Por Guy Sorman
profesor del Instituto de
Ciencias Políticas de la Universidad de París.
La llamada "nueva economía",
designación un tanto pomposa, data de 1948. La fundó el físico californiano
William Schokley, que, al inventar el transistor, desencadenó la revolución
científica en las comunicaciones cuyos efectos hoy vemos cundir por todo el
planeta. Internet o la televisión interactiva aparecen como etapas finales de
un largo proceso, que recuerdan los orígenes de toda revolución industrial y
del desarrollo económico: la necesidad de un avance científico y un relevo
capitalista. El inventor nada puede hacer por sí solo; la empresa no prospera
sin la ciencia.
Apenas nacida esta nueva economía que
afecta y trastorna el mundo de las comunicaciones, surgieron divergencias cada
vez mayores entre Europa y los Estados Unidos. Los europeos desempeñaron un
papel decisivo en la investigación fundamental, pero fueron empresas
norteamericanas las que supieron aplicar esas innovaciones en escala industrial
y comercial.
Aparte de este recordatorio de la fuerza
impulsora del desarrollo y la relativa incapacidad de los europeos para
transformar su genio creador en éxito económico, la aventura de la nueva
economía responde a todos los detractores de la economía liberal, el
capitalismo y el progreso, supuestamente en crisis a ojos de ciertos
intelectuales insensibles a la economía real. No obstante, el progreso continúa
sin que nada anuncie su fin cercano, ni un retroceso de la influencia occidental
en su persecución. Un progreso que va más allá de la técnica, porque la
nueva economía de la comunicación beneficia a todos. Por empezar, al
consumidor, que satisface sus deseos a precios accesibles y, gracias a Internet
o al teléfono celular, ingresa en mundos nuevos y lejanos. Luego, a las
empresas, que mejoran su productividad para provecho de su personal, clientela y
accionistas. La idea misma de civilización se enriquece, por cuanto las nuevas
comunicaciones acercan a los pueblos y crean vínculos sociales sin destruir los
antiguos. Con excesiva frecuencia, se supone que la globalización achata y
"norteamericaniza" las culturas. Es verdad, pero los modos de
comunicación también reenlazan comunidades dispersas y restauran comunidades
culturales, como podemos comprobarlo en websites esquimales y polinesios.
Mientras demuestra su temible eficacia para
generar un crecimiento ilimitado, para aportar innovaciones científicas a la
mayoría de la humanidad, si no a toda ella, el capitalismo es transformado a su
vez por la nueva economía. En efecto, ésta genera una nueva cultura de
empresa, aún balbuciente, que destruye las viejas normas jerárquicas del
capitalismo a la antigua. Los organigramas de las empresas de la nueva economía
suelen ser horizontales y a menudo la relación entre patrón y asalariado es
reemplazada por un espíritu de equipo en el que todos son a la vez empresarios
y accionistas. La nueva economía trastorna igualmente los Estados: las
financiaciones transnacionales y la rapidez de las mutaciones técnicas y
sociales pasan por encima de ellos; se comprueba que el intervencionismo estatal
en la economía es inútil, cuando no contraproducente; en cambio, los gobiernos
menos intervencionistas y más reguladores, guardianes del derecho, más
garantes que gerentes, resultan indispensables para la nueva economía. El
gobierno norteamericano interviene menos pero regula más que los gobiernos
europeos.
Pero mientras Europa descubre la revolución
de las comunicaciones e intenta engancharse a un fenómeno que sigue siendo
esencialmente norteamericano, los Estados Unidos ya acometen la revolución
siguiente, que promete desembocar en una economía más novedosa aún que la
actual. Se llama "biotecnología", y por sus consecuencias económicas,
pero también filosóficas, implica una ruptura aún más profunda que la
revolución de las comunicaciones. A mi entender, el equivalente de la invención
del transistor para esta revolución biotecnológica en cierne acaeció en St.
