Francis Crick afirma que la
conciencia "es una banal fusión de neuronas".
Tiempos difíciles para el
alma humana, que no existe como algo sobrenatural, según el famoso científico
británico Francis Crick, Premio Nobel 1962, que hace medio siglo anunció con
el norteamericano James Watson un descubrimiento genético destinado a
revolucionar el mundo: la estructura del ADN, la doble hélice que contiene los
secretos de la vida. La conciencia, afirma ahora Crick en la revista Nature,
es "una banal fusión de neuronas del cerebro".
Nature fue la misma
revista que en su edición del 25 de abril de 1953 publicó el artículo del
descubrimiento del ADN, el ácido desoxirribonucleico, que encierra los
misterios de los genes humanos. Crick y Watson habían escrito a comienzos de
marzo un artículo de apenas 900 palabras, que Nature publicó en una página y
que sólo el diario News Chronicle saludó brevemente el 26 de abril con el
título "Más cerca del secreto de la vida".
Cincuenta años más tarde,
Francis Crick, que hoy tiene 86 años, lanza las bases de un nuevo
descubrimiento destinado a desatar grandes polémicas. El impacto esta vez ha
sido también enorme y en la prensa británica ha sido considerado "la madre de
todas las batallas entre ciencia y religión, entre pruebas tangibles y el
reino de la fe".
Crick sostiene en un
artículo de Nature Neuroscience que en el cerebro humano hay un grupo de
neuronas que son el origen de la conciencia y del alma. El científico
británico abandonó los estudios de genética después del gran descubrimiento
del ADN y tras dedicarse a investigaciones de biología celular y
evolucionista, desde 1976 se dedicó al cerebro humano, a buscar las bases
científicas de un objeto tan intangible como es la conciencia.
Si su negación del
carácter sobrenatural del alma se confirma "sufrirá un grave golpe el reino
del Divino", señala un diario italiano. Crick destaca que lo que afirma es el
resultado de investigaciones y búsquedas en el inconsciente que ha realizado
durante muchos años para individualizar cuáles son los mecanismos científicos
de la conciencia.
Hace tiempo que Francis
Crick escribe y reafirma que "la convicción científica es que nuestras mentes,
el comportamiento de nuestros cerebros, pueden ser íntegramente explicados por
la interacción de las células celebrales". El profesor de ciencias
neurológicas del Instituto de Tecnología de California Christopher Koch,
coautor del estudio con Crick, dice que "es evidente que la conciencia nace de
reacciones bioquímicas del cerebro". Ambos describen en
la investigación los mecanismos a través de los cuales distintas partes del
cerebro humano se funden las unas con las otras para crear "un sentido de
conciencia". Es lo que los creyentes llaman el alma, afirman. "Por primera vez
tenemos un esquema coherente de los correlatos neurales de la conciencia en
términos filosóficos, psicológicos y neurales".
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Distintas interpretaciones
Primitivamente, el alma —dice el Diccionario
de Filosofía de José Ferrater Mora— estuvo asociada a la idea del aliento
o del fuego. Un soplo, un aliento equivalente a la respiración: "Cuando
falta tal aliento, el individuo muere." Si se piensa como fuego, cuando la
persona muere, ese calor vital se apaga. En ambos casos, el alma es un
principio de vida.
Para los chinos, en cambio, el alma era vista
como un dios o espíritu que venía del Cielo y podía ingresar en el cuerpo
de un hombre. "Si se hallaba, por así decirlo, a gusto en tal cuerpo,
podía decidir permanecer en él de modo permanente", dice Ferrater Mora.
Hacia el siglo IX a.C. se empezó a creer que
en el ser humano hay una realidad divina, que preexiste al cuerpo y
perdurará tras su muerte. Esta idea se redondeó en el siglo V a.C.: el
cuerpo es cárcel del alma y la misión es liberarla.
Platón consideró que el alma era inmortal.
"Si el ojo fuera un animal, la vista sería su alma", dijo Aristóteles.
Para San Agustín, el alma ha surgido de la nada a partir de la voluntad
creadora de Dios: es una esencia inmortal.
Entre los autores contemporáneos —explica
Ferrater Mora— "el alma es concebida como la sede de los actos emotivos,
de los afectos, de los sentimientos".
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De inmediato les respondió
el reverendo Michael Reiss, religioso y científico a la vez, profesor de la
Universidad de Londres, quien redujo al mínimo la magnitud del descubrimiento:
"Lo que Crick ha descubierto son los componentes neurológicos de la
conciencia. Es como decir que una catedral es un conjunto de piedras y
vidrios. Cierto, pero se trata de una constatación simplista."
Francis Crick sigue
adelante con sus investigaciones en el instituto californiano que lleva el
nombre de Jonas Salk, el descubridor de la vacuna contra la poliomielitis. Los
resultados publicados en Nature concluyen años dedicados a demostrar que "un
día la humanidad aceptará el concepto de que el alma y la promesa de la vida
eterna no existen, así como hace siglos debió aceptar que la Tierra era
redonda".
Si Crick ha causado un
nuevo impacto a nivel mundial en medio de las celebraciones del medio siglo
del descubrimiento del ADN, el otro Premio Nobel que compartió con él la
gloria, James Watson, también causó sensación cuando, entrevistado por la BBC
de Londres hace diez días, dijo que la estupidez humana es una enfermedad y
que por lo tanto puede ser curada.
Una interesante aunque
preocupada respuesta del lado de los creyentes a los filósofos de la mente, a
los neurocientíficos y a los teóricos de la inteligencia artificial la ha dado
el joven estudioso italiano Andrea Vaccaro, con su libro ¿Por qué renunciar al
alma? Vaccaro sostiene que es formidable el intento de abolir el alma, sobre
todo por corrientes de pensamiento que predominan en Estados Unidos y Gran
Bretaña.
El estudioso italiano
destaca que las neurociencias han convertido lo que antes se llamaban "estados
de ánimo" en "estados químicos regulables farmacéuticamente", y que "apuntan a
demostrar que las funciones hasta ahora atribuidas al alma —humores,
sentimientos, autoconciencia, intuiciones— son en realidad operaciones del
cerebro".
El grito de alarma de
Vaccaro es que se propone censar esas operaciones para "mañana reproducirlas
artificialmente". El alma se convierte así "en un concepto superfluo. Para
explicar al hombre es suficiente conocer en detalle su cerebro, que no tiene
ninguna posibilidad de sobrevivir a la muerte".
La embestida encuentra mal parados a los
hombres de la Iglesia y a los teólogos. "Y esto es riesgoso", afirma Vaccaro.
La Iglesia "corre el peligro de retirarse a la aldea del alma", cuando es
esencial para el cristianismo, porque es la huella que Dios ha dado al hombre.
El alma "no es, como piensan los neurofilósofos, una perfecta y exquisita
danza neurocomputacional".
Julio Algañaraz.
Clarín 11 de marzo de 2003
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