Índice de esta clase:
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Aspectos básicos
-
Volumen de empleados y recursos financieros
-
Investigación y desarrollo
Desde algún tiempo suele
distinguirse entre (i) empresas basadas en y dedicadas a la explotación de
nuevas tecnologías específicas, entre las cuales estarían las compañías
dedicadas a la biotecnología; y (ii) compañías bien consolidadas, a menudo
grandes corporaciones, que recurren a las nuevas tecnologías para diversificar
sus actividades o líneas de productos. Para este análisis se hace hincapié
preferentemente en las primeras.
Entre ellas existen
grandes diferencias en cuanto a número de empleados, tamaño y volumen de
negocio. Según algunos datos recientes (2000), el número de empleados puede
oscilar entre 1 y 2.600; el volumen de sus inversiones en I&D[1]
puede alcanzar apenas U$S 1.000 en las más pequeñas y llegar hasta 700
millones en las mayores. El porcentaje de esta inversión puede oscilar entre
un 0,01% y un 15.000% del presupuesto global de cada una de estas compañías.
Un alto número de empresas tiene menos de 10 empleados, presupuestos muy
limitados para I&D y pocos o nulos beneficios. Tan sólo 10 empresas generan el
40% de los beneficios derivados de este sector, que en Estados Unidos alcanzó
un montante de 16.440 millones de dólares estadounidenses para un total de
1.050 empresas contabilizadas. Este elevado número de empresas con recursos
tan limitados en la mayoría de los casos, ha obligado a desarrollar una
política muy activa de alianzas y reestructuraciones -sobre todo en el sector
biofarmacéutico- para hacer posible su continuidad.
En cuanto a su
titularidad, según una encuesta (Ernst & Young) realizada a comienzos de 1999
en Estados Unidos el 26% eran públicas, el 60% privadas y el 14% restante lo
formaban sucursales o divisiones de otras y joint ventures. El porcentaje de
empresas dedicadas básicamente a biotecnología relacionada con la atención
sanitaria era mayor (40%) que el de empresas dedicadas a biotecnología
orientada a la agricultura (23%). Prácticamente la mitad de las compañías
dedicadas al desarrollo de productos terapéuticos eran públicas. Sin embargo,
este panorama puede alterarse drásticamente debido a los continuos acuerdos de
fusión y financiación conjunta de proyectos de I&D.
Se destacan muy
especialmente las diferencias de recursos entre pequeñas empresas y las
grandes corporaciones. El presupuesto conjunto de las primeras apenas alcanza
un promedio de U$S 8.2 millones mientras que el de las grandes corporaciones
es 14 veces superior, unos U$S 110,7 millones, que a menudo revierte sobre las
pequeñas empresas en forma de contratos de investigación u otro tipo de
acuerdos que puede resultar vitales para su continuidad.
En cuanto a las áreas de
investigación, los principales esfuerzos se centran en la producción de
agentes terapéuticos, seguido a cierta distancia por todo lo relacionado con
el diagnóstico clínico, la producción de reactivos para la industria
biotecnológica y la biotecnología de plantas. La biotecnología de animales ha
comenzado a adquirir un volumen importante, abarcando la producción de
sustancias de interés veterinario y de alimentos.
Las empresas
biotecnológicas más representativas son las relacionadas con la orientada a la
atención sanitaria. Su volumen medio de empleados equivale al de cualquier
otra industria en general, si bien tienden a ser cada vez más pequeñas en
cuanto a la cantidad de los mismos.. Las compañías biofarmacéuticas son las
que emplean a más gente, en comparación con las dedicadas básicamente al
diagnóstico, a la producción de vacunas o a la biotecnología orientada a la
agricultura.
Desde el punto de vista
de recursos financieros, son las empresas públicas las que más tienen y, en
consecuencia, emplean a más gente, en una proporción casi cinco veces superior
a las privadas. En las compañías que son divisiones de otras mayores, la
proporción de recursos y empleados es también mayor que la media,
probablemente por el apoyo que presta la organización de la que derivan.
Tradicionalmente se ha
considerado a las compañías farmacéuticas un modelo de rentabilidad y
eficacia. Sin embargo, este tópico poco ayuda a comprender la crisis que desde
hace algunos años padece el sector y ha llevado a la desaparición de muchas
pequeñas y medianas empresas, y a la fusión de numerosas grandes[2].
Aunque las grandes
corporaciones farmacéuticas gastan cada año sumas astronómicas en I&D (unos
400 millardos de dólares aproximadamente en 1996), tan sólo salen al mercado
una o dos moléculas innovadoras cada año, compitiendo con las docenas de
réplicas (las llamadas copias de medicamentos eficaces lanzadas para arañar
algunas cuotas de mercado). Tan modestos resultados se obtienen en un contexto
de incremento continuo de los costos de desarrollo.
