Craig Venter, el célebre
-y controvertido- científico y empresario que echó leña al fuego de la carrera
por la decodificación del genoma humano, acaba de lanzar otra de sus bombas
mediáticas: anunció que planea crear una nueva forma de vida.
Según publicó ayer The
Washington Post, el proyecto ya cuenta con el respaldo del Departamento de
Energía de los Estados Unidos -y un presupuesto de tres millones de dólares-,
y contempla fabricar un organismo unicelular artificial con el mínimo número
de genes necesarios para sobrevivir. Si tiene éxito, una vez completo el
organismo comenzaría a alimentarse y dividirse, creando una población celular
diferente de todo lo conocido hasta el momento.
Junto con Hamilton Smith,
premio Nobel de Fisiología y Medicina 1978, que lo secunda en esta aventura,
Venter aseguró que la célula será mantenida en estricto confinamiento, y
diseñada de tal modo que será incapaz de infectar a los seres humanos o de
subsistir si escapa al medio ambiente.
Según The Washington Post,
el trabajo podría tener en el futuro aplicaciones prácticas. Partiendo del
Mycoplasma genitalium, un organismo que vive en el tracto genital humano y
que está dotado de un genoma de apenas unos cientos de genes (el humano tiene
entre 30.000 y 50.000), piensan remover el material genético, reemplazarlo por
uno artificial y, eventualmente, agregarle funciones, como por ejemplo la
capacidad de producir hidrógeno.
Sin embargo, los planes
inmediatos, afirman, son más modestos: en principio intentarán integrar en un
modelo virtual absolutamente todos los aspectos concebibles de la biología de
un organismo, un desafío del que la ciencia hasta ahora nunca había salido
triunfante. Y, dado que la química es la misma para todas las formas de vida
terrestres, lograrían aclarar muchas cuestiones fundamentales de la biología.
"Pensamos que podríamos
esbozar una definición molecular de la vida -declaró Venter-. Nuestra meta es
entender cómo funcionan los componentes básicos de las células."
Por supuesto, una
investigación de estas características no sólo promete una prolífica cosecha
de conocimientos... sino también considerables inquietudes éticas: ¿un
organismo hecho para sobrevivir en el laboratorio puede considerarse vida?,
¿tienen los científicos derecho a crear organismos? Y si así fuera, ¿podrían,
como sugirió el propio Venter, dar pie para el diseño de nuevas armas/defensas
biológicas?
Sin duda, el desafío posee
los ingredientes de fantasía y audacia con que se escriben algunos de los
capítulos más apasionantes de la historia de la ciencia. Pero, antes de dejar
volar la imaginación, caben algunas consideraciones.
"Es muy difícil que una
célula como ésta pueda utilizarse como arma biológica -dice Martín Lema,
investigador especializado en el tema, del laboratorio de ingeniería genética
y biología celular y molecular, y de la unidad de fisicoquímica, de la
Universidad de Quilmes-. ¿Por qué? Porque un micoplasma de este tipo es muy
frágil. Es un parásito que se adhiere a las células y vive de muchas de las
sustancias nutritivas que fabrica su anfitriona. Y para qué hacer algo nuevo
si es mucho más fácil usar organismos que ya existen en la naturaleza. Por
ejemplo, para fabricar el ántrax habría que trabajar como cien años..."
Para el científico, el
valor de un emprendimiento como éste radica en sus perspectivas comerciales.
Permitiría, por ejemplo, desarrollar reactores biológicos más sencillos.
"Cuando uno usa organismos completos -explica Lema- tiene ventajas y
desventajas: ofrecen una cantidad de funciones prefabricadas, pero por
otro lado poseen funciones que uno no emplea. Esto abriría la puerta para
diseñar una maquinaria celular con las funciones estrictamente necesarias."
Por su parte, Osvaldo
Uchitel, del laboratorio de fisiología y biología molecular de la Facultad de
Ciencias Exactas de la UBA, subraya que "aunque hay elementos de la célula que
se pueden generar artificialmente -la membrana, por ejemplo, es una capa
lipídica, y si uno pone lípidos en agua espontáneamente toman una forma
esférica-, las demás estructuras celulares no van sueltas dentro de ese
espacio, y aún no sabemos cómo están ensambladas. Los estudios bioquímicos
descubrieron cuáles son los elementos unitarios de un sistema biológico, pero
no cómo están ubicados".
La evaluación de Lino
Barañao, investigador del Instituto de Biología y Medicina Experimental, es
algo diferente. "Teóricamente es posible -afirma-. Ya hay cromosomas
artificiales. De hecho, sería posible partir de una célula natural, vaciarla y
agregárselos. Hasta se podría fabricar un embrión sintético, y el individuo
resultante sería... sintético."
Por eso, subraya,
evolutivamente éste es un momento tanto o más importante que la aparición del
primer organismo en la Tierra. "Esta es una revolución no sólo tecnológica,
sino biológica. Todos usamos el mismo software -dice-, y conociéndolo
estamos en condiciones de producir en un instante cambios que antes ocurrían
por azar y requerían cientos de millones de años. También desde el punto de
vista filosófico es un paso importante, porque esto podría probar que la vida
puede constituirse a partir de sus partes. Por otro lado, que el hombre tenga
el control sobre la vida conlleva una innegable responsabilidad: la de usar
este conocimiento en forma sabia y no en busca de fama o rentabilidad. Lo
preocupante no es el experimento biológico, sino el económico que hay
detrás... y ése no pasa por comités de ética. Deberíamos estar reflexionando,
no sobre peligros lejanos, sino acerca de cómo pretendemos que sea el mundo
del futuro, con una humanidad feliz o con asimetrías tan notables como que se
usen tres millones de dólares para sintetizar una célula, mientras hay chicos
que se mueren de hambre."
Por Nora Bär . Para LA NACIÓN, 22 de
noviembre de 2002.