Louis (Estados Unidos) cuando un grupo de biólogos logró injertar por primera
vez en la historia de la ciencia un gen de una bacteria en el núcleo de una
petunia: así nació el primer organismo transgénico o modificado genéticamente.
Veinte años después, gracias a la eficiencia de seis empresas transnacionales
-tres de ellas con sede en los Estados Unidos-, ha ingresado en el mercado una
veintena de transgénicos agrícolas (maíz, papa, soja, algodón, etcétera) a
los que muy pronto se sumará el trigo. Ellos aportan una ayuda decisiva a los
agricultores de los países ricos y pobres en su lucha milenaria por mejorar las
especies haciéndolas resistentes a las agresiones, a veces letales, de los
insectos y las malas hierbas. Las naciones que cultivan estas plantas
autoinmunizadas -principalmente los Estados Unidos, Canadá, la Argentina y
China- pueden producir más a menor costo y, sobre todo, usar menos pesticidas,
con lo cual reducen la contaminación y mejoran la biodiversidad. Nos
encaminamos hacia las plantas inteligentes, hacia una agricultura de precisión
que tendrá la doble virtud de mejorar el ambiente en los países prósperos y
salvar a los pobres de la hambruna prometida por el crecimiento demográfico.
Los pobres son conscientes de ello; los ricos, todavía no.
A esta revolución agrícola sin
precedente, las biotecnologías añaden una segunda revolución que afectará
nuestra salud. Gracias a las manipulaciones genéticas, podremos consumir
alimentos naturales que combatirán en forma preventiva nuestras deficiencias y
las agresiones del entorno. Los biólogos ya saben cómo obtener bananas
antidiarreicas, papas que reducen el colesterol y un arroz productor de vitamina
A que salvará a los niños asiáticos de la ceguera que hoy padecen por su
carencia. Vamos hacia un mundo sin medicamentos, comparable a la agricultura sin
pesticidas.
La tercera revolución prometida por la
biotecnología afectará la producción energética. Las plantas ya saben
producir combustibles como el etanol, que reemplazaría ventajosamente la nafta
de nuestros vehículos. Su precio, todavía superior al del petróleo, traba
esta sustitución, pero se contemplaría la producción de variedades de colza o
maíz más ricas en combustibles, y más baratas, mediante transgénicos
adaptados. La mayor producción permitiría recuperar el atraso respecto del
petróleo y abrir un nuevo campo a nuestra agricultura. Además, el carburante a
base de etanol no contamina tanto como la nafta.
Pero, una vez más, estas investigaciones
se realizan fundamentalmente en los Estados Unidos, con ayuda de científicos
del mundo entero que han ido allí donde pueden desplegar su talento. En Europa,
el recelo frente al progreso, la mediocridad ideológica, el principio de
precaución (más político que científico), podrían hacernos perder el tren
de la novísima economía, como ya perdimos el de la nueva, donde, en vez de líderes,
somos seguidores. Yo añadiría que el miedo a la innovación científica ha
provocado entre nosotros dos dramas que achacamos a la ciencia cuando, en
verdad, los ocasionó su rechazo: la "vaca loca" y la sangre
contaminada. En el primer caso, al controlar en serio la cadena alimentaria, los
Estados Unidos han logrado que sus ganaderos nunca alimenten los hatos con
harinas de origen animal, sino con derivados de la soja: los transgénicos
creados a partir de ella no matan. El segundo drama ocurrió en Europa debido al
rechazo o la aplicación desganada de una innovación científica que habría
matado el virus. Por lo demás, los biólogos saben producir a partir de las
plantas, por manipulación genética, una sangre sintética a salvo de toda
contaminación viral. Si los europeos perdemos el primer escalón hacia el
camino real de las biotecnologías, el de los transgénicos agrícolas, corremos
el riesgo de no poder entrar a tiempo en él. Tal fracaso alegraría a las
empresas norteamericanas, a las que ya dejamos el campo libre por ignorancia o
por una cuestión de postura.