El intento de mejorar la economía
de una de las zonas más pobres de Guatemala mediante la agricultura
comercial es un peligro para la diversidad cultural y fitogenética de los
mayas.
Fuente:
FAO
"Cuando éramos niñas
aprendimos a quitarle la cáscara a la mazorca y escoger las semillas
-explica Doña Remigia López y López, de 84 años de edad, del pueblo de
Malacatancito-. Mi abuela me decía que podría hacer esta actividad
cuando fuera grande, porque era sagrada".
Hace cerca de 500 años,
sabios maya-k' ichés escribieron sus mitos fundadores sobre la creación
en un texto llamado el Popol Vuh, que narra cómo el dios del maíz fue
asesinado, siendo su cabeza colocada en un árbol, que reverdeció
enseguida, tal y como una mazorca de maíz seca y huesuda germina a la
vida.
Los maya-quichés de la
región de Guatemala heredaron una de las civilizaciones más avanzadas
del mundo, pero el colonialismo devastó gran parte de su cultura y marginó
a las mujeres. Entonces, ocultaron sus antiguos rituales detrás de la
liturgia católica y siguieron produciendo el maíz que los conquistadores
despreciaban.
Esta estrategia dio
buenos resultados, hasta cierto punto, y los mayas han sobrevivido con su
legado atenuado pero intacto. Con todo, las mujeres, que en la perspectiva
del mundo maya ocupan un lugar central, perdieron gran parte de su autonomía
por las costumbres religiosas y culturales que limitan el acceso de las
mujeres a la tierra y el empleo, rebajando su trabajo agrícola a apenas
una función de ayuda a los hombres.
La riqueza de la
tierra en las montañas de los pobres
Investigaciones recientes
realizadas en Huehuetenango, departamento del noroeste de Guatemala,
estudiaron las relaciones que existen entre las tradiciones mayas, la
diversidad fitogenética y la función de las mujeres en la conservación
de ambas. Los resultados se documentan en una publicación reciente: El
papel de la mujer en la conservación de los recursos genéticos del maíz
en Guatemala, que es uno de los cinco títulos coproducidos por la FAO y
el Instituto Internacional de Recursos Fitogenéticos, en la serie Género
y gestión de los recursos genéticos. "Queremos entender la función
que las mujeres cumplen en la gestión del cambio social y cultural de las
comunidades", afirma Zoraida García, oficial técnico de la FAO para
cuestiones de género y desarrollo.
Huehuetenango, zona
devastada por la guerra civil que terminó en 1996, ilustra plenamente la
relación entre los grupos indígenas, la pobreza y la diversidad genética.
Una gran parte de la población es de origen maya, y el departamento
cuenta con una gran riqueza de recursos genéticos, entre ellos el
teozinte, que se considera como el antepasado del maíz. En la región
existen 47 clases distintas de maíz, señala la publicación de la FAO,
entre las cuales por lo menos 8 razas, o subvariedades, y 4 subrazas.
Granos perdurables de
una cultura
En los maizales y en los
fogones de Huehuetenango, los conocimientos especializados de las mujeres
conservan los recursos genéticos del país. La transmisión de las
tradiciones orales sobre la selección y el almacenamiento de las
semillas, de madre a hija, han permitido a los mayas conservar una
asombrosa variedad de tipos de maíz, representación viva de su fe y
cultura. Incumbe a las mujeres seleccionar las semillas para el consumo
doméstico, los granos para la resiembra y los granos destinados a la
venta o al trueque por aperos u otras semillas en las ferias locales de
semillas. Ellas deciden lo que va a comer la familia hasta la próxima
cosecha.
La marginación del
pueblo maya y de su cultura ha resultado ser un arma de doble filo para el
desarrollo de la región. "En el corto plazo los indígenas tienden a
conservar sus cultivos tradicionales porque no pueden permitirse comprar
en el mercado, pero a la larga el aislamiento social de que son víctimas
corroen sus raíces culturales, su lengua y conocimientos tradicionales, e
inclusive su interacción con la naturaleza", dice Zoraida García.
Pero el intento de sacar
a esta región de la pobreza mediante la introducción de los grandes
monocultivos comerciales es un peligro para la diversidad genética
regional y para la cultura maya. La agricultura comercial es trabajo de
hombres. Las mejores tierras se destinan a los cultivos comerciales, y se
relega a otros campos la producción de maíz por parte de las mujeres.
Algunas familias han dejado de producir maíz y compran todos sus
alimentos.
Los monocultivos
incrementan la vulnerabilidad del ecosistema a las plagas y desastres
naturales. "Los cultivos tradicionales han tenido siglos para
adaptarse al medio local -explica Zoraida García-. Los cultivos
comerciales modernos requieren volúmenes de atención y de sustancias químicas
que los pequeños campesinos sencillamente no pueden permitirse.
Anteriormente, si un cultivo no prosperaba porque no había llovido lo
suficiente, siempre había alguna variedad más resistente a la cual
recurrir. Ahora, si una plaga arrasa el campo, no queda nada que vender
para comprar alimentos, ni cultivos para consumir".
Se marchitan las
estructuras tradicionales de sostén
Anteriormente, si una
familia tenía problemas, la comunidad la apoyaba con semillas y
alimentos. Ahora, los cultivos de todos son igualmente vulnerables y todas
las familias dependen de la economía monetaria. Los campesinos tienen que
comprar las semillas para producir sus cultivos comerciales, así como los
plaguicidas que éstos requieren. Si no hay semillas para intercambiar,
las estructuras tradicionales de sostén se marchitan.
"La semilla es de
Rancho Viejo -dice Doña Concepción, de 65 años de edad, del pueblo de
Chiantla-. Está en la zona alta, donde hay poca agua, por eso los granos
son pequeños, y no necesita mucho fertilizante. Es un maíz de
invierno". Pero esa clase de conocimiento está perdiéndose a la
muerte de los ancianos y a causa de la emigración a las ciudades en busca
de trabajo en la economía monetaria. "La economía de mercado está
llevando cultivos comerciales y dinero a la zona de Huehuetenango, pero a
costa de los alimentos tradicionales", explica Zoraida García. La
reciente aprobación del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos
para la Alimentación y la Agricultura obedece al reconocimiento de la
importancia que conlleva este tipo de pérdidas. El Tratado entrará en
vigor en cuanto lo hayan ratificado 40 países.
Pero a los campesinos
tradicionales del mundo y a la diversidad genética que han fomentado se
les está acabando el tiempo. "El maíz, como cultivo tradicional, es
una antigua y vasta enciclopedia de las estrategias de supervivencia
cultivadas a través de los siglos -prosigue la experta-. Así como muere
una lengua al desaparecer la última persona que la habla, así las
variedades exóticas representan un peligro para los recursos genéticos
autóctonos. Y una vez perdido un recurso genético, es
irrecuperable".
Junio de 2002