóvenes en dificultad, a personas minusválidas, a ancianos solos. No pocos
centros de ayuda a la vida, o instituciones análogas, están promovidos por
personas y grupos que, con admirable dedicación y sacrificio, ofrecen un apoyo
moral y material a madres en dificultad, tentadas de recurrir al aborto.
También surgen y se difunden grupos de voluntarios dedicados a dar
hospitalidad a quienes no tienen familia, se encuentran en condiciones de
particular penuria o tienen necesidad de hallar un ambiente educativo que les
ayude a superar comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de la
vida.
La medicina, impulsada con
gran dedicación por investigadores y profesionales, persiste en su empeño por
encontrar remedios cada vez más eficaces: resultados que hace un tiempo eran
del todo impensables y capaces de abrir prometedoras perspectivas se obtienen
hoy para la vida naciente, para las personas que sufren y los enfermos en fase
aguda o terminal. Distintos entes y organizaciones se movilizan para llevar,
incluso a los países más afectados por la miseria y las enfermedades
endémicas, los beneficios de la medicina más avanzada. Así, asociaciones
nacionales e internacionales de médicos se mueven oportunamente para socorrer
a las poblaciones probadas por calamidades naturales, epidemias o guerras.
Aunque una verdadera justicia internacional en la distribución de los recursos
médicos está aún lejos de su plena realización, ¿cómo no reconocer en los
pasos dados hasta ahora el signo de una creciente solidaridad entre los
pueblos, de una apreciable sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto
por la vida?
27. Frente a legislaciones
que han permitido el aborto y a tentativas, surgidas aquí y allá, de legalizar
la eutanasia, han aparecido en todo el mundo movimientos e iniciativas de
sensibilización social en favor de la vida. Cuando, conforme a su auténtica
inspiración, actúan con determinada firmeza pero sin recurrir a la violencia,
estos movimientos favorecen una toma de conciencia más difundida y profunda
del valor de la vida, solicitando y realizando un compromiso más decisivo por
su defensa.
¿Cómo no recordar, además,
todos estos gestos cotidianos de acogida, sacrificio y cuidado desinteresado
que un número incalculable de personas realiza con amor en las familias,
hospitales, orfanatos, residencias de ancianos y en otros centros o
comunidades, en defensa de la vida? La Iglesia, dejándose guiar por el ejemplo
de Jesús « buen samaritano » (cf. Lc 10, 29-37) y sostenida por su fuerza,
siempre ha estado en la primera línea de la caridad: tantos de sus hijos e
hijas, especialmente religiosas y religiosos, con formas antiguas y siempre
nuevas, han consagrado y continúan consagrando su vida a Dios ofreciéndola por
amor al prójimo más débil y necesitado. Estos gestos construyen en lo profundo
la « civilización del amor y de la vida », sin la cual la existencia de las
personas y de la sociedad pierde su significado más auténticamente humano.
Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos a la mayoría, la fe asegura
que el Padre, « que ve en lo secreto » (Mt 6, 4), no sólo sabrá
recompensarlos, sino que ya desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos
para todos.
Entre los signos de
esperanza se da también el incremento, en muchos estratos de la opinión
pública, de una nueva sensibilidad cada vez más contraria a la guerra como
instrumento de solución de los conflictos entre los pueblos, y orientada cada
vez más a la búsqueda de medios eficaces, pero « no violentos », para frenar
la agresión armada. Además, en este mismo horizonte se da la aversión cada vez
más difundida en la opinión pública a la pena de muerte, incluso como
instrumento de « legítima defensa » social, al considerar las posibilidades
con las que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de
modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente
de la posibilidad de redimirse.
También se debe considerar
positivamente una mayor atención a la calidad de vida y a la ecología, que se
registra sobre todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las
expectativas de las personas no se centran tanto en los problemas de la
supervivencia cuanto más bien en la búsqueda de una mejora global de las
condiciones de vida. Particularmente significativo es el despertar de una
reflexión ética sobre la vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez más
extendido de la bioética se favorece la reflexión y el diálogo —entre
creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones—
sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del
hombre.
28. Este horizonte de
luces y sombras debe hacernos a todos plenamente conscientes de que estamos
ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida,
la « cultura de la muerte » y la « cultura de la vida ». Estamos no sólo «
ante », sino necesariamente « en medio » de este conflicto: todos nos vemos
implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de
elegir incondicionalmente en favor de la vida.
