Catálogo de la Colección "Derecho, Economía y Sociedad" Sitio Oficial de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires

Regulación jurídica de las biotecnologías

Curso dictado por la Dra. Teodora Zamudio

Equipo de docencia e investigación UBA~Derecho

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Dios, la genética y el embrión


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Sophie Boukhari

Fuente: Correo de la UNESCO
http://www.unesco.org/courier/1999_09/sp/dossier/txt04.htm




El hombre ha sido calificado con razón de microcosmo, de “pequeño universo”, y deberían estudiar la estructura de su cuerpo no sólo quienes quieren ser médicos sino quienes ansían alcanzar un conocimiento más íntimo de Dios.

Al-Ghazali, filósofo y místico persa (1058-1111).

De la Iglesia Católica al budismo, pasando por el Islam, el judaísmo y el protestantismo, las religiones reaccionan de manera más o menos dogmática ante los progresos de la ciencia.

Después del sexo de los ángeles, lo que mas divide a los teólogos es el alma de los embriones. Pero ahora el debate concierne a seres de carne y hueso y desborda las fronteras de la cristiandad. “Aunque la religiosidad decrece, detrás de los interrogantes que plantea la ingeniería genetica subyace la cuestión metafísica, sea por tradición, por cultura o por obligación”, estima Jean-François Mattéi, genetista y diputado francés.

¿Es posible recurrir al diagnóstico prenatal y tener en mente una interrupción del embarazo cuando se detecta una anomalía genética grave? ¿Cabe autorizar la investigación sobre el embrión, las terapias génicas y la clonación? Para todas las religiones del Libro (cristianismo, judaísmo, Islam), la respuesta depende en buena medida del estatuto del embrión: el interrogante de si es o no un ser animado traza una frontera fluctuante entre la buena y la mala ingeniería genética. “Si el embrión posee un alma, pasa de una vida biológica a una vida humana y todo lo que atente contra su integridad es considerado un crimen”, resume el genetista francés René Frydman, autor de Dieu, la médecine et l’embryon (París, 1997). “Si es inanimado, la prohibición subsiste –hay que respetar la vida concedida por Dios– pero la falta es menos grave.”

La Iglesia Católica se distingue en varios aspectos. En primer lugar, dispone de un magisterio único allí donde las demás religiones permiten un enfoque más personal: conversación con el rabino para los judíos, el pope para los ortodoxos, el maestro para los budistas, etc. Además, las otras confesiones se dividen en corrientes (judíos liberales u ortodoxos, budistas de diversa índole, etc.) o en escuelas jurídicas (malikismo, hanafismo, safi’ismo, hanbalismo para el islam sunní). Por último y esencialmente, todas las religiones establecen el principio general del respeto a la vida y la dignidad humana.

Pero la Iglesia de Roma es la única que respeta el embrión “como una persona humana desde el momento de su concepción”. El papa Juan Pablo II lo ha recordado en diversas oportunidades, especialmente en las encíclicas Veritatis Splendor (1993) y Evangelium Vitae (1995). Ello acarrea una sucesión de prohibiciones: no al diagnóstico prenatal si puede dar lugar a un aborto, no a la mayor parte de las investigaciones y de las terapias sobre el embrión. El Pontífice –Juan Pablo II (1978-2005)- se opone también a la clonación, tanto reproductiva como terapéutica, por considerarla una violación del principio de la unicidad de la persona y del sacrosanto vínculo entre sexualidad y procreación. Las posturas de los cristianos ortodoxos se acercan mucho a las del Vaticano. Pero el “frente del rechazo” de las tecnologías del genoma se detiene allí.

Israel: el derecho a no saber

El amor transporta al séptimo cielo, pero los casamientos se deciden en la tierra.

Por Rae HB FishMan, periodista científica en Israel

Para los judíos ultraortodoxos, las uniones se conciertan entre ambos interesados pero también entre las familias, teniendo en cuenta la mutua conveniencia. “La inteligencia y el nivel de estudios son muy importantes, pero el origen, la posición social, la fortuna y la salud también se tienen en consideración”, señala el rabino Yigal Bezalel Shafran.

Las familias en las que existen enfermedades genéticas mortales son mal miradas, pues en esta comunidad sumamente estricta el aborto sólo se admite si la vida de la madre está en peligro. Ahora bien, los judíos askenazis (originarios de Europa del Este) están expuestos a la enfermedad de Tay-Sachs, que provoca demencia y la muerte durante la infancia. El riesgo puede llegar a 4% (una de cada 25 personas) tratándose de los asquenazíes, frente a 0,2% para los no judíos y los judíos sefardíes (originarios de países mediterráneos).

En 1983, en Nueva York, un rabino y un médico crearon la organización sin fines de lucro Dor Yeshorim, que ofrece a los askenazis la posibilidad de someterse a pruebas genéticas prenupciales a fin de evitar la unión entre portadores de una afección grave. En Nueva York, en Israel y en el Reino Unido, unas 70.000 personas se han sometido al test de Tay-Sachs y de otras enfermedades como la mucoviscidosis (fibrosis cística del páncreas). Este programa se inició en Israel en 1986 y desde entonces no ha nacido ningún niño aquejado de la enfermedad de Tay-Sachs en el seno de la comunidad askenazi ultraortodoxa. Todos sus miembros y sus jefes espirituales están de acuerdo sobre sus principios y sus métodos.

Sin embargo, algunos genetistas estiman que este procedimiento vulnera el respeto a la vida privada y el derecho “a saber”, caros a la medicina occidental, pues los resultados de las pruebas se envían al rabino de la organización Dor Yeshorim, y no a los interesados. Sólo se informa a la futura pareja si ambos son portadores de la enfermedad, en cuyo caso éstos suelen renunciar a la unión. Si sólo uno lo es, no se avisa a nadie y prosiguen los preparativos de la boda.