Algunas estimaciones
sitúan en los 300 millones de dólares el costo de cada nuevo medicamento.
Apenas un 10% de los nuevos productos desarrollados alcanza un éxito económico
apreciable. Se plantea, entonces, la necesidad de reducir los riesgos de la
investigación o, por lo menos, compartirlos. En los últimos años se han
verificado numerosas compraventas y fusiones de empresas, con el costo
inmediato de despidos masivos tras la fusión[3].
El gasto medio en I&D de
las compañías de biotecnología norteamericanas ronda los $ 9,7 millones; pero
puede oscilar entre U$S 1.000 y U$S 700 millones. Un presupuesto más
representativo de la mayoría correspondería más bien a los U$S 2,5 millones.
Puesto que desarrollar un producto y lanzarlo al mercado a través de toda la
maraña reguladora cuesta entre U$S 125 y 300 millones, las compañías
sanitarias tienen mayores costes de I&D, especialmente en lo que atañe a
desarrollo. Esto explica que muy a menudo las empresas de biotecnología se
asocien a una gran corporación para cubrir los costes del desarrollo de
fármacos; no obstante, los costes de la investigación en marcha son todavía
considerablemente grandes. Los gastos sustanciales de la I&D clínica suponen
que las empresas dedicadas a la atención sanitaria tengan presupuestos para
ese rubro un 35-60% superiores que las dedicadas a la biotecnología agrícola,
aunque los de estas últimas sufran importantes aumentos debido a los ensayos
de campo y a los procesos legales necesarios para su aprobación. Las
diferencias entre empresas públicas y privadas de biotecnología aparecen
magnificadas si nos atenemos a sus presupuestos de I&D respectivos: las
públicas tienen un presupuesto 9,2 veces superior al promedio de las privadas.
Sin embargo, aunque el gasto de estas últimas (subsidiarias, divisiones o
joint-ventures) es un 36% inferior al de las públicas, sus ganancias son
considerablemente mayores. Las privadas obtienen mucho más por cada dólar
invertido en I&D.
Las grandes corporaciones
farmacéuticas han decidido delegar totalmente las etapas clave de la
investigación terapéutica en empresas especializadas que trabajan directamente
con los centros de salud públicos y universidades (cuyo presupuesto es también
cubierto con fondos públicos, en su mayor parte)[4].
Este cambio de estrategia persigue identificar los genes responsables de las
principales enfermedades (unas 100, aproximadamente, entre más de 30.000) para
hallar los blancos ideales (receptores hormonales, por ejemplo) sobre los que
deben actuar los futuros medicamentos ante la posibilidad de afrontar no sólo
los costos sino la cantidad de profesionales especializados en las nuevas
técnicas de I&D molecular.
Los
porcentajes están calculados sobre millones de dólares estadounidenses
(conforme paridad actualizada). Las variables utilizadas son las mismas de las
principales clases para la solicitud de patentes en la Unión Europea (los
productos y procesos biotecnológicos están comprendidos en la clase Química)
Alemania está destinando
unos 40 millones de marcos anuales para impulsar la investigación pública en
genoma humano y crear un fondo de apoyo a la biotecnología. Ha superado con
creces su retraso biotecnológico inicial, y ya en 1996 se puso al nivel de
Francia. Y la Comisión Europea, cuyo apoyo a la investigación genética
pública nunca pareció del todo claro, está dando muestras de optar por que el
sector privado la sustituya progresivamente.
Francia se mostró
partidaria de constituir sociedades privadas abiertas a la participación de
funcionarios investigadores. Pero esto exigía modificar su estatuto como
investigadores y en la práctica da problemas. A Jean Weissenbach, actual
director de Généthon, le han propuesto dirigir un centro público sobre los
genomas en Evry, con unos 80 millones de francos de presupuesto anual. Algunos
observadores echan de menos una política global de apoyo decidido a la
genética médica, que permita aprovechar los resultados de centros como el de
Evry. Con capital privado o sin él, lo cierto es que la investigación puntera
sobre genes implicados en las enfermedades más frecuentes requiere centros de
excelencia capaces de competir con las compañías privadas o colaborar con
ellas de forma equilibrada.
En el contexto europeo,
al menos, una estrategia razonable sería favorecer la colaboración estrecha
entre equipos de primera fila, desarrollando y coordinando sus recursos para
buscar la complementariedad y la eficacia, con un respaldo financiero y
tecnológico comparable al de las start-ups, y sumando a los fondos públicos
contratos con la industria. Esto no significa que la investigación pública
pueda sustraerse a las leyes del mercado, pero tampoco tiene por qué someterse
a ellas de forma inexorable. (Para un análisis de los procesos e I&D la
segunda parte de esta Unidad)