También para nosotros
resuena clara y fuerte la invitación a Moisés: « Mira, yo pongo hoy ante ti
vida y felicidad, muerte y desgracia...; te pongo delante vida o muerte,
bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia »
(Dt 30, 15.19). Es una invitación válida también para nosotros, llamados cada
día a tener que decidir entre la « cultura de la vida » y la « cultura de la
muerte ». Pero la llamada del Deuteronomio es aún más profunda, porque nos
apremia a una opción propiamente religiosa y moral. Se trata de dar a la
propia existencia una orientación fundamental y vivir en fidelidad y
coherencia con la Ley del Señor: « Yo te prescribo hoy que ames al Señor tu
Dios, que sigas sus caminos y guardes sus mandamientos, preceptos y normas...
Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios,
escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la
prolongación de tus días » (30, 16.19-20).
La opción incondicional en
favor de la vida alcanza plenamente su significado religioso y moral cuando
nace, viene plasmada y es alimentada por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a
afrontar positivamente el conflicto entre la muerte y la vida, en el que
estamos inmersos, como la fe en el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha
venido entre los hombres « para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn
10, 10): es la fe en el Resucitado, que ha vencido la muerte; es la fe en la
sangre de Cristo « que habla mejor que la de Abel » (Hb 12, 24).
Por tanto, a la luz y con
la fuerza de esta fe, y ante los desafíos de la situación actual, la Iglesia
toma más viva conciencia de la gracia y de la responsabilidad que recibe de su
Señor para anunciar, celebrar y servir al Evangelio de la vida.
« La Vida se manifestó, y
nosotros la hemos visto » (1 Jn 1, 2): la mirada dirigida a Cristo, « Palabra
de vida »
29. Ante las innumerables
y graves amenazas contra la vida en el mundo contemporáneo, podríamos
sentirnos como abrumados por una sensación de impotencia insuperable: ¡el bien
nunca podrá tener la fuerza suficiente para vencer el mal!
Este es el momento en que
el Pueblo de Dios, y en él cada creyente, está llamado a profesar, con
humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, « Palabra de vida » (1 Jn 1,
1). En realidad, el Evangelio de la vida no es una mera reflexión, aunque
original y profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a
sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad;
menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor. El Evangelio de la vida es
una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio dela persona
misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre,
con estas palabras: « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Es
la misma identidad manifestada a Marta, la hermana de Lázaro: « Yo soy la
resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que
vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25-26). Jesús es el Hijo que
desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf. Jn 5, 26) y que ha venido a
los hombres para hacerles partícipes de este don: « Yo he venido para que
tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).
Así, por la palabra, la
acción y la persona misma de Jesús se da al hombre la posibilidad de « conocer
» toda la verdad sobre el valor de la vida humana. De esa « fuente » recibe,
en particular, la capacidad de « obrar » perfectamente esa verdad (cf. Jn 3,
21), es decir, asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de amar y
servir, defender y promover la vida humana.
En efecto, en Cristo se
anuncia definitivamente y se da plenamente aquel Evangelio de la vida que,
anticipado ya en la Revelación del Antiguo Testamento y, más aún, escrito de
algún modo en el corazón mismo de cada hombre y mujer, resuena en cada
conciencia « desde el principio », o sea, desde la misma creación, de modo
que, a pesar de los condicionamientos negativos del pecado, también puede ser
conocido por la razón humana en sus aspectos esenciales. Como dice el Concilio
Vaticano II, Cristo « con su presencia y manifestación, con sus palabras y
obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección,
con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y
la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para
librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a
una vida eterna ».(22)
30. Por tanto, con la
mirada fija en el Señor Jesús queremos volver a escuchar de El « las palabras
de Dios » (Jn 3, 34) y meditar de nuevo el Evangelio de la vida. El sentido
más profundo y original de esta meditación del mensaje revelado sobre la vida
humana ha sido expuesto por el apóstol Juan, al comienzo de su Primera Carta:
« Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la
Palabra de vida —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos
testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y
que se nos manifestó— lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión con nosotros » (1, 1-3).
En Jesús, « Palabra de
vida », se anuncia y comunica la vida divina y eterna. Gracias a este anuncio
y a este don, la vida física y espiritual del hombre, incluida su etapa
terrena, encuentra plenitud de valor y significado: en efecto, la vida divina
y eterna es el fin al que está orientado y llamado el hombre que vive en este
mundo. El Evangelio de la vida abarca así todo lo que la misma experiencia y
la razón humana dicen sobre el valor de la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva
a término.