Este procedimiento tal vez dé que pensar a la ciencia occidental y a las demás culturas. Como las pruebas genéticas son cada vez más corrientes y se refieren principalmente a enfermedades incurables, existe el riesgo de que las personas afectadas tengan que vivir con lo que el rabino Shafran llama “la carga emocional de un saber que sólo puede causar aflicción”. Podrían eludirla si ese derecho se delegara en una autoridad del grupo social. Sus miembros optarían entonces por el “derecho a no saber”.

Para el Islam y el judaísmo lo que cuenta es el momento en el que el embrión adquiere vida propia y el respeto a la filiación.

Los judíos invocan el Talmud. “En el momento de la travesía milagrosa del Mar Rojo, incluso los embriones en el vientre de su madre cantaron la gloria de Dios”, dice el Talmud de Babilonia. Al respecto, el comentario talmúdico afirma: “Si los embriones pueden cantar la gloria de Dios, es que tienen un alma y una conciencia.” Después del cuadragésimo día, precisa el Talmud: antes el embrión “no es más que agua”.

Para ajustarse a la halakha (la ley judía), es preferible practicar el diagnóstico prenatal antes del cuadragésimo día. Más allá de ese plazo sólo se admite el aborto si la salud de la madre está en peligro. De hecho, todo depende de la interpretación de los rabinos. Para algunos, si la madre cae en una depresión al saber que el hijo que lleva en su seno padece una patología incurable, el aborto es lícito incluso después de transcurridos 40 días. Otros son mucho más estrictos.

En cuanto a los experimentos sobre el embrión, se autorizan sobre todo si éste no tiene posibilidades de sobrevivir. El judaísmo no excluye la clonación, estima el jurista y teólogo francés Raphaël Braï. “Si esa técnica se emplea con fines terapéuticos, hay que debatir el asunto colectivamente. En este punto, entran en competición principios religiosos como la unicidad de la persona y la obligación de someterse a tratamiento médico.”

En cambio, salvo excepciones, la clonación reproductiva se descarta.

Para ciertos musulmanes transcurren 40 días antes de que el espíritu (ruh) sea insuflado en el embrión y, para otros, 120 días. Por consiguiente, si se acepta el diagnóstico prenatal, hay división en cuanto al aborto.

 Según H’mida Ennaifer, del Instituto Superior de Teología de Túnez, “los juristas musulmanes condenan unánimemente el aborto después de que el feto haya recibido el soplo de vida. Algunos malikíes lo condenan incluso cuando el embrión tiene menos de 40 días, mientras otras escuelas lo toleran durante los cuatro primeros meses de embarazo”.

El Islam admite por lo demás las terapias génicas somáticas. Pero proscribe en general la modificación de las células germinales y todo lo que niega el principio de la creación divina, empezando por la clonación.

Para una minoría de juristas, en ciertos casos la clonación es preferible a un “adulterio genético”, pues permitiría respetar la filiación: en el marco de una reproducción asistida, evitaría a una pareja estéril tener que recurrir a un tercer donante de gametos.

Los cristianos protestantes son, en general, aún más abiertos a los progresos de la genética. Haciendo hincapié en el libre arbitrio, estiman que cada caso es particular y lo someten solamente al juicio de la pareja. “Algunos admiten el diagnóstico prenatal seguido de un aborto si la mujer así lo decide”, explica el español Carlos de Sola, Jefe de la Unidad de Bioética del Consejo de Europa. “Algunos aceptan incluso que se pueda elegir el sexo del futuro hijo por selección del esperma, a fin de fundar una familia en la que haya a la vez niñas y niños.” Las iglesias reformadas aceptan la investigación sobre el embrión siempre que se someta a un estricto control. No cierran las puertas a la clonación, pero rechazan sus aplicaciones mercantiles y eugenésicas.

El dogma es aún más ajeno al budismo. Como explica el especialista francés Raphaël Liogier, “el único límite ético es el sufrimiento. Buda es ante todo un terapeuta.” Para el Dalai Lama, jefe de los budistas tibetanos, “hay que estudiar sobre todo cuáles pueden ser los beneficios y los perjuicios de esas manipulaciones genéticas”. Le parece admisible que sirvan para “mejorar el cuerpo humano, por ejemplo el cerebro”. “El cuerpo físico no es más que un soporte para el karma (los actos y las consecuencias de esos actos, que pueden remontarse a existencias pasadas lejanas, en virtud de la teoría de la reencarnación)”, añade Liogier. “Que éste haya sido trabajado genéticamente o clonado, en definitiva no tiene importancia. En cambio, hay que evitar el aborto, pues deteriora el karma.” Pero aun en ese caso todo es relativo y lo esencial es evitar el sufrimiento. Según el Dalai Lama, “el aborto está permitido tratándose de una madre encinta que arriesgaría su vida durante el parto o que daría a luz un hijo con un grave impedimento.”

El panorama de las respuestas religiosas a los problemas de bioética está en constante transformación, salvo la rigidez doctrinal del Vaticano y las exasperaciones de los integristas de todas las confesiones. Frydman estima que, frente a problemas que remiten al origen o al sentido mismo de la vida, “el discurso religioso parece brindar una ayuda valiosa, siempre que recuerde los valores fundadores de nuestra humanidad sin pretender imponerlos, que se presente como un ámbito propicio al cuestionamiento y no como un conjunto de dogmas”

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Colección: Derecho, Economía y Sociedad

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Última modificación: 09 de Marzo de 2007

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