Los
antropólogos y biólogos concuerdan en que antes del Homo erectus, a pesar de
ser bípedas, las especies eran distintivamente simiescas: tenían cerebro
relativamente pequeño, rostro prognático (hacia delante), el pecho en forma de
embudo, el cuello corto y total ausencia de cintura.
El Homo erectus fue la
primera especie en utilizar el fuego, en incluir la caza como elemento
importante de su dieta, en correr del modo que los humanos lo hacen
actualmente, en fabricar herramientas de piedra de acuerdo con un molde mental
definido.
Los
primeros tenían un cerebro pequeño -no más de 450 centímetros cúbicos[1]- grandes molares y premolares (de desarrollo simiesco) y mandíbulas
prominentes que indicarían una dieta vegetariana (y una estrategia de vida
similar a la de los babuinos de la sabana africana); en los Homos los dientes
cambiaron por las alteraciones en la dieta que comenzó a incluir carne[2] y las dimensiones del cráneo saltaron a 800 cm3 en el Homo habilis[3] y a 900 cm3 en el H. Erectus. Muy posiblemente la energía extra
suministrada por el consumo de carne haya sido un dato suficiente para el
mayor desarrollo cerebral.
Otras
características marcan la brecha: el tamaño de los machos y de las hembras
entre los australopitecos era notable, mientras que entre los individuos homo
la diferencia se reducía a no más del 20 %; ello importaría una diferente
constitución social de mayor colaboración entre los machos que no abandonarían
sus núcleos de origen y parentesco, desarrollando una menor competencia (entre
ellos) por las hembras, que provendrían de núcleos diferentes[4].
No
obstante, la ruta hacia el “hombre” comienza con el bipedismo, su
proliferación en familias que, aun manteniendo diferencias adaptativas a su
medio ambiente, ya no volvieron atrás sino que expandieron el tamaño del
cerebro, para finalmente equiparse con lenguaje, conciencia, imaginación
artística e innovación tecnológica. Aunque, se adelanta, no todas las familias
Homo llegaron hasta el siglo XXI de la era cristiana. La aparición del Homo
sapiens sapiens no parece haber sucedido abruptamente[5] y de hecho sus ancestros, tal como se dijera, convivieron con otras
familias que por alguna u otra causa se han extinguido.
El
hallazgo de Lucy -en 1974- permitió confirmar la gradual evolución: hace tres
millones de años la novel familia humana caminaba sobre sólo dos piernas, sin
embargo Lucy mostraba sus pies arqueados lo que puede ser interpretado como
una característica simiesca (homínida, pero no humana) que le permitía usar
eficientemente los árboles, a la par que caminar sobre dos pies[6]. Las diferencias biológicas (aun no se ha podido corroborar la
capacidad del A. afarensis –u otra familia de ese género- para fabricar
herramientas de piedras) parece indicar una discontinuidad entre
Australopitecos y Homos:
La idea
del “eslabón perdido” como el de un mono con el cerebro de un homínido ha
tenido que modificarse: Lucy fue un homínido con cerebro de mono. La gran
capacidad craneal ha sido una adquisición reciente en la evolución humana,
mientras que las modificaciones anatómicas que posibilitaron el bipedismo se
originaron millones de años antes.
En
definitiva, el A. afarensis fue un antropoide caracterizado por el bipedismo y
por la adaptación a la pradera abierta, con las subsecuentes modificaciones
sociales y culturales que ello permite inferir. Lo cual sólo fue posible
porque los individuos de dicha familia poseían cierto
retardo evolutivo por neotina (es decir, a la permanencia de caracteres
infantiles o juveniles en el adulto)[7].
El
antropólogo británico Martin Pickford y la paleoantropóloga francesa Brigitte
Senut, del Museo de Historia Natural de París, hallaron en octubre de 2000 en
las colinas de Tugen -centro de Kenia- fragmentos de esqueletos de unos cinco
simios, cuya antigüedad fue calculada en 6 millones de años, el Orrorin
tugenensis. El fémur indica que tenía una marcha bípeda muy parecida a la
nuestra. La dentadura, que tenía una dieta omnívora, rica en frutas y en
proteínas obtenidas probablemente de hormigas y otros insectos
Basados en
17 fósiles pertenecientes a un mínimo de seis simios hallados en los montes
Tugen (Kenia)[8], ante el parecido del simio Orrorin tugenensis con los humanos y la
diferencia con los australopitecos, sus descubridores extraen dos
conclusiones:
Äel Orrorin tugenensis,
es el antepasado más antiguo del linaje humano descubierto hasta la fecha.