« Mi fortaleza y mi
canción es el Señor. El es mi salvación » (Ex 15, 2): la vida es siempre un
bien
31. En realidad, la
plenitud evangélica del mensaje sobre la vida fue ya preparada en el Antiguo
Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes del Exodo, fundamento de la
experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde Israel descubre el valor de la
vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado al exterminio, porque la
amenaza de muerte se extiende a todos sus recién nacidos varones (cf. Ex 1,
15-22), el Señor se le revela como salvador, capaz de asegurar un futuro a
quien está sin esperanza. Nace así en Israel una clara conciencia: su vida no
está a merced de un faraón que puede usarla con arbitrio despótico; al
contrario, es objeto de un tierno y fuerte amor por parte de Dios.
La liberación de la
esclavitud es el don de una identidad, el reconocimiento de una dignidad
indeleble y el inicio de una historia nueva, en la que van unidos el
descubrimiento de Dios y de sí mismo. La experiencia del Exodo es original y
ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su
existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar
en él asistencia eficaz: « Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he formado, tú eres
mi siervo, Israel, yo no te olvido! » (Is 44, 21).
De este modo, mientras
Israel reconoce el valor de su propia existencia como pueblo, avanza también
en la percepción del sentido y valor de la vida en cuanto tal. Es una
reflexión que se desarrolla de modo particular en los libros sapienciales,
partiendo de la experiencia cotidiana de la precariedad de la vida y de la
conciencia de las amenazas que la acechan. Ante las contradicciones de la
existencia, la fe está llamada a ofrecer una respuesta.
El problema del dolor
acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. ¿Cómo no oír el gemido universal
del hombre en la meditación del libro de Job? El inocente aplastado por el
sufrimiento se pregunta comprensiblemente: « ¿Para qué dar la luz a un
desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la
muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro? » (3,
20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia el
reconocimiento confiado y adorador del « misterio »: « Sé que eres
todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable » (Jb 42, 2).
Progresivamente la
Revelación lleva a descubrir con mayor claridad el germen de vida inmortal
puesto por el Creador en el corazón de los hombres: « El ha hecho todas las
cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo en sus corazones » (Ecl
3, 11). Este germen de totalidad y plenitud espera manifestarse en el amor, y
realizarse, por don gratuito de Dios, en la participación en su vida eterna.
« El nombre de Jesús ha
restablecido a este hombre » (cf. Hch 3, 16): en la precariedad de la
existencia humana Jesús lleva a término el sentido de la vida
32. La experiencia del
pueblo de la Alianza se repite en la de todos los « pobres » que encuentran a
Jesús de Nazaret. Así como el Dios « amante de la vida » (cf. Sb 11, 26) había
confortado a Israel en medio de los peligros, así ahora el Hijo de Dios
anuncia, a cuantos se sienten amenazados e impedidos en su existencia, que sus
vidas también son un bien al cual el amor del Padre da sentido y valor.
« Los ciegos ven, los
cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos
resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva » (Lc 7, 22). Con estas
palabras del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1), Jesús presenta el significado de
su propia misión. Así, quienes sufren a causa de una existencia de algún modo
« disminuida », escuchan de El la buena nueva de que Dios se interesa por
ellos, y tienen la certeza de que también su vida es un don celosamente
custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6, 25-34).
Los « pobres » son
interpelados particularmente por la predicación y las obras de Jesús. La
multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y lo buscan (cf. Mt 4,
23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos la revelación del gran valor
que tiene su vida y del fundamento de sus esperanzas de salvación.
Lo mismo sucede en la
misión de la Iglesia desde sus comienzos. Ella, que anuncia a Jesús como aquél
que « pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él » (Hch 10, 38), es portadora de un mensaje de
salvación que resuena con toda su novedad precisamente en las situaciones de
miseria y pobreza de la vida del hombre. Así hace Pedro en la curación del
tullido, al que ponían todos los días junto a la puerta « Hermosa » del templo
de Jerusalén para pedir limosna: « No tengo plata ni oro; pero lo que tengo,
te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar » (Hch 3, 6). Por
la fe en Jesús, « autor de la vida » (cf. Hch 3, 15), la vida que yace
abandonada y suplicante vuelve a ser consciente de sí misma y de su plena
dignidad.
