Son los huesos de un niño,
pensaron los antropólogos mientras examinaban los restos de un remoto
habitante de la isla de Flores, Indonesia, hallados en una de sus cavernas.
Después de todo, los huesos indicaban que la criatura ni siquiera había
alcanzado un metro de estatura.
Era septiembre de 2003.
Lo que los investigadores indonesios y australianos no sabían era que habían
encontrado los primeros restos de una especie desconocida de homínido –ahora
bautizado Homo floresiensis–, que se extinguió hace tan sólo 12.000 años, pero
que, probablemente, haya convivido con el Homo sapiens, en un mundo perdido
habitado por lagartos gigantes y elefantes en miniatura.
El hallazgo, difundido
ayer, replantea “qué es un ser humano o un miembro del género homo –afirmó el
doctor Chris Stringer, paleontólogo del Museo de Historia Natural de Londres,
Inglaterra–. Y nos muestra lo poco que sabemos, en realidad, sobre la
evolución humana”. El hombre de Flores, cuya primera descripción publica hoy
la revista científica Nature, combina caracteres de diferentes especies: tiene
el cerebro del tamaño del de un chimpancé, los huesos de la cadera se asemejan
a los del primate prehumano llamado Australopithecus y su rostro es pequeño y
delicado, como el de los seres humanos.
Aun así, el rasgo más
sobresaliente es su reducida estatura, lo que le valió el apodo de "hobbit",
en homenaje a los diminutos personajes de la novela "El señor de los anillos",
de J. R. R. Tolkien. Es que el esqueleto del ejemplar catalogado LB1, aquel
que permitió la descripción de esta nueva especie, medía 91 centímetros. Y esa
estatura no se debía a su corta edad: un análisis minucioso de los dientes
reveló que LB1 debió haber cumplido los 30 años de edad.
Estudios posteriores de su
osamenta mostraron que el hombre de Flores en realidad fue mujer.
Seis años antes del
descubrimiento del Homo floresiensis, Mike Morwood, uno de los antropólogos
autores del hallazgo, publicó un artículo científico que afirmaba que 800.000
años atrás la isla de Flores había recibido la visita del Homo erectus (un
primo lejano del Homo Sapiens) proveniente de la isla de Java. Prueba de ello
eran herramientas de piedra de esa antigüedad desenterradas en la isla.
Claro que la afirmación
contradecía la hipótesis entonces asumida de que en su travesía por el
Pacífico este homínido se había detenido en Australia. Así fue como la mayoría
de los antropólogos se olvidaron del tema. Sin embargo, Morwood y sus colegas
indonesios del Centro de Arqueología de Yakarta siguieron tras las pistas del
Homo erectus.
En septiembre del año
pasado los antropólogos se toparon con siete ejemplares de homínidos (uno casi
completo, seis representados por restos dispersos) en una caverna de piedra
caliza apodada Liang Bua, ubicada en la región central de la isla de Flores,
rodeada de plantaciones de café. 
"Estuve a punto de caer de
rodillas al examinar el espécimen", dijo el paleoantropólogo Peter Brown, de
la Universidad de Nueva Inglaterra, Australia, uno de los autores del
hallazgo. No era para menos. Lo que tenía entre sus manos no era un Homo
erectus, tampoco un Homo sapiens, sencillamente: no era nada conocido.
¿Qué era? Un homínido, no
había ninguna duda. El problema era en qué lugar del árbol genealógico
ubicarlo, o, en otras palabras, ¿cuál es el vínculo de parentesco que nos une
con el Homo floresiensis?
"Una de las mayores
sorpresas que nos ha dado el hombre (o la mujer) de Flores es su edad
-escribió en Nature el doctor Stringer-. Dos métodos de datación coinciden en
que el esqueleto tiene 18.000 años. Sus ancestros, probablemente una forma de
Homo erectus, pudieron haber llegado a la isla en la cacería del Stegodon (una
forma primitiva de elefante, de reducida estatura), gracias a alguna forma de
bote o caminando a través de un puente de tierra temporario."
Las hipótesis sobre las
costumbres alimentarias de estos homínidos se nutren del hallazgo en la
caverna de Liang Bua de restos de dientes y huesos de Stegodon, así como de
ratas, murciélagos y peces. Los investigadores también desenterraron
herramientas de piedra que sugieren que los Homo floresiensis vivían (y
cocinaban) en esas cavernas.