Älos Australopitecos, considerados
desde los años ’20 como abuelos de los humanos, no son antepasados directos
del Homo sapiens, sino que se extinguieron sin descendencia.
No
obstante, la propuesta de expulsar a los Australopitecos del linaje humano ha
sido recibida con escepticismo.
Esta
posición amenaza la teoría que, en 1955, Wilfried Le Gros Clark[9] elaboró sobre una serie de grados evolutivos generalmente aceptados
como eje sobre el que se van acumulando las evidencias basadas en el
progresivo aumento de la capacidad craneana: Australopitecus africanus, Homo
erectus, Homo sapiens (dentro del cual se cuentan dos variantes Homo sapiens
neanderthalensis –que se desarrolló y extinguió en Europa- y el Homo sapiens
cromagnensis –que se desarrolló en África y se difundió por el resto del
planeta hacia el Homo sapiens sapiens).
Por su
parte, pocos meses después (abril de 2001) el hallazgo realizado por Meave
Leaky, en Kenia, de un homínido de hace 3,5 millones de años complica –aún
más- el rastro de los ancestros del hombre. Lo más sorprendente del rostro del
Kenyanthropus platyops (nombre del homínido descubierto por M. Leaky) es el
cráneo que presenta una mezcla de características avanzadas y primitivas: un
cerebro pequeño; rostro plano en lugar de ser protuberante como el del simio y
con dientes pequeños; su pequeño canal auditivo es más parecido al de los
simios y los ejemplares homínidos más primitivos (Australopithecus anamensis y
Ardipithecus ramidus). De hecho, en algunos aspectos, el Kenyanthropus es más
primitivo que Lucy.

En julio
de 2001, un grupo de científicos liderado por Yohannes Haile-Selassie, de la
Universidad de California en Berkeley descubrió en Etiopía[10] los fósiles de un homínido que tienen entre 5,2 y 5,8 millones de
años y son cercanos a la etapa en la cual se separaron las ramas que dieron
origen, respectivamente, al hombre y al chimpancé. El equipo encontró una
mandíbula con dientes, varios huesos del pie y de la mano, fragmentos de
huesos de brazo y un trozo de clavícula. Los restos corresponden a cinco
individuos, que pertenecen a una nueva subespecie de Ardipithecus[11], bautizado Ardipithecus ramidus kadabba
La
mandíbula inferior y los dientes sugieren que estos homínidos no comían tantos
frutos y hojas tiernas como alimentos fibrosos. El único hueso descubierto que
se relaciona con la locomoción, correspondiente a un dedo de un pie, permite
inferir que eran bípedos. El descubrimiento contradice otra teoría: la del que
el cambio climático fue determinante en la evolución humana[12]. Como éstos y otros homínidos de más de 4,4 millones de años fueron
hallados en ambientes boscosos y húmedos, ahora se piensa que recién se
trasladaron a la sabana después de esa época.
Dado el
mosaico de rasgos y la naturaleza de las pruebas disponibles -huesos y
dientes- ofrecen más información sobre las adaptaciones de las criaturas a las
que pertenecieron, que sobre sus relaciones evolutivas. Esto desalentaría toda
esperanza de obtener una comprensión detallada de la ascendencia humana en el
futuro cercano.
Entre el
Australopitecus y el Homo erectus existió la ya mencionada familia del Homo
habilis, cuyos restos fósiles demostraron capacidad craneal y dentición
cercanas o del tipo del H. erectus; mientras que el resto de las
características morfológicas –incluyendo la cavidad poscraneal- los acercan al
Australopitecus. Las diferencias ponen de relieve un salto abrupto pues, entre
uno y otro (habilis –1.800.000 años- y erectus –1.600.000 años-), el lapso es
muy corto. Por su parte, el H. erectus manifestó una notable estabilidad
morfológica de aproximadamente un millón de años, con una evolución gradual
filética de la capacidad craneana y reducción de la arcada dentaria (y de los
caracteres asociados). Ello ha dado pie al planteo de no uno sino dos patrones
evolutivos: uno puntuado[13] que explicaría los cambios abruptos y otro, gradual y progresivo, de
una evolución sin solución de continuidad[14].