La palabra y las acciones
de Jesús y de su Iglesia no se dirigen sólo a quienes padecen enfermedad,
sufrimiento o diversas formas de marginación social, sino que conciernen más
profundamente al sentido mismo de la vida de cada hombre en sus dimensiones
morales y espirituales. Sólo quien reconoce que su propia vida está marcada
por la enfermedad del pecado, puede redescubrir, en el encuentro con Jesús
Salvador, la verdad y autenticidad de su existencia, según sus mismas
palabras: « No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal.
No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores » (Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que
puede asegurar su vida mediante la acumulación de bienes materiales, como el
rico agricultor de la parábola evangélica, en realidad se engaña. La vida se
le está escapando, y muy pronto se verá privado de ella sin haber logrado
percibir su verdadero significado: « ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el
alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán? » (Lc 12, 20).
33. En la vida misma de
Jesús, desde el principio al fin, se da esta singular « dialéctica » entre la
experiencia de la precariedad de la vida humana y la afirmación de su valor.
En efecto, la precariedad marca la vida de Jesús desde su nacimiento.
Ciertamente encuentra acogida en los justos, que se unieron al « sí » decidido
y gozoso de María (cf. Lc 1, 38). Pero también siente, en seguida, el rechazo
de un mundo que se hace hostil y busca al niño « para matarle » (Mt 2, 13), o
que permanece indiferente y distraído ante el cumplimiento del misterio de
esta vida que entra en el mundo: « no tenían sitio en el alojamiento » (Lc 2,
7). Del contraste entre las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la
fuerza del don de Dios, por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se
irradia desde la casa de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es
salvación para toda la humanidad (cf. Lc 2, 11).
Jesús asume plenamente las
contradicciones y los riesgos de la vida: « siendo rico, por vosotros se hizo
pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza » (2 Cor 8, 9). La pobreza
de la que habla Pablo no es sólo despojarse de privilegios divinos, sino
también compartir las condiciones más humildes y precarias de la vida humana (cf.
Flp 2, 6-7). Jesús vive esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento
culminante de la cruz: « se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y
muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está
sobre todo nombre » (Flp 2, 8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús
revela toda la grandeza y el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz es
fuente de vida nueva para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este
peregrinar en medio de las contradicciones y en la misma pérdida de la vida,
Jesús es guiado por la certeza de que está en las manos del Padre. Por eso
puede decirle en la cruz: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23,
46), esto es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de
Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación
para toda la humanidad!
« Llamados... a reproducir
la imagen de su Hijo » (Rm 8, 28-29): la gloria de Dios resplandece en el
rostro del hombre
34. La vida es siempre un
bien. Esta es una intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón
profunda el hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un
bien? La pregunta recorre toda la Biblia, y ya desde sus primeras páginas
encuentra una respuesta eficaz y admirable. La vida que Dios da al hombre es
original y diversa de la de las demás criaturas vivientes, ya que el hombre,
aunque proveniente del polvo de la tierra (cf. Gn 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal
103102, 14; 104103, 29), es manifestación de Dios en el mundo, signo de su
presencia, resplandor de su gloria (cf. Gn 1, 26-27; Sal 8, 6). Es lo que
quiso acentuar también san Ireneo de Lyon con su célebre definición: « el
hombre que vive es la gloria de Dios».(23) Al hombre se le ha dado una
altísima dignidad, que tiene sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su
Creador: en el hombre se refleja la realidad misma de Dios.
Lo afirma el libro del
Génesis en el primer relato de la creación, poniendo al hombre en el vértice
de la actividad creadora de Dios, como su culmen, al término de un proceso que
va desde el caos informe hasta la criatura más perfecta. Toda la creación está
ordenada al hombre y todo se somete a él: « Henchid la tierra y sometedla;
mandad... en todo animal que serpea sobre la tierra » (1, 28), ordena Dios al
hombre y a la mujer. Un mensaje semejante aparece también en el otro relato de
la creación: « Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y le dejó en el jardín de
Edén, para que lo labrase y cuidase » (Gn 2, 15). Así se reafirma la primacía
del hombre sobre las cosas, las cuales están destinadas a él y confiadas a su
responsabilidad, mientras que por ningún motivo el hombre puede ser sometido a
sus semejantes y reducido al rango de cosa.
En el relato bíblico, la
distinción entre el hombre y las demás criaturas se manifiesta sobre todo en
el hecho de que sólo su creación se presenta como fruto de una especial
decisión por parte de Dios, de una deliberación que establece un vínculo
particular y específico con el Creador: « Hagamos al ser humano a nuestra
imagen, como semejanza nuestra » (Gn 1, 26). La vida que Dios ofrece al hombre
es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura.
Israel se peguntará
durante mucho tiempo sobre el sentido de este vínculo particular y específico
del hombre con Dios. También el libro del Eclesiástico reconoce que Dios al
crear a los hombres « los revistió de una fuerza como la suya, y los hizo a su
imagen » (17, 3). Con esto el autor sagrado manifiesta no sólo su dominio
sobre el mundo, sino también las facultades espirituales más características
del hombre, como la razón, el discernimiento del bien y del mal, la voluntad
libre: « De saber e inteligencia los llenó, les enseñó el bien y el mal » (Si
17, 6). La capacidad de conocer la verdad y la libertad son prerrogativas del
hombre en cuanto creado a imagen de su Creador, el Dios verdadero y justo (cf.
Dt 32, 4). Sólo el hombre, entre todas las criaturas visibles, tiene «
capacidad para conocer y amar a su Creador ».(24) La vida que Dios da al
hombre es mucho más que un existir en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud
de vida, es germen de un existencia que supera los mismos límites del tiempo:
« Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su
misma naturaleza » (Sb 2, 23).
35. El relato yahvista de
la creación expresa también la misma convicción. En efecto, esta antigua
narración habla de un soplo divino que es infundido en el hombre para que
tenga vida: « El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, sopló en sus
narices un aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente » (Gn 2, 7).
El origen divino de este
espíritu de vida explica la perenne insatisfacción que acompaña al hombre
durante su existencia. Creado por Dios, llevando en sí mismo una huella
indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a El. Al experimentar la
aspiración profunda de su corazón, todo hombre hace suya la verdad expresada
por san Agustín: « Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en ti ».(25)
Qué elocuente es la
insatisfacción de la que es víctima la vida del hombre en el Edén, cuando su
única referencia es el mundo vegetal y animal (cf. Gn 2, 20). Sólo la
aparición de la mujer, es decir, de un ser que es hueso de sus huesos y carne
de su carne (cf. Gn 2, 23), y en quien vive igualmente el espíritu de Dios
creador, puede satisfacer la exigencia de diálogo interpersonal que es vital
para la existencia humana. En el otro, hombre o mujer, se refleja Dios mismo,
meta definitiva y satisfactoria de toda persona.
« ¿Qué es el hombre para
que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides? », se
pregunta el Salmista (Sal 8, 5). Ante la inmensidad del universo es muy poca
cosa, pero precisamente este contraste descubre su grandeza: « Apenas inferior
a los ángeles le hiciste (también se podría traducir: « apenas inferior a Dios
»), coronándole de gloria y de esplendor » (Sal 8, 6). La gloria de Dios
resplandece en el rostro del hombre. En él encuentra el Creador su descanso,
como comenta asombrado y conmovido san Ambrosio: « Finalizó el sexto día y se
concluyó la creación del mundo con la formación de aquella obra maestra que es
el hombre, el cual ejerce su dominio sobre todos los seres vivientes y es como
el culmen del universo y la belleza suprema de todo ser creado. Verdaderamente
deberíamos mantener un reverente silencio, porque el Señor descansó de toda
obra en el mundo. Descansó al final en lo íntimo del hombre, descansó en su
mente y en su pensamiento; en efecto, había creado al hombre dotado de razón,
capaz de imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de las gracias celestes.
En estas dotes suyas descansa el Dios que dijo: "¿En quién encontraré reposo,
si no es en el humilde y contrito, que tiembla a mi palabra" (cf. Is 66, 1-2).
Doy gracias al Señor nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa
donde encontrar su descanso ».(26)
36. Lamentablemente, el
magnífico proyecto de Dios se oscurece por la irrupción del pecado en la
historia. Con el pecado el hombre se rebela contra el Creador, acabando por
idolatrar a las criaturas: « Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y
adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador » (Rm 1, 25). De este
modo, el ser humano no sólo desfigura en sí mismo la imagen de Dios, sino que
está tentado de ofenderla también en los demás, sustituyendo las relaciones de
comunión por actitudes de desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al
odio homicida. Cuando no se reconoce a Dios como Dios, se traiciona el sentido
profundo del hombre y se perjudica la comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la
imagen de Dios vuelve a resplandecer y se manifiesta en toda su plenitud con
la venida del Hijo de Dios en carne humana: « El es Imagen de Dios invisible »
(Col 1, 15), « resplandor de su gloria e impronta de su sustancia » (Hb 1, 3).