En una
época más cercana, los descubrimientos paleontológicos en Palestina, Java,
Sudáfrica y Europa; sumados a las revelaciones de la pruebas genéticas de ADN
mitocondrial[15], pusieron a los científicos frente a una realidad: en algún momento
de la evolución coexistieron distintas familias de homos de grados
morfológicamente diferenciados, pero finalmente todos los hombres modernos
actuales participan de los rasgos de una única familia.
Las
poblaciones de Homo sapiens neanderthalensis (hace unos 30.000 años) habían
alcanzado una cultura avanzada con fabricación de herramientas de piedra,
adaptación al ambiente hostil del Pleistoceno superior europeo, cuando la
mejora de las condiciones ambientales alentó la migración desde el sur del
Homo moderno (Cro-Magnon) quienes finalmente se extendieron y desplazaron a
la familia Neandertal contemporánea. Si bien de una figura más grácil, la
familia Cro-Magnon no dejó registro de un estadio cultural equiparable a la
Neandertal, lo que abre el interrogante sobre las causas de su predominio. No
habiendo superioridad cultural que lo explique, la única justificación ha sido
intentada desde la teoría de la eficacia biológica: el recién llegado debe
haber podido reproducirse más rápidamente y, a pesar de los inevitables
cruzamientos, el dueño de casa debe haber quedado absorbido rápidamente, no
dando tiempo al asentamiento de formas mixtas o intermedias[16].
Otra
teoría afirma que los Neandertales no eran de hecho una especie separada, sino
cruzada en mayor o menor medida con el Homo sapiens recién llegado, cuyos
genes llegarían a ser dominantes quedando relegadas las características de los
Neandertal. Esta hipótesis parte del hecho de que el Neandertal y el CroMagnon
habitaron las mismas regiones de Europa durante miles de años. No hay duda de
que estuvieron en contacto uno y otro, posiblemente incluso comerciaron y se
comunicaron[17].
En este
escenario, los genes de CroMagnon y de Neandertal se habrían mezclado para
producir los europeos modernos. En efecto, cuando se observa a los
Neandertales "últimos" o "progresivos" y a los humanos modernos, parecen ser
una transición entre los dos. El cráneo de Saint-Cesaire, por ejemplo, carece
de proyección facial, lo que para algunos antropólogos es signo de una
hibridación entre las dos razas. Otros ejemplos incluyen humanos modernos con
un toro supraorbital más prominente y cráneos bajos y abovedados, lo que es
una característica fuertemente Neandertal.
El
análisis de los restos de un niño de cuatro años enterrado hace 25.000 años,
hallados adentro que una roca en Portugal sugiere que los seres humanos
modernos tempranos (Cro-Magnon) y los Neandertales pudieron haberse
entrecruzado. La barbilla prominente, la talla del diente, y las medidas
pélvicas marcan al muchacho como Cro-Magnon, o a ser humano completamente
moderno, pero su cuerpo y piernas cortas indican la herencia de los
Neandertal.
El entrecruzamiento podría explicar el
destino de los Neandertales,
que desaparecieron de Iberia hace 28.000 años [18].
Bibliografía complementaria:
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ENSAYOS Y
NOTAS DOCTRINARIAS
|
Barbardilla, Antonio. La Biodiversidad a la
luz de la Evolución.
Lacadena Calero, Juan R. Vida, vida humana, vida artificial
Moraga, Mauricio Aspillaga,
Eugenio Santoro, Calogero Standen, Vivien Carvallo, Pilar & Rothhammer,
Francisco
Análisis de ADN mitocondrial en momias del norte de Chile avala hipótesis de
origen amazónico de poblaciones andinas.
Moreno, Miguel Determinismo genético
|
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APUNTES Y
ACTUALIDAD
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UNIDADES/CLASES REFERENTES O DE TEMAS ASOCIADOS
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GUÍA DE
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