El es la imagen perfecta del Padre.
El proyecto de vida
confiado al primer Adán encuentra finalmente su cumplimiento en Cristo.
Mientras la desobediencia de Adán deteriora y desfigura el designio de Dios
sobre la vida del hombre, introduciendo la muerte en el mundo, la obediencia
redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama sobre los hombres
abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la vida (cf. Rm 5,
12-21). Afirma el apóstol Pablo: « Fue hecho el primer hombre, Adán, alma
viviente; el último Adán, espíritu que da vida » (1 Cor 15, 45).
La plenitud de la vida se
da a cuantos aceptan seguir a Cristo. En ellos la imagen divina es restaurada,
renovada y llevada a perfección. Este es el designio de Dios sobre los seres
humanos: que « reproduzcan la imagen de su Hijo » (Rm 8, 29). Sólo así, con el
esplendor de esta imagen, el hombre puede ser liberado de la esclavitud de la
idolatría, puede reconstruir la fraternidad rota y reencontrar su propia
identidad.
« Todo el que vive y cree
en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 26): el don de la vida eterna
37. La vida que el Hijo de
Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el
tiempo. La vida, que desde siempre está « en él » y es « la luz de los hombres
» (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud
de su amor: « A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de
Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de
carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús llama esta
vida, que El ha venido a dar, simplemente así: « la vida »; y presenta la
generación por parte de Dios como condición necesaria para poder alcanzar el
fin para el cual Dios ha creado al hombre: « El que no nazca de lo alto no
puede ver el Reino de Dios » (Jn 3, 3). El don de esta vida es el objetivo
específico de la misión de Jesús: él « es el que baja del cielo y da la vida
al mundo » (Jn 6, 33), de modo que puede afirmar con toda verdad: « El que me
siga... tendrá la luz de la vida » (Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de
« vida eterna », donde el adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva
supratemporal. « Eterna » es la vida que Jesús promete y da, porque es
participación plena de la vida del « Eterno ». Todo el que cree en Jesús y
entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que
escucha de El las únicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en
su existencia; son las « palabras de vida eterna » que Pedro reconoce en su
confesión de fe: « Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios » (Jn 6,
68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la vida eterna,
dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: « Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado,
Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de
la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia
vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la
vida divina.
38. Por tanto, la vida
eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un
nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del
creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en
Cristo. El creyente hace suyas las palabras del apóstol Juan: « Mirad qué amor
nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!...
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos
tal cual es » (1 Jn 3, 1-2).
Así alcanza su culmen la
verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus
orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de
comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san
Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: « el hombre que vive » es
« gloria de Dios », pero « la vida del hombre consiste en la visión de Dios
».(27)
De aquí derivan unas
consecuencias inmediatas para la vida humana en su misma condición terrena, en
la que ya ha germinado y está creciendo la vida eterna. Si el hombre ama
instintivamente la vida porque es un bien, este amor encuentra ulterior
motivación y fuerza, nueva extensión y profundidad en las dimensiones divinas
de este bien. En esta perspectiva, el amor que todo ser humano tiene por la
vida no se reduce a la simple búsqueda de un espacio donde pueda realizarse a
sí mismo y entrar en relación con los demás, sino que se desarrolla en la
gozosa conciencia de poder hacer de la propia existencia el « lugar » de la
manifestación de Dios, del encuentro y de la comunión con El. La vida que
Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en el tiempo, sino que la asume y
conduce a su destino último: « Yo soy la resurrección y la vida...; todo el
que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25.26).
« A cada uno pediré
cuentas de la vida de su hermano » (Gn 9, 5): veneración y amor por la vida de
todos
39. La vida del hombre
proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo
vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede
disponer de ella. Dios mismo lo afirma a Noé después del diluvio: « Os prometo
reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a
todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn 9, 5). El texto bíblico se
preocupa de subrayar cómo la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios
y en su acción creadora: « Porque a imagen de Dios hizo El al hombre » (Gn 9,
6).
La vida y la muerte del
hombre están, pues, en las manos de Dios, en su poder: « El, que tiene en su
mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre »,
exclama Job (1